miércoles, 24 de febrero de 2021

Fabián

Me encontraba sentado esperando en cualquier hospital, cuando la puerta de una sala contigua se abrió y una voz meliflua, pero en tono elevado, me llamó por un nombre que no era el mío: ¿Fabián? ¿Es usted Fabián? Entonces me hubiera encantado dejar el uso de mi móvil para responder que sí, que era él. Conocer así el grado de su pesadumbre en la consulta o su pronta mejoría y repunte. Hubiera entrado, frente al especialista, con cierta cojera o tos leve, para meterme mejor en el papel. Y aunque, más tarde, me hubieran descubierto por los datos de la edad o el lugar de procedencia, no me hubiera importado lo más mínimo. Habría colocado la manga de la camisa, el cuello de mi abrigo, reajustado la mascarilla para que no vieran cierto atisbo de Juan José Millás en todo esto.

A los pocos segundos un hombre desgarbado y algo despeinado entró en esa misma sala. Debía ser él. Menos mal que el desconocido no era yo, que también tengo otros problemas. Luego cerró la puerta tras de sí, y el mundo de los formalismos y la paciencia volvió a su ser. 

Ir de acompañante en un hospital es extraño. Parece como que el asunto no va con uno y no es así, en absoluto. La vida va muy en serio hasta para los temerarios, los mezquinos, los que creen dilatar el tiempo entre suspiro y suspiro. Existir es estar fuera de cualquier burladero. La arena aguarda, espera tranquila. 

Por último, fui a la máquina dispensadora, tras la esquina (siempre tienden a esconderlas). Me saqué un descafeinado o una invitación directa para ir al cuarto de baño en menos de quince minutos. No diré más. Lo bebí de un modo aséptico, como cuando uno degusta cualquier sucedáneo. Luego se me fue la cabeza pensando en la vida tan dichosa de los fruteros. Madrugaban igual que los panaderos para conseguir su mercancía, pero luego se pasaban todo el día rodeados de aromas y colores, algo impagable, de veras. 

Sin querer, volví a cruzarme con Fabián que salía de su consulta, mientras yo había retomado la compañía ficticia del teléfono móvil. Salía con una media sonrisa delatora; de esas que expulsan el mal durante cierto periodo de tiempo. Y yo, sin querer, también dibujé ese gesto. Al fin y al cabo, las buenas noticias siempre me aplacan, vengan de quien vengan. 

sábado, 4 de abril de 2020

Un piloto


Amanece. El sol decora de un naranja rosáceo las nubes del cielo. Regreso con el cargamento de test rápidos para detectar el Covid-19, que se han adquirido en una empresa asiática.
Voy con viento a favor, por lo que llegaré antes a mi destino. El avión de mercancías va sin tripulación, solo con un par de escoltas. Ello no evita que esté más tenso ante la posibilidad de algún contratiempo en las alturas. Tengo la sensación de transportar un tesoro; una de las flechas para enfrentarnos al virus, hasta dar con la vacuna. Podría ser un Atlas cualquiera; lo cierto es que solo soy un desconocido uniformado cruzando el firmamento. Cuando se distribuyan los test, quizá nos anticipemos a la pandemia. Puede ser una ventaja ante este enemigo hostil, letal, atroz y lacerante.
Una vez en casa, intento conciliar el sueño. Pienso en algunos de los lugares hermosos que se esconden tras mis ojos en duermevela. El corazón de la Selva Negra, las estepas en Mongolia, las márgenes del Nilo, el cañón del Colorado.
Poco después, debí caer en un sueño reparador, como los que concede el alma satisfecha.
Tal vez, fue a la mañana siguiente cuando el café caliente no me supo a nada y la acidez del tomate se me antojó inexistente. ¿Qué es una persona sin el disfrute de cualquiera de sus sentidos?
Ahora, seguro que pertenezco al recuento. Da igual si mi desenlace queda reflejado en cifras rojas o verdes en cualquier telediario. Fui uno de tantos y tantos granitos en esa montaña de empeños, para enfrentarse con denuedo a lo que jamás estábamos preparados.
Y no es poca cosa, si cada uno de nosotros notara el peso del mundo sobre su espalda. Entonces, el devenir, quizá, fuera un poco más sencillo.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ruido

Allí estaba. En la centralita viendo algún video de Internet. Goles, partidos, futbolistas destacados. Dennis Bergkamp. Qué maravilla. 
Aquel trabajo no era malo, ninguno lo es porque de todo se aprende. Pero había que estar centrado para combatir el tedio. Hace tres años iba al norte de Madrid, a un centro de investigaciones. Mis labores consistían en ser el encargado de realizar las rondas, controlar el aparcamiento y coordinar las  visitas a las instalaciones. 
Era un edificio de cinco plantas, con muchísimos despachos y bastantes laboratorios. 
Lo peor era cuando llegaba una hora de la noche en la que se apagaban todos los automáticos y yo, acompañado únicamente de una linterna iba, planta por planta, encendiendo cada fase. 
Al principio lo cumplía con respeto, luego había días que me invadía el miedo, lo reconozco, y otros llegó a visitarme la desidia (un estado que tolero menos). Esa que consigue echar en falta algo de adrenalina, suspense, acción. 
Por supuesto. No soy Ewan McGregor en La sombra de la noche, ni lo quisiera. Donde él interpretaba a un vigilante de seguridad en un depósito de cadáveres. Claro que no. La vida no es cinematográfica. Desde luego. Menos mal. 
Aunque pasé un momento en ese lugar, que hubiera preferido evitar. Eso sí, el salario es el salario. 
Ese lapso fue el siguiente. Cuando no quedaba nadie en el edificio, cuando todos los despachos estaban vacíos, en los laboratorios solo zumbaba el runrun de las cámaras frigoríficas, el teléfono estaba tranquilo, las puertas automáticas permanecían cerradas, bloqueadas por seguridad, es decir, estaba solo en toda la instalación. Allí, a priori, no había ni Cristo.
Permanecía sentado en la recepción con el ordenador encendido, como siempre. Solía contemplar la amplia cristalera que se erguía frente a mí. Una estructura de cristal con la misma altura del edificio que mostraba la oscuridad del invierno allá fuera. Me embelesaba. Me distraía, hasta que de pronto un ruido ensordecedor casi me tiró del asiento. Duró ¿Cuánto? ¿Un segundo, dos? Cuando terminó lo primero que intenté razonar fue qué había escuchado. Aquel ruido era como cuando un altavoz suena muy grave y se distorsiona por la reverberación. ‘Altavoces’, pensé. La sala de conferencias estaba cerrada a cal y canto, con todo apagado. El único sistema de sonido preparado para ello se encontraba allí, pero no iba a revisarlo. Qué va. Lo tuve claro. Si hubiera sido una llamada de auxilio. Esto era algo bien distinto. Me armé de valor y como el estruendo vino desde mi izquierda cogí el llavero y fui puerta por puerta abriéndola, para cerciorarme de qué había sido. Actúe así hasta que el vello volvió a su ser. La dentera siempre me ha descolocado. Allí no había nada ni nadie. Tampoco era una broma pesada de algún estudiante de las prácticas que allí realizaban. 
Finalmente, decidí dejarlo estar con la tranquilidad que concede el asumir algo irracional e inexplicable. Media hora más tarde, cumplí mi horario. Días más tarde me salió otra oportunidad, que no dudé en aprovechar. Ese trabajo pasó a formar parte del pasado. A día de hoy sigo sin comprender qué fue aquello. Aunque tampoco ha de importar mucho, porque como dijo, más o menos, Groucho Marx, la vida no hay que tomarla demasiado en serio. 

viernes, 14 de junio de 2019

Nos escuchan

Ustedes quizá no lo habrán percibido, ni notado o peor aún; lo saben desde hace años y permanecen como yo: intranquilos, indefensos, expectantes. Al leer 1984, de George Orwell, uno piensa en pamplinas como concursos televisados donde hay cámaras y donde el mayor logro es acostarse con las más guapa, la que pille más cerca o la que más beneficio contribuya una vez se salga de ese dichoso programa. Pero hete aquí que corresponde ir más lejos. 
El problema no es lo paranoide que uno se pueda volver con estos hechos que describiré a continuación, sino el tinte kafkiano que cubre y amenaza a los miembros de una sociedad cuando el velo de lo público y privado se nos arrebata inhumanamente. 
Señores, nuestros móviles son un ventanal con las cortinas descorridas frente a la indiscreta mirada de vayan a saber quién. A ciencia cierta, no sé si existe un organismo oficial que recopile todas nuestras conversaciones telefónicas. Quizá sea un lobby colmado de información personal de cada usuario o tal vez detrás de este asunto no exista más que un chiflado en una garita para dar acceso a un cuchitril con trabajadores, cuya única finalidad sea recabar datos privados de toda la población. 
Algunos pensarán que estoy perturbado y es cierto, nada me constriñe más el alma, que un estúpido aparato tecnológico creado para comunicarse y que ahora, no solo registra llamadas, sino que emplea y utiliza información a su antojo. 
Es probable que el sector de la publicidad esté detrás de ello. No hace mucho, diarios como El País y El Mundo publicaban lo que, más o menos, vengo a destacar. En sus páginas se leía que Amazon grababa todas nuestras conversaciones para su uso personal. Y si esa empresa puede, lo mismo hay más vinculadas con acceso a todo lo que filtran nuestros labios. 
Ahora, me hago esta pregunta: ¿Qué lógica existe si las leyes protegen los derechos fundamentales y, a su vez, se permite este abuso? ¿No es contradictorio?
Lo decía al principio. Algunos de ustedes habrán notado que su teléfono les manda publicidad cuando activan los datos o al levantarse de la silla cuando lo llevan encima (disculpen si uno ya se inclina a pensar como si hubiera algo oculto de sumo valor en acciones cotidianas mundanas y de escasa repercusión). Esto va a más. También les llegará información a sus receptores cuando el día anterior han hablado de cualquier tema. Por ejemplo, si hablan con su madre de una comida, la publicidad será de restaurantes o de recetas. Si mencionan el tiempo, lo mismo les aparece alguna oferta de vuelos o un viaje exótico que les quede por realizar. Sigo. El trasfondo del asunto es mucho más amplio de lo que parece. Ellos, esas entidades que se dedican no ya a vulnerar derechos, sino a abrirnos en canal y saber lo siguiente: que preferimos el filete muy hecho, cuál es nuestro estado de salud, qué gustos sexuales tenemos, cuánto dinero hay en nuestras cuentas bancarias, a quién votamos en las últimas elecciones, y continúo... a quién podríamos elegir en las siguientes votaciones, cuánto estamos dispuestos a gastar en la siguiente compra, con quién nos vamos a acostar (Sí. Los baremos preestablecidos podrían ser más fidedignos que la lámpara de cualquier genio).
Y créanme, cuando se obtiene la predisposición de cualquiera de nosotros frente a un hecho futuro es cuando el problema adquiere una repercusión de una escala considerable. No obstante, demasiado bien nos va para todo lo que pueden saber de nuestra vida. Ahora bien, permanecemos tan vulnerables como cualquier otra persona ante este posible peligro. 
Ante ello, solo se puede actuar con resignación porque somos ciudadanos; a priori gente sin relevancia ni mayor trascendencia (¿O sí?). Quién sabe. Lo mismo hay alguien moviendo los hilos, y detrás otros que mueven esos hilos y detrás otros, así hasta el infinito. Esto parece una broma soviética de la Guerra Fría o una idea sacada de cualquier argumento de espías. 
Lo bueno, como decía, es que nos va bien dentro de lo que cabe. Esa estabilidad, ¿la logramos nosotros o la conceden ellos al no interferir demasiado en nuestro día a día? Estas dudas dan para una conferencia de los servicios de inteligencia, una charla entre cafés o descarrilar en el delirio de un demente. Depende de cómo lo interpreten. 
Aun con todo, hablen alto y claro. Que las frases conserven su cometido para siempre. 
No hay palabra mal dicha si no fuese mal entendida. Y esto, señores, puede ser la clave. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Cuando

Cuando en vuestro barco reine el silencio, sin tripulantes, sin arengas, durante la última batalla. Cuando sintáis que os socavan el alma con una cuchara de servir helados. Cuando os convirtáis en el Napoleón de vuestras propias miserias. El tiempo, capaz de pulir una vez aquello que fue punta, no será la salvación. Porque siempre va en contra de quien sobrevive; pónganse como se pongan.
De un tiempo a esta parte, pronto se cumplirán 10 años de aquella devastación. Iluso de mí, por pensar que solo habría una en el camino. La siguiente, sibilina, maléfica, mordiente, llegó por la espalda; algo tan suyo como ya mío..., pero reconocimos rápido su hedor. Fue más fácil de encauzar. 
Escuchen. He ido y regresado de lugares que es mejor olvidar. Contemplé un reflejo quebrado en un atardecer infinito. Sufrí lo indecible bajo los acantilados de aquellos peligrosos muros. Y aún, con todo, arañé los remos para llegar a cualquier costa. No. No me refiero a Nona, Décima y Morta. Traspapelé el sentido común, el saber estar; raciocinio, al fin y al cabo. Ahora escojo sonreír cuando vienen mal dadas, cuando se incendía el pensamiento y me pregunto ¿Adónde se encuentra la tercera, eh, adónde? Solo el silencio se cobija en mi nuca. Y este dolor de entre costillas ¿no cesa nunca mi vida, eh, no acaba? No deseo el final de los finales, ni a tiros, ni en broma. Aferrado a alzar el guante rojo, mientras disfruto levantando también el pómulo. Hablo simplemente de paz y quietud. De comer uvas. De mirarnos un segundo y ver que estamos presentes aquí y ahora. Compartir una ilusión por insignificante que parezca. Desde el filo de tus comisuras hasta la firmeza de la planta de nuestros pies. Así es.
Y perdonen si en ocasiones una marabunta parece asomar por el rabillo de mis ojos o si considero el hecho de que existan pocas prendas más horribles que una minifalda negra manchada con pelos de gato, si la tiza me produce dentera, si el ocaso se antoja único e irrepetible, si me enfado con los que más quiero porque son lo que más quiero, si no he visto Amelie y he aborrecido el azúcar blanco. 
Estos pequeños párrafos son una pequeña parte del propio anacronismo. Tan especial como el de cada uno de vosotros. Porque nadie es ideal, ni mucho menos. 
‘La vida es muy corta y muy larga’; escuché en cierta ocasión. Quizá sea por eso: unos días se pasan en un parpadeo, otros duran demasiado. Y al final, de bisabuelos a abuelos, de abuelos a padres, de padres a hijos, se transmiten las mismas ansias por dominar la supervivencia. Cuando lo bueno y lo malo nos es otorgado sin ningún control o parámetro preestablecido. La carta aleatoria o comodín también forma parte de la baraja. Toque cuando toque, pero siempre nos alcanza.

viernes, 18 de mayo de 2018

La memoria de un lápiz

En 2015 me encontré tremendamente cómodo y complacido de poder contemplar cómo una novela salía a la luz, materializándose delante de los asistentes. Por entonces, uno podía pasar por escribidor o tramoyista; realizando el mayor truco posible: concebir una historia, mejor o peor, pero con inicio-nudo-desenlace más la presencia de dos protagonistas un tanto siniestros y sórdidos, que me acompañarán allá donde vaya. Ahora, tres años y medio después, las ganas de seguir creando siguen intactas. 
No engañaré a nadie. La vitrina está hambrienta de reconocimientos, pero con encontrar una editorial decente para el siguiente libro me sentiría satisfecho. La decencia en el mundo literario (y en el de verdad, el de carne y hueso) permanece en desventaja. En este caso concreto es así porque la perspectiva de otros escritores a la hora de publicar un texto es, más o menos, bastante similar a la mía: no hay apoyo al autor ni respaldo comercial. 
Tras el auge de los creadores noveles, donde las pequeñas editoriales han visto el campo cultivado y verde, queda la supervivencia real del escritor. Donde el porcentaje de ganancia es muy bajo o la posibilidad de ampliar las presentaciones es poco menos que una lamentable utopía. Es doloroso contentarse obligatoriamente con vender ejemplares a los asistentes en un único evento. La solución tampoco ha de pasar porque el autor forme parte de la cadena de comercialización de su libro, comprándolos para venderlos más tarde, donde quiera y como pretenda. El creador no es un simple mercader que trapichea con su mejor producto, la inversión del tiempo en frases, mensajes e ideas tan laboriosas como gratificantes.
Ahora, el lápiz que sostengo entre los dedos, manejable, sencillo, ligero ¿No es la mejor herramienta que existe junto al martillo? Me invitan a reflexionar sobre todo el proceso que tendré que recorrer hasta lo venidero.
Por descontado. No pretendo ganarme el pan con lo escrito, pero una ayuda estatal, por ejemplo, entraría dentro de lo correcto (como la medida de bajar el IVA el año pasado en las bibliotecas). Aunque creo que esperar los incentivos del exterior también pueden ser muestra de debilidad o parsimonia. Mejor pongámonos a escribir, aunque todo lo demás no esté como debiera. Es mejor disponer de un cajón repleto de contenidos, a un panorama literario fructífero e inmejorable sin nada por ofrecer.

sábado, 7 de octubre de 2017

Mientras se escribe

Solo cuando la rendición me trepa por las piernas lo considero un aliciente fidedigno como para ponerse a escribir. Nanai. De pronto descarto el portatil cerrándolo con un golpe seco, hostil, frenético, casi desesperado, para darme cuenta de lo mucho que me ocupa esta labor, la de crear y transmitir, aunque, a veces, no se consiga todo a la vez (o nada en su mayoría). De todos modos y como diría Groucho Marx no hay que tomarse la vida muy en serio puesto que no saldremos vivos de ella. Y es verdad. 
Las musas o esas perversas de tal que se ríen de uno por invertir horas en construir una frase recta, como una zanja bien hecha y no un mero surco, se unen a la fiesta de ideas que monto a diario para ensamblar el bloque de letras, donde dedico parte del tiempo libre.
A veces, mientras escribo, observo a contraluz el desgaste de las teclas. Algunas permanecen prácticamente intactas conservando la pátina de polvo reveladora del poco roce de las yemas. Otras ya brillan un poco como las letras a,s,d o la e, de un modo jerárquico y de cierta petulancia como diciendo nosotras predominamos en tu castellano. Más tarde llegan las ideas banales (como si las anteriores no lo fueran). Y una de ellas es la existencia universal de una división entre todos los escritores del planeta. Los hay de corto aliento y de largo. Llevo bastante trabajando junto a los segundos, porque lo fácil, lo que llega a un posible receptor quizá sea de textos escuetos, simples, eficaces. En cualquier caso, al ser una idea intrascendente, pronto se camufla en una de gran calado y pienso que lo importante es ser leído. Todo lo demás es simple cháchara. 
Al mirar al horizonte el sol se ha escondido dejando unos contornos que pertenecen más a la noche que al día. Las musas partieron hace mucho. El sueño y el reconocimiento se instalan uno en las sienes y el otro en el pecho. La noche domina ahí afuera. Mañana, en el cruel Día de la Marmota, volveré a sentir la rendición en las perneras y una quemazón interior que no libra de nada.

miércoles, 19 de abril de 2017

La polilla

Abrí el armario y, al principio, pasó desapercibida. Luego, arengada por la intromisión o quizá fue el leve movimiento llevado a cabo por la puerta de madera al abrirse, no tuvo reparos en dejarse ver. Por el rabillo del ojo, capté un ligero movimiento que me crispó un poco los nervios, porque, a día de hoy, me siguen asustando los seres ocultos escondidos en los muebles viejos. Y este ser no era menos. Allí estaba, trepando por uno de los cuellos de esas camisas que ya nunca me he vuelto a poner. En el fondo la miré con más tristeza que respeto. Era como si me ahorrara el hecho de donar la ropa inservible a un punto de recogida o a la asociación para fines benéficos donde solemos llevar algunas prendas en desuso, como solía. 
El insecto alado me despertó una curiosidad infinita: ¿Por dónde había entrado? ¿Cuáles eran sus sensores nerviosos que le habían indicado que lo antiguo era más delicioso que cualquier tipo de moda? 
Fueron unos segundos, tan solo, nada más; lo que decantó la balanza a mi favor que para eso era el humano. En un periquete la polilla ya estaba revoloteando, esparciando inevitablemente el poco oxígeno que yo oprimía para no dejarla escapar y echar por tierra, tal vez, sus pretensiones osadas y lascivas en degustar con morbo y apetito (por lo visto son sensaciones muy vinculadas entre sí) nuestras cortinas o quién sabe, incluso la ropa interior. Al fin y al cabo era la mano y no mi boca quien la estaba reteniendo. Ya se sabe que, en el fondo, las zonas más alejadas de nuestro cuerpo, en un momento dado pueden dejar de considerarse parte de este. Sucede con los dedos, pasa también con los pies.
No la maté, en absoluto. Me apresuré a abrir la ventana del cuarto para que escapara. La escena, vista desde fuera, me estaba resultando un poco desagradable y el vello de los brazos ya empezaba a erizarse.
Cuando extendí toda la palma, la extensión de un hombre abierta para recibir la claridad del cielo, y la dejé marchar me dejó un rastro como de polvos argentados, y, en menor medida, áureos. Al fin y al cabo, no era un insecto tan repelente porque a pesar del mal rato que le infligí, lo compensó dejándo plata y oro a su paso.
Ya lo decía. Los seres escondidos en lo oscuro me generan una imperiosa intranquilidad.

domingo, 2 de abril de 2017

Un tributo

20 años de exclamaciones y comas. Un tango que emana de cada bolígrafo, lapicero o desde la propia mano de quien ha escrito aquí durante todo este tiempo.
Mientras recuerdo lo vivido, una imagen de blancura se me viene a la memoria. Al principio La buena letra creaba y se expandía desde el subsuelo, como los árboles; en un sótano al que se accedía por unas escaleras de barandilla blanca que, poco más tarde, daban a un estrecho pasillo del mismo color. Abrí la puerta, con más miedo que vergüenza, y allí estaban todos los que todavía me asaltan a veces desde el pasado, porque los otros llegaron más tarde y tomaron el relevo. Siendo el complemento y toda la suma. Yo rondaba la veintena; ellos sonreían y escuchaban por encima de la edad que nos separaba. Con distintos métodos eran capaces de generarme una envidia sana desde el punto de vista humano y literario. Ya saben eso de querer correr cuando primero se ha de andar.
Y aprendí todo lo que pude, en las idas y venidas, en algunos de mis holas y en todos mis adioses. Porque esta asociación, que todavía late tras las densas, oscuras y teatrales cortinas de estos escenarios, es una superviviente nata. Capaz de sobreponerse a las peores adversidades. La cultura es la sangre que los habita, la piel de estos merodeadores de letras que esculpen sus sentimientos por doquier. Han sabido cultivar una buena vía de escape, la literaria; como un modo de vida imperecedero y enriquecedor.
Podría dar nombres de todos los miembros que han formado parte de este camino, pero rememoro esa experiencia en la línea de la vida. Les contemplo desde la lejanía, en la distancia. Y ahora, una vez más, se agolpan las ideas con las que los vinculo: ‘vocalizar bien’, ‘leer despacio’, ‘leer mucho’, ‘para escribir hay que tirar lo que no sirve’, ‘pégate al micrófono’, ‘tranquilo’, ‘risasֹ’, ‘abrazos’, ‘aplausos’ y ‘cariño’. Valores aprendidos junto a ellos, que me han hecho crecer e ir hacia delante.
Por último, desearles que el techo de los 20 años sea el suelo de su mañana. Porque lo merecen, porque en Fuenlabrada se han labrado un surco creativo, porque quién va a ser, sino ellos, los elegidos para seguir creando el presente de la asociación. Con toda mi admiración y respeto: aquí siguen. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Un 8 de marzo

Confieso mi profunda admiración hacia las mujeres. Desde las que han hecho historia (como Marie Curie, Amelia Earhart, Chavela Vargas, Frida Kahlo, Mary Shelley, Kathryn Bigelow o Meryl Streep), las desconocidas que captan la atención solo con un caminar y, por supuesto, todas las que pasaron y siguen en mi vida, gracias a Dios o a la fortuna.
He de admitir, con cierto reparo, que sustentado por la timidez he podido observarlas, en algunas ocasiones, tal y como si fueran completamente distintas a los hombres. Puede que tal afirmación me haga jugarme el tipo, pero a día de hoy, y puedo estar profundamente equivocado, las sigo mirando con ese respeto, incertidumbre y júbilo de quien ha descubierto un tesoro secreto, un enigma indescifrable, un ático con vistas al mar. 
Milan Kundera con La insoportable levedad del ser hace un buen acercamiento con uno de sus personajes hacia lo que los hombres podríamos desear/necesitar de las mujeres. Más allá de esa recomendable lectura, lo que verdaderamente me fascina del género femenino es la vitalidad con la que preparan al mayor rival que (supuestamente) la sociedad les ha colocado, el hombre. Bien por medio de una reinvención de la esposa para con su marido, bien por los métodos de los lazos familiares si son hermanas, madres, tías y abuelas aplicando el cariño y los buenos modales. En todos estos roles detecto una profunda implicación en la finalidad de moldear grandes hombrecitos y mujercitas, que luego han de poner en práctica el aprendizaje para ver de igual a igual a las féminas y estas para con sus semejantes masculinos.
Hasta el papel de mujer fatal ha dejado una huella en el celuloide con multitud de intérpretes que han hecho de la presuntuosa virilidad del macho lo que bien les ha dado la gana. Y bien por ellas. 
Pero voy a ir a lo concreto. Rememoro a la abuela que se esforzó en hacerme más educado y gentil, a la tía con la que comparto confidencias sobre la vida, a mi madre que es un ejemplo de coraza, perseverancia y un tributo a la idea del esmero hasta el último minuto de existencia, a esa suegra que ocupa mi pensamiento y con la que siempre me esmero en dar la talla y a Cris por ser vértice en toda esta escultura vital que configura nuestras vidas, el día a día. Por ella pondría la otra mejilla, la mano en el fuego, y la concedería hasta la propia cartera. Porque se puede contar en todo y para todo, porque representa los anhelos más inmediatos. Es lluvia, arcoíris, primavera y festividad para los sentidos. Un regalo que esperaba sentado en un banco al merodeador despistado, que un buen día subió unas escaleras y se topó, de lleno, con la más exitosa de sus suertes.

domingo, 19 de febrero de 2017

¿Adónde vamos?

Caminaba por el municipio donde crecí, con la tremenda sorpresa de no reconocer los establecimientos ni tiendas que se habían abierto en los últimos años. Me entró una especie de nostalgia. Y aunque suelen decir que los lugares de la infancia son inalterables, en vez de la mirada y vida de quien regresa, no me lo creía. Entre tanto, mis inquietudes comenzaron a sembrar la alerta psicosomática. De pronto, una molestia empezó a cobrar forma. Esa especie de dolencia se hacía presente y ganaba enteros, muy adentro, bajo el entrecejo y sobre la nariz. El dolor afortunadamente no fue a más, a pesar de comprobar, cómo uno de los negocios más memorables de mi juventud, se había ido al garete también. Llevaba el cartel de la peste, digo ‘se alquila’. La guadaña económica había alcanzado ese lugar, donde el dueño fue quien, en un pasado adolescente, me grabó todos los videojuegos piratas en el instituto. Estaba perplejo por la nueva situación de su, ya extinguido, negocio o empresa. Supongo que cuando a uno le dan cierto cogotazo es mejor levantar la mirada lo antes posible; eso es lo que hice. Fue entonces cuando contemplé, con más asombro todavía, los muchos comercios, para mi gusto demasiados, portando el famoso ‘se alquila’ que tanto se ha puesto de moda. 
Es como si en medio del pasado de los caminantes y el futuro de las calles, se hubiera instalado de por medio un presente crítico, inmoral, indecente o ventajista, a la larga y en la corta. 
La jaqueca amenzaba con abrirse paso entre mi cráneo, tendones, nervios, músculos y piel. Era una verdadera jodienda subcutánea, pero lo realmente engorroso y de cierto peligro para la sociedad era esa tipografía naranja fluorescente y chillona; como diciendo: ‘Aquí estoy yo, con mi rictus mayúsculo con el fin de ser un verdadero quebradero de cabeza’. Decidí seguir adelante en mi rumbo un poco dubitativo, como quien se gira de vez en cuando para ver si alguien se estaba riendo o había una cámara oculta. En la desesperación todos los males hincan. Este del que os refiero puede ser una nueva adversidad, como tantas otras. Un problema de complicada solución para los que esperan con las manos cruzadas enfundados en trajes y corbatas. 
Los transeúntes en su día a día saben dónde fijar la mirada. Es una verdad agria, incómoda, nociva. Un pasatiempo imposible, un Scrabble con las letras predefinidas en los huecos justos o premeditados. Desde arriba sueltan los letreros; abajo se consiente el resultado.

sábado, 7 de enero de 2017

El profesor de historia

Es como una aparición de la serie A dos metros bajo tierra. Una de esas en las que los personajes secundarios que morían al principio del capítulo aparecían más tarde durante el mismo para aleccionar a los protagonistas cual fantasmas con un tema vital que, a priori, se les pasaba por alto. Este parecía uno de esos casos, aunque a mí, este hombre no me hablaba; tan solo me lo encontraba en la sección de frutería del centro comercial donde, por lo visto, solíamos acudir a realizar nuestras compras. Pero algo no cuadraba. Ya era muy mayor cuando impartía clases en el instituto al que fui, por lo que con el paso del tiempo una de dos: o no era él y es un hermano pequeño que en la actualidad dispone de la edad con la que le recuerdo por entonces o podría ser alguien increiblemente parecido. Ser profesor, aunque dispongan de bastantes días de vacaciones, no es una profesión fácil (cuál lo es) por lo que algo de vejez debería notársele. Quizá sea eso lo que más me enoja, el simple hecho de que él se mantenga tal cual y yo haya cambiado. Aunque en el propio cauce vital de la enseñanza los que más terreno disponen por abonar son los alumnos, los maestros pueden cambiar de centro, pero van encauzados. Los adolescentes tienen un mar de incertidumbre por delante. 
Voy andando por el centro comercial y tras una robusta columna exterior de piedra, cerca del aparcamiento sentado en un banco con gafas de sol y un niqui añil, aparece su silueta, sus contornos plácidos y su gesto un poco arrogante. Este Platón modernista aprovecha el sol de las doce de la mañana, como quien disfruta de una merecida jubilación. Un Richard Jenkins pepinero, con la ‘nueva vida‘ por delante. Es entonces cuando me dan ganas de soltar mis bolsas, todavía vacías, y agarrarle por el cuello de la prenda para espetarle: ‘El truco de tus esquemas no me sirvió de nada’ o ‘¡Qué haces aquí!’. Pero en seguida desisto en mi acometida. No puedo increpar nada a alguien que sopesa tanto si los plátanos son buenos o no, porque hago lo mismo. En el fondo, supongo que sigo respetando, ahora que soy un hombre a ese ‘garbancito’ con el que primero suspendí, luego obtuve un sobresaliente para más tarde quedarme en la tercera evaluación en un notable. Seguiré espiando su meticulosidad en ese gran desconocido que pasea como si nadie le reconociera, como si fuera uno más y no hubiera dejado cierto poso de aprendizaje en un alumno del pasado. Por lo tanto todo permanece igual. La tiza por las patatas, las zanahorias por el parte de asistencia. Siempre hay alguien mirándonos o simplemente observando lo que pasa. Es la única historia que conozco, la que ven nuestros ojos. Esa también merece ser contada.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Aún se está a tiempo

Caminaba entre el dolor ‘ajeno’de los boxes de urgencias. Un desconocido con una herida profunda en la frente, otro con la minga en la mano sin expectativas de orinar en el baño, una mujer mayor con la cabeza ida produciendo unos lamentos que, a mi entender, ya venían más de allí que de aquí... y la zorra de su hija maltratándola en público. Algo ha cambiado en esos pasillos durante los últimos años. Pero aún se está a tiempo de sostener la mano de un padre en medio de todo ese fragor y tragarse el ansia por imaginar que uno se lo echa a la espalda, antes de que llegue el verdadero enemigo con su dalle. Todavía es pronto para tomar el último trago de lo que demande el coleto en ese momento trascendental. Nunca es tarde para volver a caer y levantarse o recompensar con una mirada las buenas amistades, contemplarse a sí misma frente a la propia imagen y sentirse atractiva, comerse fugazmente la comida del plato como quien pretende devorar el mundo, erradicando todos los males con el buche lleno. Aún se está a tiempo de marcarse un pericón, rock and roll o ponerle música a vuestras escenas de vida. Ahora que vienen mal dadas o buenas (qué más da, si en los dos casos hay que relativizar y en la mayoría de ocasiones las circunstancias escapan de nuestro dominio) es el momento presente; el único instante fugaz para los sentidos es el que más huella debería dejar y ni por esas. Porque siempre se preocupan de lo perdido, pasado, y lo inalcanzable, futuro. Se vive en el pasillo de un tren que en la juventud parece interminable y cuando se llega al último vagón solo se anhela el primero, sin disfrutar siquiera de ese momento final y crucial. Pero aún se está a tiempo de cerrar temas, de sentarse a charlar, de mirarse a los ojos, de seguir creando, de ayudar al prójimo y que su felicidad sea la vuestra, pero solo de quien ustedes consideren oportuno. Porque ya decía que el trayecto acaba y su conclusión sorprende, siempre llega pronto y ese dolor suele hacerse bruno en nuestro costado. Asi que ya saben. Declárense de una vez. Minimicen las actuaciones de sus jefes sabiéndose que sin los rangos inferiores no habría mandos superiores. Arreglen sus deudas. Vayan siempre con la mejor de las tarjetas, una sonrisa. Y el mundo, tras estas fiestas les parecerá igual, pero, al menos, habrán cambiado la tendencia, el sino, la levedad de los seres humanos en su carrera por la vida.

viernes, 29 de julio de 2016

Incertidumbre literaria

Muchas veces he sucumbido a las malas ideas sobre la escritura. Primero me asaltan como si formaran parte de un problema mayor, luego cuando se apaciguan... miento; rara es la ocasión en la que cierta duda literaria abandona los resquicios de mi pensar. Aunque la consulte en la RAE o en alguna cuenta de ortografía de las redes sociales. Siempre permanece ahí y la incertidumbre, una vez resuelta hace yesca en la imaginación, preparando el terreno para la próxima. 
¿Se pueden colocar comas entre preguntas? Las he visto emplear en mis autores favoritos, pero el que lo hagan muchos buenos no significa, ni por esas, que sea norma de escritura (porque el ser humano siente un contínuo desafío en quebrantar lo establecido). 
En esas, detesto los quizá con una ese final. Pueden llegar a nublar el día, la tarde o el rato de lectura. O el procedimiento de las ediciones más selectas de algunas obras famosas y transcendentes que tildan la tercera persona del pretérito del verbo dar con un dió hiriente y enervante. 
Todo ello me altera porque si uno cree disponer de unos cimientos literarios comunes y lógicos, cuando ve algunos de estos casos le asalta la desconfianza miedosa y descorazonadora. Nadie quiere ser la oveja descarriada, aunque muchos chulearán de ello y de su intentona. Habla alguien que ha visto también como dos comas cercaban a la siempre ágil i griega (perdón la ye), como pretendiendo generar una pausa demasiado prolongada en el tiempo; casi como un punto, vamos.
Los hay, eruditos ellos, que siguen tildando el solo y el pronombre este como si no se adecuaran a la última actualización de la RAE de 2010. ¿Acaso debe haber modas y modelos a la hora de componer un texto? 
Algunos, podrán tacharme de pedante, pero se equivocan; porque también cultivo errores, de vez en cuando. Lo único es que no pretendo prolongarlos durante las 400 páginas de una novela. 
Los males escritos se pueden remediar. Solo es cuestión de prestar la suficiente atención o interés; aspectos a la alza en esta sociedad que trafica con la prisa y lo irrelevante. Existe un gran vacío en este guion; no todo vale; seamos, por tanto, juez y parte del asunto.

martes, 31 de mayo de 2016

La última de Paolo Sorrentino

He visto La juventud y aunque ha habido fragmentos de la historia que no he entendido del todo ha sido una película muy grata de ver e interiorizar (pensar en ella en los momentos insustanciales cuando no hay nada mejor por hacer, de pronto te asalta una imagen o un diálogo).
No obstante, tiene el defectillo de que en la vida real los diálogos no son tan profundos como los describen aquí, donde todos razonan de sobremanera bajo una retórica envidiable, obviando eso; sí me la creo con creces.
Cada vez me pierdo más entre escudos con una sola estrellita y batallas de explosiones Marvel o DC. Debe de haber de todo, por supuesto, pero con tanta reelaboración donde se repiten las ideas, copia de ellas a lo largo de décadas y seguimiento innecesario de sagas de los comics o de vayan a saber el qué, cuesta encontrar un entretenimiento memorable más de lo que suele durar una serie de televisión.
Regresando a la película que acontece. Me encanta Michael Caine (resurgido tras Sangre y vino) y cómo no, Harvey Keitel, con el que me topé por primera vez en Teniente corrupto y me fascinó su papel; y no la nueva versión de Nicolas Cage, aunque no se la debería considerar ni eso.
Por si fuera poco, actúan junto al tándem una tal Rachel Weisz tan lacrimógena en esta ocasión como bella siempre. Y Paul Dano, del que he leído en algunos periódicos y del que apenas he visto algo, hace bien las coberturas. Empleo esta metáfora futbolística porque también sale, según he entendido, Diego Armando Maradona en este largometraje, o alguien que se le parece mucho a él.
Lo mejor, sin duda, las escenas donde aparece Miss Mundo, por erotismo y complejidad, a partes iguales (la escena donde el personaje de Caine se la imagina por primera vez sobre una pasarela es bastante significativo).
Un largometraje digno de ver y de emplear o perder dos horas de dichosa juventud. Mucho más enriquecedor que jugar a los juegos de la telefonía móvil; que me perdonen los seguidores de ese fútil entretenimiento. No pretendo desprestigiarlo... o sí.
Para gustos los colores y más si dan puntos por ello. En fin. Cuestión de perspectivas, necesidades y motivaciones. Sobre eso no hay nada escrito.

domingo, 15 de mayo de 2016

Alien

Es un alienígena que se abrocha la chaqueta a expensas de junio, que baja por unas escaleras mecánicas a decenas de metros bajo el suelo apoyado en la goma negra deslizante para evitar que lo anodino se resquebraje en un mal tropiezo, que se mira al espejo sin ver lo que muestra...
Y también se siente un extranjero en su tierra por las nubes de humo reales (Seseña) y la que descorren los políticos, porque tratan a los ciudadanos como si fueran estofa. La Tierra no explotará jamás; hasta que reviente.
Se relame en los postres y ha encontrado las puertas a un nuevo inframundo: las pelusas del ombligo.
Inventa realidades tanto en lo que escribe como en lo que lee, porque el día a día le resulta un llaga en el alma.
Sabe regatear a la desidia rememorando canciones que su padre escuchaba para obrar de igual modo. Acodado en el suelo del salón, antes fueron los LP (retornan), ahora CD o ni eso, Internet. De ese modo no habría podido conocer nunca a grupos sudafricanos como Savuka y otras rarezas varias. Sin referencias, solo hay datos. El padre mostraba el camino y luego el primogénito inculcó al hermano.
Amigo de sus amigos (vaya redundancia) y amigo de sus enemigos, una consideración más que loable. No escatima a la hora de involucrarse con todos ellos por igual sabiendo que el tiempo es pérdida.
Se preocupa en exceso de los males de los demás, aunque sabe, a ciencia cierta, que la vida son subidas y bajadas, por lo que la importancia debe ser relativa ante todo. Permanece en el justo medio de las cosas; ahí donde los impávidos empatan con los diligentes, en veda de nadie. Del tiempo libre del que dispone permanece sentado la mayoría de las ocasiones. Un hecho que para los griegos clásicos no es ni bueno ni malo; peor sería estar tumbado y mejor permanecer de pie elaborando y creando (perdiendo el ocio, vamos).
En definitiva, un extraterrestre a lo Eduardo Mendoza, venido a menos, con el pecho henchido de porvenir para quien sabe esperar en terreno sembrado; cultivando y cultivándose como un bien de reserva, una ilusión fugaz durante el amanecer, un sueño que se atrapa.

jueves, 7 de abril de 2016

Horror vacui

Mateo se encerró en otro habitáculo. Había notado que las paredes de toda la casa eran semejantes al cartón. Este pensar le hizo percatarse de las conversaciones ‘privadas’ transmitidas sin pretenderlo a sus vecinos. Qué sabían ellos y qué desconocía él. Puso música a través del móvil. James Hetfield no tardó en enarcar las cejas con Frantic. Ahora, le iban a oír. Una sintonía diabólica y pegadiza generó en su espalda la segregación de un sudor resbaladizo y cálido. Nadie le veía en ese balanceo hipnótico y frenético. No bailaba; se arrastraba sobre el piso. Por un momento pensó en darse una ducha y despejarse, pero algo no andaba bien. La noche anterior tuvo la típica pesadilla dotando de desconfianza sibilina a toda la realidad envolvente. Cuando estas se producían debía de actuar con cautela. Primero se incorporaba suavemente en la cama oteando en derredor o mirando fijamente a un punto imaginario. Un Cristopher Lee o Béla Lugosi despertando de su ataúd; con esa lentitud y tiento, me refiero. Más tarde iba al baño a refrescarse las muñecas, sienes y nuca con agua fría. Sí. Las pesadillas de este tipejo no eran normales, ni mucho menos. Necesitaba de, al menos, un cuarto de hora largo, para volver a pisar sobre seguro. O eso pensaba él. Siendo honestos estaba rotundamente convencido que, cuando sufría esos malos sueños, un fragmento de él se perdía con ellos. Por decirlo así, era como si no despertara entero. ¿Qué pretendía rememorar su alma? Sentía como si la mente le garabateara el pensamiento al bajar la guardia.
Este pobre Bartleby, ahí es nada, se columpiaba entre los chispazos de sus neuronas y el vacío de los recuerdos sublevándose, incluso, desde el duermevela. Los sueños, para vosotros, serían tan inofensivos como las palabras; con el tiempo los días los subyugan. Pero él era algo diferente. Recordaba gran parte de las pesadillas y también guardaba con recelo un montón de frases de sus círculos ancladas en la memoria a largo plazo. Lejos de ser removidas y extraviadas por el viento. Porque si había algo más divertido para su soledad era el echar por tierra el dichoso refranero popular. Él contra todos. Con este caldo de cultivo difícilmente se podría sacar algo loable. Así era Mateo.
También sufría lo indecible a la hora de relacionarse. Se mordía las uñas hasta incluso la mitad de las mismas. Esto confería un aspecto innoble a sus dedos... los ojos de las manos, el previo rostro en cada saludo. Y aunque, en ocasiones, le salía un poco de sangre, tampoco importaba demasiado. Nunca había vivido de apariencias ¿O sí? De lo contrario no se acomplejaría de las escuchas vecinales. De cómo sus chillidos nocturnos le dejaban en evidencia. Al fin y al cabo, quien más y quien menos mantiene un pulso consigo mismo.
Y cuando la batería del móvil estaba llegando al final, se quedó adormilado sobre la cama, ese rectángulo acolchado de tortura para los insomnes. Así, sin la luz de la pantalla, pero con la del despertador en rojo, su silueta se fue entrelazando con la oscuridad hasta casi difuminarse por completo. Como si nada de lo descrito hubiera sucedido antes. Todo en calma, en quietud, como otrora, cuando estaba ella a su lado y sabía apaciguar al monstruo de las tres de la mañana y al de las cinco y pico. La calidez de una buena compañía. Aquello sí que fue una realidad aplastante.

sábado, 19 de marzo de 2016

La caja de hojalata

Abrí la caja de recuerdos y aspiré como un niño el aroma que de allí salió. Nada. Mi pituitaria se había contaminado también de nihilismo.
Habría pagado una gran suma de dinero porque hubiera escapado del cofre de los vientos una delicada esencia de los días olvidados. El primer sentido anulado; vamos con los demás. Dejé a la vista y al tacto todas mis esperanzas de socavar información oculta, guardada y en salvaguarda.  El problema de generar un cajón desastre es eso; al final nuestros recuerdos se acaban convirtiendo en materia varada y extraída de algunos lugares recónditos sepultados por la colcha de olvido.
En el interior de la lata, allá dentro, había multitud de objetos.
Lo primero que cogí (aunque sospecho que acabó por ser él quien vino a mi mano) fue un coletero de color negro. Mi mano diestra lo sujeto con mimo, mientras lo observaba con infinita curiosidad. Debía de ser una de las gomas que utilizaba para anudarme la coleta cuando era joven.
En seguida, como una polea que influye movimiento a la siguiente y esta a la de más allá, mis ojos (extensión del cerebro) recorrieron prestos todo el contenido de Pandora, y como un refusilo buscaron con rapidez y avidez algo que echarse a la memoria.
Había dos hojas, de tilo y otra de eucalipto, perfectamente conservadas o esa parecía, porque la más pequeña y delgada, al inspeccionarla, se resquebrajó en decenas de añicos entre los dedos.
No recordaba su función allá dentro. Lo mismo, de chiquillo, el viento las arrastró allí y cerré la tapadera adrede, con el único fin de recordar siempre ese momento.
Luego me detuve en un piedra, resto de otra roca, que había firmada con una frase en color azul desgastado. Dicho rotulador no debía de ser muy bueno, porque me costó descifrar el mensaje. La frase sobre su superficie prefiero no desvelarla, puesto que fue como un mazazo seco en el omóplato. Otra lástima, no saber, tampoco, el autor o autora de semejante unión de palabras.
Por supuesto, también había pendientes de aro. Tanto de plata como los de coco permanecían allí olvidados tan oscuros ya casi los primeros como los segundos. Y he de reconocer mi predilección por la plata más que el oro. Hago esta comparación porque el modo de ‘herrumbrarse’ de mi elemento químico favorito era asombroso. Como si el tiempo le mellara y con un simple trozo de tela o aclarado con bicarbonato diluyera el roce del pasado y lo devolviera al presente con su aspecto impertérrito, el de siempre, el de antes.
También había relojes. Cuatro concretamente. Desconozco mi antiguo afán por conocer el paso de las horas anclado en la muñeca. Hace años que me deshice de ese lazo. Ahora, unos sin pilas otros parados anhelando el roce de la piel humana, permanecían desamparados observándome con sus vértices oculares.
Y allí, tras colocar la tapa de latón sobre todos ellos más algunas cartas procastinadas a ser leídas en el futuro de otro momento de intimidad, decidí colocar mis recuerdos a la espera de volver a ser descubiertos y desenterrados. Ocultos, guardados y en salvaguarda... hasta que llegase el día en donde los abriera y fueran solo fragmentos descabalados de uno mismo.

viernes, 19 de febrero de 2016

Maraña

Hay algo en la gente, de un tiempo a esta parte, que me disgusta. Puede que la visión objetiva sobre el asunto esté distorsionada, es decir, un mea culpa. Pero de no ser así podemos estar peor de lo esperado. No estoy cuestionando el nivel de educación de los desconocidos con los que me cruzo, sino algo más profundo y dañino. ¿Estamos otorgando la mejor versión de nosotros mismos?
Desde luego hay un innegable caldo de cultivo para los iracundos. Lo veo en la manera de devolver las monedas en un cambio, lo aprecio en las prisas del empleado en abrir tu depósito del vehículo, lo siento en la impaciencia de algunos en saltarse las normas preestablecidas y lo sufro en las medias tintas de la sanidad pública.
Nada más lejos de ahí. Una colisión de miradas y malos gestos, una mala contestación, siempre a destiempo; una pérdida de principios colosal a coste cero.
En otras sociedades, cuando vienen mal dadas no solo se arrima el hombro, más bien aprenden a vivir con nada desde la cuna. Aquí no. Ahora, según dónde me encuentre parece prosperar la altivez de los improperios, la mala baba.
Por supuesto; siguen existiendo bellas personas allí donde la misantropía todavía es un mal sueño. Ancianos extraños y extrañados de que se haya perdido la costumbre de exhibir un pañuelo impoluto desde el bolsillo superior de la americana o mujeres impedidas sin dónde sentarse en el vagón sin nadie que se preste.
El desplante, ignominia y animadversión parecen estar a la última moda. La bondad kantiana, ahora más que nunca, se me antoja una utopía.

sábado, 30 de enero de 2016

El caso de Funnydent

Antes de nada, quería destacar que esta empresa de clínicas dentales ha cerrado de la noche a la mañana sin dar explicaciones tanto en Madrid como en Barcelona. Es decir, en toda España.
Recuerdo la última vez que fui, hace apenas dos semanas, a la consulta de Leganés. Me pareció que seguía habiendo ese ligero desorden en el aire, pero si una entidad se acostumbra a trabajar así, bien por ella. Percibí, también, que no quedaban profesionales en plantilla de los que me habían tratado en mi último año. Un claro indicio pernicioso o dañino si se poseen dotes detectivescos; no es el caso.
Este hecho podría producirse en las grandes superficies comerciales, pero el dato permanecía ahí: el grueso de la plantilla se había modificado en un breve lapso.
Captó también mi atención la ‘apuesta por el blanco’. Si antes tenían sofás (sí, sofás. Ni butacas, ni sillas) negros y blancos, ahora todos eran ese mismo color inmaculado. Por si no fuera poco, la puerta del servicio la habían reformado y no quedaban indicios de la anterior. Ahora era una puerta solemne de cristal corredera y opaca. El toque ostentoso seguía impregnando las baldosas del suelo, subrayado por el ambientador de matices afrutados.
Con todos estos detalles estéticos (más la característica televisión de plasma en la pared) y vanguardistas, quién se iba a imaginar tal espantada.
De mis sesiones, solo quiero rememorar a Clara (fue el alba tras una interminable noche) la especialista que me colocó el implante de titanio. Un ángel con el pulso y la delicadeza de un ducho cirujano.
Y es que, por esa vez, he tenido suerte. Porque he pagado el tratamiento completo y se concluyó antes de toda esta parafernalia silenciosa e insidiosa.
A otros no les ha ocurrido lo mismo. Habrán pedido incluso préstamos o estarán sufriendo dolores físicos convertidos ya en una cuestión lamentablemente bursátil. Me estoy refiriendo a los ancianos de la localidad. A los abuelos de todos y cada uno, porque el número de fichas con las que Funnydent se manejaba era cuantioso. Eran los amos del cotarro, ya dueños del ayer.
Duele escribir sobre esto. Las estafas escenifican la supremacía eterna del fuerte sobre el débil y, en mi caso, he estado posicionado en ambos bandos: vigoroso cuando me sentaba en sus sofás y pensaba en lo bien atendido que iba a estar; endeble cuando se me volvía a desplazar la pieza y entraba directamente hacia el mostrador con cara de pocos amigos o de engañado, traicionado, vencido, al fin y al cabo.
Y es esta, la última de las sensaciones con la que me quedo.
La comisaria debe estar repleta de denuncias por este altercado. Bajo ningún concepto debería quedar impune.
El tiempo dictará su sentencia. Ese gran sabio que todo lo iguala.
De la justicia desconfío. Y si cae todo esto en saco roto, al menos que el tema a tratar nos haga removernos desde el suelo donde se deposite.