Hay ocasiones en las que mi apetito pide la mayor de las saciedades y hasta que no se lo concedo el ansia, desde el estómago, no se queda ahíta. Escucho todos los consejos de los amigos; tanto los sanos como los más perjudiciales para la conciencia... si es que aún me salvaguarda. Haz esto, no hagas lo otro, mantente firme, cómete una pieza de fruta o sáciate con agua y piensa que es cualquier manjar que la imaginación traiga a tus pies. ¿Con agua? Válgame Dios y el diablo, a mí que siempre me gustó comer y que ahora, sin saber el motivo, no puedo frenar el ir a vaciar el frigorífico y devorar selectivamente lo que prefiera mi paladar; y allá su suerte. La gula no es pecado sino perdición.
También leí que al cuerpo hay que darle lo contario de lo que pide. ¿Lo contrario? ¿Acaso el león se acuesta a la sombra cuando quiere procrear? ¿O se sube a un árbol a contemplar las llanuras africanas cuando siente sed de sangre? Si los animales son sus propios dueños nosotros también y por eso ando yo en descripciones acerca de lo sucedido.
Resulta que me acuesto plácidamente en la cama y al rato me despierto sobresaltado sin saber muy bien los motivos del desvelo. Miro la hora. A veces las dos, otras pasadas las cuatro o las cinco. No hay pauta. Mi cuerpo, desde un análisis clínico, se podría afirmar que permanece normal, es decir, buenas pulsaciones y tensión estable, pero desde mi abdomen se escuchan los rugidos que hacen mis tripas como si no hubieran depurado alimentos en días. Voy a la cocina; ingiero lo primero que veo; da igual dulce que salado, suave que agrio, duro que tierno. Mi mandíbula obedece el instinto visceral de devorar y así accedo a una mala costumbre nocturna. No sé qué tendrá la noche, pero la mayoría de acciones que se llevan a cabo tras la madrugada parecen ir en contra de la naturaleza, como si fueran incorrectas o voy más allá, impropias. Un ejemplo claro es el insomnio. Los que no pueden dormir mastican sus propias uñas porque piensan que a esas horas lo más aconsejable es descansar. ¿Pero quién lo dice? Acaso es más sano dormir de noche que de día. Pues sí, por costumbres y por ciclos vitales; ahora mírenme que hago varias comidas antes, incluso, del canto del gallo. Con esto quiero expresar que si no nos queda otra habrá que seguir con lo que padecemos. Allá cada uno con sus males.
Como todo seguía igual he ido al médico y, tras auscultarme la zona y mandarme pruebas, no ha visto casi nada, tan solo un apreciable aumento de peso. Dice que puede ser producido por ansiedad. Y es que muchos salimos de la consulta con lo que queremos escuchar. Siempre he sospechado que en mi trabajo mi jefe me acabaría consumiendo. Aunque seamos realistas, aquí, en el meollo de la cuestión, poco tienen que ver terceras personas. Ni mi enemigo querría verme pasar por esto.
¡Vaya, me temo que no hay una pastilla curalotodo para lo que me ocurre doctor!
A las malas, he optado por precintar la hoja del frigorífico antes de acostarme y desprecintarla al amanecer. Eso me funcionaba hasta que decidí hacer lo mismo con la puerta de la cocina, luego la del salón, al final, la de mi propio cuarto. Así que cuando llega el hambre, bendigo al teórico que afirmaba ser más llevadera que la sed... es mentira, abro los ojos y camino por la habitación en penumbra. Entonces recuerdo el rezo sobre los cuatro angelitos que custodian la cama. Cuando creces el saber popular y la fe religiosa no ayudan demasiado. Estás solo frente al cocodrilo. Sin más credos.
Ya sueño con comida, hasta con alimentos que no me gustaba antes consumir; y al despertar ahí está, como si tuviera un agujero negro en el estómago. Un apetito voraz incontrolado, que tira de mis párpados mucho antes de la hora comprensible de cualquier desayuno.
Como no lo saciaba comencé a probar la cal de la pared. La textura rugosa del gotelé parecía calmar mi ávida lengua, pero luego, sí, fueron los dientes, sin duda, los que me empujaron a morder la mezcla de yeso y pintura, como si con ello se aplacara el hambre del hombre.
No sé hasta donde más me va a llevar mi mal, pero no tiene fin. A solas estaba ya en mi hogar donde se habían agotado las subsistencias y donde había decidido, hace días, el no ir a comprar más. Al final del túnel no hay luz, solo un apetitoso y exquisito pollo aderezado con cerezas y gajos de naranja. Eso es con lo que soñaba salivando últimamente, hasta que la policía entró en casa ¿o se podría decir en la tumba? por la preocupación de los vecinos que no me veían salir ni entrar, abrir y cerrar, ventilar o tirar de la cadena. Por fin, me sacaron de la habitación; me alejaron sobre todo de la cocina y de ese frigorífico, paraíso anhelado, y al salir a la calle rodeado de decenas de curiosas miradas reaccioné y pensé que había ido demasiado lejos. La ambulancia te ocultaba de los inquisitivos e inofensivos ojos del vecindario. Nunca más volveré a este lugar. Pase lo que tenga que ocurrir. Y por fin, tras un periodo de tiempo inconcreto, mi alma comenzaba a sentirse algo más liberada y apaciguada lejos de la gula y el hambre insaciable. Por el momento, se podría sostener que me he desecho del halo maligno. Y eso no es cualquier cosa.