Muchas veces hablamos sin escuchar al prójimo. Soltamos nuestra montaña de palabras para avasallar en la idea de vendernos positivamente o porque creemos poseer la mejor historia posible. Bien, pues considero que se yerra en este aspecto, porque lo que habría que hacer, lo esperado, es dejar al otro expresarse para escucharle y poder complementar lo dicho o reforzarlo si se cree conveniente.
Hay que dejar hacer puesto que lo nuestro es interesante, pero es una percepción un tanto engañosa al creer estar por encima de la consideración de nuestros oyentes... escuchadores en el mejor de los casos.
Uno no puede caminar pensando estar en lo cierto. Hay tantas realidades como personas y siempre se aprecia algo desde fuera como para creer poseer la verdad absoluta.
Por lo tanto invito a la reflexión, al abrir los oídos y los párpados para empaparse de lo que se nos dice. Que sea como un examen casi, para que cuando los demás interesados nos pregunten por un hecho este sea lo más objetivo y completo posible.
¿Cuántas ocasiones no hemos sentido en un mismo día que contábamos la misma historia? Pues no debería ser así. Somos los metres de nuestra imagen; cuidémosla como se merece. Ampliemos los datos, preguntemos al que nos preguntó con anterioridad para mantener la comunicación abierta y oxigenada. Es un error oír sin escuchar. Las personas debemos dejar de mirarnos el ombligo para dedicar tiempo a quien se lo merece.
En este aspecto queda latente el esfuerzo que ello supone, por eso no queda otra que ser selectivo. Uno no se muestra tal cual es de la misma manera con el profesor de la autoescuela que con el mejor amigo. Los problemas vienen en las relajaciones cuando descuidamos eso al creer que podemos camuflarnos bajo la máscara de la asepsia. Esa careta parecerá transigente, pero no lo es en absoluto.
Caer en este leve error es más grave de lo que parece. Puede acarrear desde complicaciones en el trabajo hasta las familiares. Y todo por no dar el brazo a torcer, por creernos los dueños y dioses del monte de clips. El epicentro de nuestra idílica casa de muñecas puede aparecer camuflado bajo una voz que diga: "ya tengo una edad y no voy a cambiar". ¿La gente cambia o no? Considero que sí puesto que la inercia propia de la vida te muta desde la piel hasta el pensamiento; todo. Pero no hay que escudarse en lo fácil, en la idea primitiva del "mi razón es la que cuenta". Aceptar errores es la manera más eficiente de intentar no volvernos a cometer. Estamos en continúo aprendizaje desde que se nace, así que habrá que aplicarlo de la mejor manera posible. No olvidemos dar las gracias por insignificante que sea el motivo, de intentar no juzgar en el primer vistazo y si es así esperar al menos el acierto y de no esperar nada de nadie para que lo que se otorgue te haga inmensamente rico en humildad. No hay que olvidar la realidad; uno es humano porque sabe relacionarse con los demás. Claro que existen esclavos y tiranos, pero han de buscar en su interior para saber lo que les ha llevado a su situación, aunque sensatamente no veo al tirano dudando de sí mismo. Venga el viento por donde venga hay que dejar la prepotencia a un lado, que pase de largo y bien de largo. Su estela no es beneficiosa en ningún aspecto. Los que se escondan tras ella conocerán tarde o temprano su insana repercusión... y puede que, por entonces, aunque sea casi al final del camino, aún estarán a tiempo de resarcirse.
En este aspecto queda latente el esfuerzo que ello supone, por eso no queda otra que ser selectivo. Uno no se muestra tal cual es de la misma manera con el profesor de la autoescuela que con el mejor amigo. Los problemas vienen en las relajaciones cuando descuidamos eso al creer que podemos camuflarnos bajo la máscara de la asepsia. Esa careta parecerá transigente, pero no lo es en absoluto.
Caer en este leve error es más grave de lo que parece. Puede acarrear desde complicaciones en el trabajo hasta las familiares. Y todo por no dar el brazo a torcer, por creernos los dueños y dioses del monte de clips. El epicentro de nuestra idílica casa de muñecas puede aparecer camuflado bajo una voz que diga: "ya tengo una edad y no voy a cambiar". ¿La gente cambia o no? Considero que sí puesto que la inercia propia de la vida te muta desde la piel hasta el pensamiento; todo. Pero no hay que escudarse en lo fácil, en la idea primitiva del "mi razón es la que cuenta". Aceptar errores es la manera más eficiente de intentar no volvernos a cometer. Estamos en continúo aprendizaje desde que se nace, así que habrá que aplicarlo de la mejor manera posible. No olvidemos dar las gracias por insignificante que sea el motivo, de intentar no juzgar en el primer vistazo y si es así esperar al menos el acierto y de no esperar nada de nadie para que lo que se otorgue te haga inmensamente rico en humildad. No hay que olvidar la realidad; uno es humano porque sabe relacionarse con los demás. Claro que existen esclavos y tiranos, pero han de buscar en su interior para saber lo que les ha llevado a su situación, aunque sensatamente no veo al tirano dudando de sí mismo. Venga el viento por donde venga hay que dejar la prepotencia a un lado, que pase de largo y bien de largo. Su estela no es beneficiosa en ningún aspecto. Los que se escondan tras ella conocerán tarde o temprano su insana repercusión... y puede que, por entonces, aunque sea casi al final del camino, aún estarán a tiempo de resarcirse.

