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viernes, 19 de febrero de 2016

Maraña

Hay algo en la gente, de un tiempo a esta parte, que me disgusta. Puede que la visión objetiva sobre el asunto esté distorsionada, es decir, un mea culpa. Pero de no ser así podemos estar peor de lo esperado. No estoy cuestionando el nivel de educación de los desconocidos con los que me cruzo, sino algo más profundo y dañino. ¿Estamos otorgando la mejor versión de nosotros mismos?
Desde luego hay un innegable caldo de cultivo para los iracundos. Lo veo en la manera de devolver las monedas en un cambio, lo aprecio en las prisas del empleado en abrir tu depósito del vehículo, lo siento en la impaciencia de algunos en saltarse las normas preestablecidas y lo sufro en las medias tintas de la sanidad pública.
Nada más lejos de ahí. Una colisión de miradas y malos gestos, una mala contestación, siempre a destiempo; una pérdida de principios colosal a coste cero.
En otras sociedades, cuando vienen mal dadas no solo se arrima el hombro, más bien aprenden a vivir con nada desde la cuna. Aquí no. Ahora, según dónde me encuentre parece prosperar la altivez de los improperios, la mala baba.
Por supuesto; siguen existiendo bellas personas allí donde la misantropía todavía es un mal sueño. Ancianos extraños y extrañados de que se haya perdido la costumbre de exhibir un pañuelo impoluto desde el bolsillo superior de la americana o mujeres impedidas sin dónde sentarse en el vagón sin nadie que se preste.
El desplante, ignominia y animadversión parecen estar a la última moda. La bondad kantiana, ahora más que nunca, se me antoja una utopía.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Lluvia y basura

Olía a petricor. Esa leve señal olorosa le transportó al pasado. Así eran las reminiscencias. Cuando en los otoños no paraba de jarrear y la ‘boina’ contaminante y contaminada no estaba ni inventada, si acaso.
La hojarasca seca sobre el suelo de los parques en esa hora de la tarde donde los chavales ya se habían comido su merienda y permanecían tranquilos en los cálidos hogares, viendo un programa infantil en la televisión. Eso se extinguió hacía demasiado.
Del espacio antes descrito solo quedaban dos protagonistas: las hojas caídas en la acera y los barrenderos o jardineros encargados de ellas.
Sí. Lo admito. Los barrenderos han salido de la chistera porque no estaban desde un principio. Es cierto, pero vienen a colación porque son figuras tiempo ha para mí estaban desprestigiadas y ahora los miro con bastante respeto; no solo porque algunos madrugan, cobran y sobreviven mejor que muchos otros empleados públicos, sino (y aquí incluyo a los basureros a su vez) son los dueños de la calle en deshoras.
Unos con sus cascos MP3 y otros tarareando o silbando una simple melodía a las siete y media de la mañana. ¿Acaso se puede dar mejor predisposición para afrontar el día? Algunos iban un poco mal arreglados con la ropa amarilla nuclear fosforescente por fuera del pantalón de tanto agacharse. Los había mal peinados con una coleta con más calva que pelo y, sin embargo, también se veían los que el uniforme con líneas reflectantes les quedaba como un guante, el frac perfecto para barrer, recoger y rastrillar. Todos pendientes de los restos orgánicos de los árboles y algún que otro animal, todos al tanto para crear un ejemplo evanescente de la limpieza y el orden de toda urbe donde al día siguiente, a la misma hora, volvería a estar casi igual de sucio; aquí y allá, bajo los vehículos y sobre ellos, en las bocas de las alcantarillas y alrededor de los contenedores residuales cual maldición de Prometeo. Medio policías de lo impoluto y mendigos entre sus sombras.
Con un olor y no un hedor. Con esto comenzaba este texto. Sin limpieza y sin lluvia es complicado captar el petricor, pero cuando aparezca, reténganlo en la pituitaria de su nariz todo lo posible. Ya que hay innumerables factores externos para acompañar a semejante aroma ancestral. Esos pequeños detalles nimios pueden llegar a configurar toda una memoria a largo plazo. No lo subestimen. Detrás de un simple recuerdo puede haber semioculto mucho más.

viernes, 5 de junio de 2015

Paisanaje

Estoy en la zona de los andenes de la estación de Atocha. De pronto los altavoces impiden que me comunique adecuadamente. Las voces de los narradores de vías no se detienen... primero uno indicando la trayectoria (sí, como un misil o bala) que tendrá el tren, luego otro distinto a escasos metros más a la izquierda o derecha.
De pronto, cuando se callan por un instante las voces chirriantes y repelentes en su estruendo, me da por pensar que es como si estuviéramos en una especie de campo de concentración: Tanto hormigón, tanta columna, tantos seres de un lado a otro, casi escondidos como desprovistos entre esa mal nube de desconocidos ahora que en verano se muestra más la carne. La claridad del sol nunca termina de alumbrar del todo el espacio y confiere más sombras que luces. La estación, mi estación, hoy se me hinca profundo.
Nadie nos retiene allí.
La comparación es odiosa y pretenciosa, teñida, no obstante, de dosis descontroladas de subjetivismo.
Quien más y quien menos, se encuentran encerrados sin saberlo. Manejando Facebook y Twitter a destajo. Otros muchos wasapean. Llevan el teléfono entre sus dedos (nunca en las manos. Los más espabilados escriben con agilidad. De ahí que me dé la sensación de que, cualquier día, se caerá contra el suelo y solo se dañará la pantalla en el mejor de los casos). Se comunican con sus conocidos, amistades, novios, esposas, amantes, compañeros de trabajo... mirando fijamente ese cristal opaco, quebrantable y frío. Sonríen frente al espejo oscuro. Ilusionados gracias a la información que trasmite una pantalla más poderosa que la propia televisión.
Algunos van ensimismados colocándose los cascos y van escuchando música ligera, porque sí, porque les da por ahí (como diría Pereza).
En seguida, reparo en alguien que se ‘sale’ de lo habitual. Camina con la vista perdida, manos en los bolsillos y entre sus labios sostiene con fiereza una ramita de palulú. Corpulento y con una calva bien llevada parece tener las ideas ancladas en la zona gris de su cerebro. A pesar de la imagen hostil que con seguridad os estéis planteando y de las tres cabezas que me saca, no temo por mi integridad.
No es ningún pueblerino, como la pareja de chicas jóvenes y madrileñas que hablaban acerca de los cortes en la línea 10 de metro. ‘Será por las ratas’ dice una mientras la otra asiente.  ‘Alguien se ha arrojado’. Eso es lo que pienso cuando los altavoces indican que por circunstancias externas a Metro o Renfe se han visto obligados a cerrar un tramo de vía.
El hombre del fragmento de regaliz en la boca va ataviado una cazadora verde apagado, casi por el desgaste. Quién puede ir así con el calor que hace. Le observo sin tapujos ( a veces olvidando que mis apuntes mentales podrían ofender a quien se sienta tan espiado). ¿Es eso lo que busca? ¿Una expiación? Aunque no le veo siendo causa y motivo de que el ferrocarril pegue el frenazo en balde.
De ratas, hombres e irrealidades. De eso iba esto.

martes, 19 de mayo de 2015

Un centro comercial zombi

El Opción, en Alcorcón, permanece cerrado. Las cámaras de seguridad estarán apagadas, e incluso desinstaladas, enfocando la nada. La sala o garita del vigilante será un espacio vacío y cerrado, a cal y canto, donde las pelusas se amontonan empujadas por una corriente de aire procedente de a saber dónde. El aparcamiento subterráneo sigue deshabitado. Los gorriones y, sobre todo, las golondrinas se han adueñado de ese espacio donde no hay ningún vehículo. El suelo debe mostrar restos de residuos que el viento ha alojado allí. Habrá bolsas, restos de hojas, colillas acompañadas por el siempre primaveral canto de las aves y su, aquí solemne, eco.
Afuera, la dinámica es similar. Los eucaliptus (menuda elección escoger un árbol tan dañino y salvaje) ya ocultan el cartel publicitario con el nombre del centro comercial.
En el propio interior del espacio desangelado las tiendas seguirán con los cierres metálicos bajados impidiendo que algún mendigo o majadero intente merodear por allí. Lo único que seguirá en uso aún operativo, quizá, sea el sistema electrónico del cierre de las puertas que dan acceso al recinto. Los ascensores continúan abandonados y quietos hasta el resto de los restos o hasta que su propietario derribe el edificio o lo empleé en otros menesteres. Los imagino en la planta baja; ese es el único lugar donde se me ocurriría dejar a un ascensor en desuso.
La pantalla de los cines, a estas alturas, deben de soportar una buena pátina de polvo, como sus butacas. Aunque es una contradicción enorme puesto que el polvo es un 80 % de piel humana, y allí, en principio, no queda nadie. ¿De dónde ese deterioro si no hay nada más mágico que cualquiera de esas salas?
El gimnasio se habrá quedado diáfano. Las máquinas de musculación se venderían al mejor postor. No quiero pensar que siguen todavía dentro... la sala de espejos, la sauna y el baño turco realizando no su función si no la disfunción, lo etéreo.
Las cañerías de los baños sufrirán el deterioro por la ausencia del uso común.
Y algún ruido resquebrajará el lapidario silencio que habita. Una calma inquietante, pero solo para quien haga una visita por él, de cuando en cuando. A veces será el aire, otras un crujido de vigas y aleaciones producido por la diferencia térmica estacional (ahora que se acerca el verano).
Un edificio que soporta el paso de los días. Muestra casi la misma apariencia que cuando lo inauguraron. Es lo que conlleva el capitalismo, capaz de ahuecar una naranja y que parezca intacta a los ojos de los que miran.

martes, 23 de julio de 2013

Inserción laboral

En el curso los siete alumnos tomaban apuntes como posesos. Si hubieran llegado a imaginar que Leopoldo, el profesor, les iba a regalar la segunda prueba eliminatoria para acceder al puesto de trabajo por el que luchaban, no se lo hubieran tomado tan a pecho; eso seguro. Pero ahí estaban escribiendo datos bursátiles sin tener mucha idea de ello, como si eso fuera a hacerles la vida más fácil y llevadera. De cuando en cuando Leopoldo soltaba una frase actual para levantarles el ánimo. Era como la carnaza para los tiburones. "Ya no estamos en crisis. Ahora es una evolución. Adáptense". Alguno se quedaba pensativo por unos instantes con el móvil en la mano... probablemente con el wassap encendido.
"Ya lo decíamos en el año 95 en los colegios que una licenciatura no te garantizaba el trabajo". Todos seguían copiando las diapositivas intentando subsanar el mensaje dañino y de cruda realidad que vendía el profesor de marketing internacional.
Afuera el cielo se encapotaba. Las nubes cogían cada vez más densidad; parecían replegarse sobre sí mismas. Pronto caería una tormenta de verano. Con su agua turbia por la continencia de tierra y sus numerosos refusilos amenazantes, una tempestad eléctrica y casi seca.
El proyector emitía una luz azul constante y nítida sobre una pizarra blanca descuidada por el paso del tiempo y por el mal uso que habían hecho de ella. Tenía manchas muy visibles de haberse rozado con algún objeto pesado o de haberla intentado cambiar de lugar. La vida de las pizarras siempre me ha parecido un auténtico misterio. Con todo lo que muestran nadie sabe a dónde van cuando nadie las necesita. Se supone que al vertedero claro, como todo, puesto que jamás se ha visto una en algún punto limpio, por ejemplo. Alguien podría reutilizarlas, tal vez, en fragmentos. Digo las pizarras que estaban hechas de pizarra no las que son de plástico sin apenas grosor. La cultura siempre se debe abrir paso.
Dentro de clase hacía calor. El aire acondicionado no era suficiente a no ser que te sentaras justo debajo de la ventilación. Leopoldo, a pesar de contar con setenta y siete años de edad era un hombre con una mente avanzada para su tiempo y hacía chanzas de vez en cuando, fuera de clase, fuera del mercado. En los cinco días que duraron sus explicaciones intentó explicar conceptos prácticos para cuando saliéramos a las empresas que nos fueran útiles.
Una de las últimas frases suyas  fue que hace mucho te daban una pala y un lápiz antes de ir a la escuela y te preguntaban "¿Qué pesa más?" A raíz de eso uno escogía, se supone, estudiar. En fin son historias antiguas.
Al final, los exámenes se hicieron y nadie pensó que Leopoldo les echaría la mano que ahí fuera no serviría de mucho. Se portó bien, pero el mercado no es así ni mucho menos.
Hoy en día no hubiera bastado con coger el lápiz y la pala a la vez sin tener que escoger... "traiga los dos pa´ca". Quizá estemos ante una evolución porque la historia es cíclica, pero ¿dónde está el final del agujero? Lo malo al caerse uno es desconocer cuándo notará el impacto con el suelo.

viernes, 22 de febrero de 2013

Bilbao

Íbamos a vender con la casa por mochila, es decir, con la furgoneta preparada para dormir los dos. Mi padre y yo. Cuando llegamos a esta esperada ciudad algo no me acabó de encajar. Era una tarde oscura y gris; de esas donde al mirar las nubes pronostican más casi un tornado que una tormenta. Estaban apelmazadas como si en vez de agua transportaran tornillos y clavos. Su aspecto algodonado y denso parecía ser la máscara que siempre cubría en invierno el cielo de Bilbao.
En aquellos tiempos ETA todavía estaba activa y un comercial con su hijo se adentraban en el corazón geográfico del conflicto nacionalista vasco más extremo. Tuve respeto y quizá miedo. No encuentro otras palabras a cómo me sentí aquella tarde de niño por aquellas calles de silencio y donde los árboles de los parques donde jugaban los niños sufrían de cierto beriberi por la contaminación de una ciudad con pasado y presente metalúrgico e industrial.
El Nervión segmentaba la ciudad, al menos unos distritos, y pude comprobar, hasta donde alcanzaron mis ojos, que el agua del río se perdía por unas cloacas bajo la urbe. Me acordé de Venecía, que no he estado y de Londres, que por aquellos entonces tampoco y me percaté de la apariencia cosmopolita de lo que andaba contemplando.
Al caer la noche el vecindario se recogió como suele suceder en esa época del año en cualquier ciudad española y del mundo, pero nuestros estómagos rugían de hambre tras la jornada laboral. Así que fuimos a pedir un bocadillo en el primer bar que viésemos, y así hicimos. La desilusión fue amplia puesto que lo primero que busca un viajero es una sonrisa o un trato mediánamente amable... en este caso ausencia de las dos acciones. Para colmo se sorprendieron de que pidiésemos un bocadillo y añadieron que podían ponernos garbanzos entre pan y pan.
Salimos anodados de allí y pensando que había sido una broma nos fuimos a otro. Cuál fue nuestra sorpresa que más de lo mismo. En esta ocasión la camarera si parecía simpática, pero nos ofrecían pulgas, que son bocadillos que entran en una muela de las cuatro que hay en la boca sin disponer de las del juicio.
Sonreímos cortésmente y salimos de allí también. Tras ir a un tercer bar de mucha banderita y personaje siniestro, seguramente ebrio, (cuando uno lo necesita  es cuando toman el revelo las farmacias y los estancos, sin encontrar lo que realmente se busca), nos desengañamos por última vez. Así que accedimos a las pulgas: "Pónganos tres o cuatro a cada uno; bueno no, mejor saque la bandeja". Y allí estuvimos cenando en la barra de un bar más pequeño que grande rodeados del paisanaje que nos miraba con bastante indiferencia. A ver si ahora se iban a acostumbrar a ver cenar un bocadillo. Ciudades y su encanto. Todas deberían ser igual de hospitalarias.

jueves, 7 de febrero de 2013

El alcohólico

Érase una vez un hombre sin nombre, pero con una yonquilata en la mano. Se sube al tren que va de Fuenlabrada hasta Móstoles. Dudo que haya pagado el ticket puesto que ese presupuesto también podría estar predestinado a derrocharlo en bebida. Quizá haya sido un tanto descuidado al definirlo como derroche, ya que él parece feliz y contenido, como si la vida le fuera en cada pequeño sorbo.
Y quién puede presumir más en esos lares de disfrutar al máximo cada trago que un borracho. ¿Acaso hay alguien más libre y esclavo a la vez de quien se abandona a su hedonismo?
Aunque el desconocido estaba bastante despejado y despierto como para adentrarse en la oscuridad de los que se juegan todo a un líquido etílico, se le notaba su predilección por la cerveza en el modo de sujetar la lata, apenas con resistencia y mucho esmero, como si no quisiera que se le cayera el suelo del vagón. También en cada sorbo, de poca cantidad, pero muy prolongado. Estiraba el gesto en la acción colocando los labios suavemente sobre el borde metálico; como diciendo «No te me acabes nunca por Baco».
De constitución bien formada y con ello refiero que era alto y ancho de espaldas, pero la indumentaria le delataba al ir mal combinado, por ejemplo con zapatillas de deporte blancas y vaquero subido demasiado a la cintura y aprisionado por un cinturón, aunque en él parecía correa. O su peinado que consistía en ir muy mojado y con las rayas del peine muy remarcadas. Gomina o aceite con sudor hacían bien su labor, paracer lo que era.
De pronto los de seguridad se suben al tren con nosotros. Por un momento se pronostica lo peor, que le echen al hombre por beber en ese sitio; por otro lado no hay ley que lo prohiba y así sucede. Los dos armarios pasan delante de la lata adherida a una mano conocida y no hacen nada, ni deberían hacerlo. Hace años que la Ley de vagos y maleantes dejó de ponerse en práctica. Con ella, ese desconocido no habría subido con la altanería mostrada... yonquilata en mano dispuesto a beberse el mundo.
A una anciana que pasaba por su lado se le cae el bolso y este se posa sobre su calzado blanco impoluto. Indico "posar" porque la acción no hace ni ruido. Entonces este se agacha, encorva toda la espalda para recoger con sus manos huesudas, unas garras como de rapaz, lo perteneciente a la señora mayor.
Es este momento donde el narrador del texto que aprecian es cuando recapacita; piensa que juzgar a simple vista es fiable a un 50% y que caer en ello es un tanto mediocre. De todos modos no se espera uno que el "malo" haga bien y por eso le dedico el escrito. Siempre será más fácil acusar de ladrón a alguien así antes que a otra persona que vaya vestida de traje y corbata. Uno podría optar al bolso, otro a una deuda impagada a saldo preferente.
Cuando el convoy llegó a Atocha el protagonista tiró su lata en las papeleras habilitadas para ello. Definitivamente los que viven al margen pueden marcar las distancias; sobre todo si son un ejemplo a seguir por su conducta, aunque, a priori, parezcan seres descarriados.
 

jueves, 20 de diciembre de 2012

El desconocido

Y entramos a la tienda una vez más motivados por el gusanillo del hambre sin saciar o qué se yo. Aquel lugar era tremendamente atractivo. Para empezar disponía de numerosas cajas repletas de colores vistosos para atraer a los más pequeños y a los que ya no lo somos tantos. Se podría llegar a afirmar que estábamos ante comida, pero no me atrevería a decir que era vianda, sino más bien patatas, gusanitos y demás congratulaciones entre grasas tansgénicas.
A decir verdad, era un lugar único y exclusivo para el consumo de alimentos hipercalóricos tal y como podía ser una pizzería o un Burguer King, pero este sitio tenía una cualidad tremenda. Por todo el local se apreciaba un olor delicioso, que como el espacio era reducido se distribuía mejor el aroma a pan recien horneado. Bueno, para ser sincero no sé si denominar pan a esas barras precocidas que descarga un camión empaquetadas por el cartón que las conserva.  Digamos que de no serlo también está bueno. Y no sabría decir el motivo de por qué al oler este producto en el horno me invade una sensación de bienestar como la del café recién hecho y eso que yo no lo bebo.
Además, me percaté de que las cajas estaban fuera de su posición normal en la  estanteria. Estaban como sacadas hacia fuera respetando una especie de orden minucioso y enfocado a la venta. Este hecho resultaba enigmático ya que sugería que todo: color, aroma y productos te envolvían por doquier. También predominaba en el ambiente cierto toque a dulce proveniente de la bollería que había en lo que se conoce en el negocio como corner o pequeña estanteria.
Mientras tanto nosotros allí, esperando que saliera alguien a antendernos. No esperamos mucho cuando un hombre de nacionalidad española (digo esto porque es raro encontrar supervivientes en estas tiendas) se levanta de un pequeño taburete como sin ganas de trabajar aquella tarde-noche de junio. Él iba sin afeitar con una barba negra de pirata que sufre una profunda pérdida de higiene, moreno de ojos y de piel. Mientras nos habla observo que arrastra de una forma desigual su brazo derecho. Tiene una deformidad, pero esta no le impide manejarla a su antojo y coger lo que se le pida sin problemas, "se ha adaptado correctamente" pienso. Pero la verdad es que lo más extraño estaba por llegar. De nuevo nos regala una barra de pan y un refresco. Da la sensación de que el dependiente está tirando la casa por la ventana y poco o casi nada le importa ya el negocio. Meses más tarde mis predicciones se cumplieron y en el sitio donde estaba esa tienda ya habían levantado otra completamente distinta y sin ninguna relación con la alimentación. Así que el hombre lo que estaba haciendo era regalar lo poco que le quedaba sin importarle apenas. Como ven las similitudes con la política actual son inexistentes en cuanto a caridad. El dependiente que parecia incluso siniestro resultó ser todo lo contrario. De ahí el que hable de política donde nada es lo que parece. A veces en los lugares más insospechados uno encuentra algo de lo que merezca la pena escribir. Desde entonces siempre que paseo por esa calle no puedo evitar recordar a aquel hombre, el aroma, su mano, la distribución minuciosa de lo que vendía y pienso que puede haber encontrado otro trabajo y que soporte la competitividad de lo que significa estar unos frente a otros, en vez de en una única dirección.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Retratos de soportal

Esto no es un blues de la escalera, pero casi. Lejos de ser una declaración de principios es más una intención de clarificar valores. Tras la mudanza, aunque decir mudanza sea quizá excesivo, me instalé en una nueva comunidad de vecinos de un barrio en la zona sur de Madrid, de mi Madrid, aunque creo que no lo quiero tanto como Joaquín Sabina. Al fin y al cabo es una ciudad como tantas otras. Así que vine a esta microsociedad con muchas expectativas de futuro y creo que estas son las que mueven el mundo. Pero él trasciende desde la puerta de casa hacía fuera porque lo que se cuece dentro se lo traga el silencio, el devenir de los días, y las buenas frases de portal o descansillo. En el interior se suceden las vidas en los espacios. Hay broncas y risotadas, portazos, pisotones, cerrojazos y ladridos, sobre todo ladridos, porque hay personas que se pueden permitir el lujo de convivir con animales robándose hábitat el uno al otro, me estoy refiriendo a razas de gran tamaño no a simples gatos y pekineses. O de ser animales en sí mismos porque no atienden a razones y van por libre cuando esa independencia es más nociva que productiva.
Luego tienden la ropa en las cuerdas flotantes a lo Spiderman y no te marees y exponen lo innecesario de lo necesario porque en una comunidad se debe saber todo y si no es así, tranquilos, que acabará por salir a la luz. Que alguien vea tu ropa interior se convierte en un caso Watergate, solo que, seguramente no le importe a nadie, o a un ratio de curiosos reducido.
Al final y sin saber cómo todos acaban por identificar al borracho, al parado, a la dulce ama de casa, a la afligida, al feliz padre de familia y al incansable deportista. El rol acaba por inmiscuirse por encima de la placa que aparece en un buzón. Los gestos son tu propaganda sin saber que tenías que estar en un “mercado” social. Aquí se compran y se venden cotilleos y puntos de vista que son tan objetivos como subjetivos con lo cual importan poco o nada, pero ya estás en su interior.
Luego también está la plaza de aparcamiento. Los hay que ocupan dos espacios y creen conducir en barcos y se dan, también, los que abren sus puertas y no les importa arañar la pintura del de al lado o llevársela consigo si hace falta.
Tampoco digo que sea un vecindario como lo retrató Alex de la Iglesia en La Comunidad, pero uno ve sus principios en juego cuando entra a formar parte de algo global, sea lo que sea esa configuración filantrópica puede verse mermada por el contexto que refiero.
No hay fórmula para mejorar esto. Tal vez haya que mostrar todos más respeto y más intimidad. El hecho de estar colmenizados no significa olvidar lo que somos. Seres humanos que buscan su espacio, que se resguardan en su zona y por ello no son ni mejor ni peor. El juzgar está de más. La sinceridad, en algunas ocasiones, solo es una verdad impertinente.



jueves, 6 de septiembre de 2012

David, a secas

No es uno de tantos, y como tal tampoco aparece en la Wikipedia ni en Internet. Este hecho significa que hay que tratar cara a cara con estas personas para generar un intercambio cultural o una simple relación de compra y venta.
A veces, uno no sabe muy bien dónde está el truco para que se lancen a hablar en tu idioma, pero en las ocasiones que, de cuando en cuando, se dan se puede aprender siempre algo de esa persona. Por joven que parezca y también por anciano el que no te abre una puerta el otro te la cierra.
No estoy diciendo que con cuatro veces que se hable con ellos uno ya sea un samurai experimentado, porque, entre otros factores, ellos tampoco lo son. Simplemente quiero destacar el plano humano.
David, eligió abrir un comercio de alimentación en municipio y aunque parezca insignificante lo primero que hizo fue “adoptar”, por así decirlo, un nombre para el que referirse en español. Un detalle que otras culturas que nos visitan no hacen ni creo que se les pase por la cabeza. Cada cual es cada uno decían. Además de alejarse, lógicamente de su familia. Este hecho a algunos les agria el carácter mientras que a otros permanecen superficialmente indolentes, como es el caso.
Para más inri decidió levantar el negocio sobre la sombra de un DÍA que acabó por tener las horas contadas.
Y no es que las ventas le vayan bien, pero el sigue acudiendo cada mañana a su cita con la rutina, siempre atento, siempre con una sonrisa en la boca. Recuerda, tal vez, a las aldeas africanas cuando viven de la producción de su lago y cuando se enteran de que se les está secando continúan sonriendo, porque es lo único que poseen y no saben desarrollar otras vías posibles. Siempre hacia delante ¿acaso hay más direcciones?
También ha cambiado el horario tras hacer su particular análisis de mercado. Ya no convenía abrir a las nueve con hacerlo a las diez en una localidad que cuenta ya con un AhorraMás basta y da de sobra.
Para el ahorro energético no le ha quedado otra que apagar medio local y dejar con las luces puestas el otro medio. Pero si necesitas algo de allí con pedirle que presione el interrumptor vale… eso sí, con una sonrisa puesta.
Fuentes más duchas en el negocio afirman que lo que necesita David es pasarse a los bazares. Comprando un espacio dicen que es fácil el ser financiado por un amigo chino, que son como tus banqueros personales y a los que se debe de pagar a año vencido porque de no ser así correrá toda la mala suerte de su lado y los chinos son muy supersticiosos en el fondo, los de verdad, los que vienen a producir y no a derrochar. Así que ellos te llenan el local y tú te encargas de pagarlo en un plazo de seis meses por ejemplo pero antes de que venza el año chino.
Gente como David, sin pedirlo, te explica que no tiene tabletas de chocolate porque se le derriten por el calor y no hay modo de venderlas. Por eso en verano es difícil satisfacer el antojo por esta causa. Eso sí comprometiéndose a que ya más adelante traerá más. Curiosamente de almendras si quedaban.
Podría seguir hablando de él, pero como le toca salir a la parte negativa, prefiero dejarles con la duda de cómo sería el retrato completo. Porque todo superviviente merece ser descrito. Sin más.





miércoles, 30 de mayo de 2012

Primeras impresiones sobre Jesús Ayuso

Llega a la entrevista puntual, por concretar más, un minuto después de que se cerrara la puerta del bar La Concha tras de mí en la calle San Bernardo. Con una camisa de manga corta de cuadros y un pantalón oscuro no aparenta, en absoluto (aquí otros dirían el “para nada”), los setenta y un años que tiene. Posee esa figura fina de los hombres que han vivido mucho tiempo cerca del mar, pero en este caso él es de Moratilla de los Meleros (Guadalajara), donde el único agua que debe haber es la que ordinariamente sale por el grifo y quizá la de alguna fuente como adorno.
En seguida uno se puede percatar de que Jesús Ayuso, librero de profesión, posee un don de palabra privilegiado para informar, entretener y llevar, casi a quien se proponga, a su terreno. Afirma, además, que su mayor logro es estar todavía en sus cabalas, es decir, disponer de una memoria bastante buena y bien ordenada (dicha cualidad es sumamente difícil de adquirir, puesto que puede ser un indicio de gran capacidad sensorial según se ha ido comprobando que la mente ha permanecido inalterada por el trascendente paso del tiempo).
Lo más curioso es que lejos del mundo de los libros, él lleva otro en la mano lo que puede indicar que lo que es trabajo también es afición. Su discurso gira de manera extraordinaria, única y exclusivamente, sobre este hecho, el de escribir, el de los escritores y editores, el de antiguos compañeros de profesión, mayo del 68, el de cómo pasó libros prohibidos del extranjero a aquí sin que lo represaran ni juzgaran. De más historias que ya aparecen en alguna que otra entrevista de Internet, pero que carecen de la visualización de la emisión de unas palabras, de las arrugas desarrollando gestos cordiales y orgullosos de haberse sentido ganador en algunas ocasiones y quizá también perdedor o menos vencedor en otras. Y aunque él mismo diga, falsamente, por cierto, que está desactualizado; sabe desenvolverse con bastante acierto en temas como el caso Bankia o el tirón de orejas a Facebook nada más salir en bolsa.
Luego sabe que se ha consumido todo el tiempo y que el encuentro ha llegado a su cenit. Se despide con un sostenido estrechamiento de mano. Con paso firme y decido se aleja entre la muchedumbre.



jueves, 16 de junio de 2011

Comercio japonés (y chino)

El despunte hacia el suelo de los japoneses es una realidad tan dura como la vida misma. Si ese tipo de comercio ya no vende, es para echarse a temblar.
Algunos de ellos vienen de sus países creyéndose capaces de levantar un negocio que está a la baja, como casi todo en España… y se dan de morros contra la puerta automática de la insatisfacción y complejidad. ¡Pum!
Existen los que ya traen un cochazo y la camisa recién sacada de la tintorería; los hechos partiendo de esas bases siempre son más factibles y alcanzables.
Éstos son los peores, los que han comprobado en su epidermis que la crisis es inevitable hasta para una sociedad tan disciplinada como la suya (algunos ya no lo son tanto, echan el cierre a las diez de la noche y lo abren a las diez y media de la mañana). Creyéndose superiores a los ciudadanos autóctonos hacen chistes y bromas que sólo entienden ellos o aún peor se ríen en tus propias narices como si aquello que se les cuenta estuviera dentro de un contexto estival o de festejo.
Los hay menos mejores, que se han españolizado tanto que han cultivado, para mí que sin pretenderlo, un aroma corporal importado: se dejan barba, cambian la cultura culinaria (son muy pocos en estos casos) y engordan, no se cortan las uñas, mascan goma de mascar, que no chicle; todo ello dentro de unos círculos sociales y laborales muy herméticos. Y así, sus negocios no podrán disponer de una cuenta medianamente holgada. Porque el japonés en sí es más avaro de lo que nos podemos llegar a imaginar.
Luego están los que parecen contar con cierto sentido común y una educación excelente. Éstos son capaces de entablar buenas conversaciones y, no siempre, dejan transmitir algo positivo de su cultura.
Comoquiera que fuera, bien es cierto, que disponen de una voluntad admirable para llevar sus negocios sea del modo que sea y cuentan con unas facultades fuera de lo común como cobrar una caja, mientras observan un catálogo, a la par que se saben todos sus precios, devuelven bien el cambio y encima te informan de si lo que muestras es caro, barato, merece o no la pena…
Están hechos de otra materia. De una muy especial para que rehúyan del placer de degustar un buen jamón, queso o chorizo.

martes, 29 de marzo de 2011

Navacerrada y alrrededores

El distrito de Navacerrada es un páramo tan gélido como acogedor. El pueblo en sí está formado por una serie de casas bastante amplias, en las que, contradictoriamente, la pizarra no se ve mucho por los tejados y en las que el alquitrán de las carreteras, en algunos tramos, está bastante deteriorado por las bajas temperaturas y el paso del tiempo. Su plaza principal poco tiene que envidiar a la de Rascafría. Las parcelas son bastante grandes, y las viviendas van al unísono. El pueblo en sí, tiene su encanto: la plaza de toros, el casco antiguo con su Casa de la Cultura, calles empedradas, bares y zonas de ocio donde, aunque la edad de los asistentes sea más elevada de lo habitual en un pub concéntrico no le quita el buen ambiente.

El Torreón

El hotel El Torreón, situado en la calle La Tejera, nº 16 es un lugar de descanso idóneo. Hernán C., su dueño, recomienda que la mejor ruta de senderismo en la zona es La Cuerda de las Cabrillas (por la Senda Ortiz): “Es la que mejor vistas tiene y está cerca de donde se alojaba la selección española de baloncesto”, informa. Tal vez, no le falte razón, ya que las vistas merecen la pena. La senda comienza detrás del hotel La Barranca. Tras un edificio abandonado la calzada continúa siendo estrecho y las vacas pastan casi sobre él. Una vez dentro de la senda, los caminantes van ascendiendo el monte bajo la tirolina De pino a pino. Por entonces ya se habrá visto las dos figuras (un hombre y una mujer) realizadas en hierro del Parque de Las Vueltas En la subida, un arroyo quedará a la derecha, que se irá conteniendo en una serie de embalses que formarán un espejo del paisaje. Un emplazamiento, por lo descrito, que merece la pena visitar.

Rascafría

En esta localidad hay tres reclamos turísticos a cuál más significativo. El primero es el Monasterio de El Paular, con un paseo asfaltado colindante. Una construcción edificada a finales de siglo XIV por orden de Enrique II de Trastamara como resarcimiento moral por haber quemado un convento de esa orden. Otro son las piscinas naturales Las Presillas en la misma M-604, frente a la abadía y más adelante, apenas un kilómetro si se sigue por la avenida, se encuentra el Obrador de Chocolate Natural un curioso reclamo turístico como puede ser el dulce. Ahí se vende ese producto elaborado artesanalmente, con sabores como el del café, piña, frambuesa, plátano y demás sin las perjudiciales grasas transgénicas o aceite de palma en su confección.

sábado, 9 de octubre de 2010

Solteros y solteras

Guy de Maupassant llevaba la lección aprendida y así lo transmitía: Los solteros son los mendigos del cariño. Van de casa en casa cobijándose al calor de la calefacción en invierno y a la brisa fresca en verano. Amenizan las reuniones con su retahíla de chistes, historias y nuevas buenas. Nunca excediéndose en los tratos para evitar caer en aborrecimiento y no perdiendo de vista la puerta por la que entraron; no vaya a ser que…
El silencioso siempre tendrá algo con lo que romper la rutina; mientras que el dicharachero aburrirá desde los primeros minutos.
Comedidos, educados, respetables… Saben conceder los mejores apretones de manos y las sonrisas más cálidas. De estar en medio de un conflicto armado serían los mejores compañeros de trinchera… por lo que ofrecen y por lo que ya no tienen qué perder.
La mayoría, si no se han dejado arrastrar por la desidia, el demérito o porque alguna situación les ha colocado de cara a la pared, suelen ser competitivos y siempre se muestran seguros de sí mismos. Ellas son las amantes prohibidas del compañero felizmente casado o, cuando menos, su escondida fantasía. Los cuellos suaves donde el perfume femenino encuentra la esencia en sí misma.
Sus herramientas son más sencillas de lo que la publicidad se empeña en definir. El café es uno de los mayores premios y placeres de estos ligeros transeúntes. El roce reconfortante del vaso o la taza repleta de esta semilla sola o con leche, sobre la palma, les reporta las energías necesarias para poner punto y final a su alto en el camino y seguir la marcha hasta otro portal con pinta sombría, por mucha luz que tenga, u otro timbre donde se les recibirá con los brazos abiertos tras apretar un solo botón.
Otro tesoro es el cigarro o pitillo. A veces, uno entre tantos, sienta tan bien como el humo más vistoso de la victoria. Sabe distinto. Como la primera calada pero sin el mareo posterior. El premio a una buena noche… sin más complicaciones. El punto y aparte entre los albas y su amanecer.
Solteros y solteras son gente con don de palabra, pero estrechamente vinculados a un modo de vida basado en hechos… como cualquier pareja común. Sólo que ellos (algunos) ya vienen de vuelta.
Unos adulan en exceso mientras las otras pecan de individualistas. Hormas en búsqueda de un zapato o, simplemente, improvisan porque el mapa del itinerario hace ya tiempo que dejó de mostrar escalas.

martes, 10 de agosto de 2010

Inhiesto

Estuve absorto durante la acción; creyendo no ser visto. Tiré cascotes tras los contenedores de basura y luego fui a esconderlos dentro de una parra situada en el suelo. Toda urbanización debería contar con un punto limpio.
No me fijé pero allí estaba uno de los árboles con más rectitud en derredor y, sin embargo, no de los más altos. Cuando florece con esos colores blancos en racimo mezclados con el verde de las hojas es para detenerse y observarlo un instante.
Tiene gracia, pero, seguramente, no sería tan bello si aquel abuelo no le hubiera injertado con una garrota de hierro. El tronco amenazaba con doblarse para siempre condenado a caer por el propio peso hasta que Rafael, en uno de sus largos descansos sentado en la carretilla con el bailoteo del cigarrillo entre los labios, vio que le hacía falta un buen apoyo sobre ese codo de la madera, que parecía ser su liquidación. Desconozco lo que tardó en dar con ello, ni de dónde lo sacó, pero viendo la obra de arte orgánica lo mejoró con creces. De hecho el árbol, de dejarse caer tanto en su muleta, ha absorbido el metal como si de algo natural de tratase, cubriendo la artificial i griega.
Quizás le ayudara el vecino militar a apontocarlo. Probablemente porque el anciano apenas era más de un metro y poco de persona y porque, en ciertas ocasiones, les vi charlar animosamente y luego, un día, salió en busca del nieto mientras estaba arrojando basura al contenedor para darle sus condolencias por el final del artista de Eje con dos troncos.
Un antiguo soldado, con su temperamento de bañista bajo sombrilla por el aguacero, que regañó a los chiquillos del vecindario por lanzar con el tirachinas a las farolas, porque lo pagaban todos de su bolsillo (llevaba razón, pero éramos niños) y que he sorprendido hoy entre el quicio de una ventana expiándome. Creo que es porque su mujer le ha chivado lo de los escombros. El árbol cada día parece estar más alto con sus ramas verticales, cuya meta parece ser la de arañar las nubes. El gancho oxidado sigue infundiendo vida.

miércoles, 28 de julio de 2010

Moldeador de imágenes

No es un trabajador de gran diligencia, sin duda; pero en las distancias cortas uno se percata de que tiene buena formación como dibujante. La crisis le llegó antes y despidió a la secretaria, una joven morena y moderna, que complementaba la labor de citar a los clientes sirviendo copas en un pub céntrico de Fuenlabrada. Siempre pensé que esa decisión pudo emanar primariamente desde la profesora con la que está casado Juan, que así se llama el creador de los tres tatuajes que tengo.
Como no le lleves un dibujo hecho y pensado te empieza a marear la perdiz para disuadirte. La mayor cualidad que posee, la muestra sin tapujos y siempre con la idea de mejorar, destacar y adaptar el dibujo del demandante. Como tal la sufrí y me empujó a tomar decisiones que se reflejarían en la piel de por vida. Así pensó que una eme del brazo podía ser una uve doble girándola, un lagrimal estaba mejor sin tatuar y con el cuervo… con el pájaro no aportó nada. Creo que decidió no implicarse porque no le gustó. Por eso decidí que el ave abstracta quedaba mejor con contorno para dejar claro que era eso y no una simple mancha onírica.
Mientras tatúa te cuenta hechos de su vida. Por alguna extraña razón, mientras lo hace la mezcla olorosa de tinta y sangre, junto con su repertorio, encajan como piezas de un lego. En todo este tiempo he sabido que probó la cocaína y le causó respeto, que antes era pintor y en cierta ocasión acudió a una casa del norte de España donde todo era misterioso, hasta que los familiares confirmaron vivir con un fantasma. Juan no se lo creyó mucho porque es agnóstico, que no escéptico, pero cuando el compañero comenzó a pintar una pared se percató de que la pintura no agarraba. Al intercambiarse el rodillazo de color surtía efecto, pero cuando volvía a ser su compañero el que pintaba… nada, como agua.
Su aspecto es enjuto pero su aire de motorista es como si indicara que el tiempo no pasa por él, que continúa anclado en la movida madrileña.
Los dos coincidimos en que con pelo corto se pierde más que una simple coleta y en cultivar la contrariedad tatuándose en el brazo izquierdo cuando también es diestro. Para gustos…
No se esconde bajo sus gafas y sabe ser franco en su negocio. La codicia le visitó en vano porque sólo tatúa; agujerear con piercings lo relegó a manos de otro; tal vez guiado por el conocimiento básico de que traspasar con una aguja o gancho es distinto a introducir tinta superficialmente ya que el margen de dolor no es parejo.
Dentro de su código moral se descartan los dibujos en el rostro. No hay por qué jugársela.
En sus despistes puede que una vez te haga una pequeña rebaja y otra ni baraje la posibilidad. Debe variar visitarle un lunes por el viernes.
Aunque parezca increíble sus verdaderos esfuerzos se centran en convertir o mantener que una afición no se convierta en trabajo. Que cada cual juegue con esa línea como mejor le plazca. Si no de qué sirve ser autónomo.

lunes, 26 de julio de 2010

Un agitador sereno

Regino, de treinta y pico años, estuvo en la cárcel; no pregunten a santo de qué. Ni lo sé, ni me importa. El caso es que estuvo allí. Aquello no lo convierte en bueno o malo. El bien y el mal, quizás, acaben por convertirse en conceptos sui generis si el caso en cuestión no llega al asesinato.
Hubo un tiempo, hace ya casi una década, donde el metabolismo le jugó una mala pasada y comenzó a engordar incontroladamente. Aun así daba largos paseos por la zona, acompañado de una vara o bastón improvisado para apoyarse. Un foráneo que se cruce con él por los caminos le tomará por un pastor vanguardista sin rebaño. En cuanto a la silueta parece que ha recuperado el trazo posterior. Su atuendo consiste en unas gafas de sol Arnette, de las que no se desprende ni cuando el invierno acontece con sus nubes. Cuando castiga el sol se ata un pañuelo sobre la cabeza rasurada; acción que contradice el hecho de ir sin camiseta. Otras veces va sólo acompañado de un botijo y otras de un amigo más mayor que disfruta del andar tanto, o más, que él.
Siempre saluda de un modo enérgico y vitalista como si llevara despierto desde las seis de la mañana.
Es el primo del alcalde y trabaja para los servicios públicos del Ayuntamiento. Tan pronto riega los árboles del paseo a Las Colinas, como pinta las señales de prohibición a las motos en la entrada de la piscina, como supervisa el césped artificial de las fuentes. Ante eso, no se puede hacer una crítica negativa al nepotismo, que puede ser contraproducente cuando la labor del empleado queda en entredicho.
La madre acertó de pleno en el nombre. Regino es el masculino de regina-ae: reina, princesa. Sólo que él lo ha reconvertido o adaptado hasta traducirlo por el significado de showman de cualquier cotarro o festividad.
En verdad, nunca le he visto conducir y de ser así lo mismo le daría por montarse sin zapatillas y cambiar las marchas descalzo. De todos modos creo que, vehículo y caminante no mezclarían bien. Serían güisqui y ginebra.
Fue el creador, entre otras innumerables proezas locales, de crear la palabra anaclan que sustituye a la originaría alacrán, escorpión. La expresó así en un arranque de espontaneidad.
Madridista hasta el espinazo solía llegar de los primeros en las celebraciones del equipo de su gloria a las fuentes, que, años más tarde, le encomendarían inspeccionar.
Ya no se distinguen, si son verídicas o no, las historias que circulan por el pueblo sobre él.
Este es el perfecto y dispar modelo del vecino polémico y respetado.

miércoles, 7 de julio de 2010

Bochorno

Menuda trifulca había en la recepción del ambulatorio. La madre de una paciente alzaba la voz sin miedo a que todos, los allí presentes, nos enterásemos de que su médico era una incompetente. Quería otra… y ya mismo. Mientras tanto un hombre se acercaba a la ventana de consultas y una mujer le recriminó la acción manifestando que había más gente antes y que tal hecho merecía su respeto. Entre tanto la hija de la madre exaltada aprovechaba para hacer algún que otro comentario con la única finalidad de avivar más las ascuas. Era morena, alta, con gafas de sol a lo Kurt Kobain y atractiva. Una pena. Las trabajadoras de la Seguridad Social intentaban mantener la calma ante tan acalorado asedio.
Me alejé de las disputas verbales y me adentro en la sala de espera. Al rato llegaba una indeseable, de las típicas personas intratables, y que la mayoría de sus cualidades y defectos deberían comenzar por in. Para afinar más, era una de las plañideras del jaleo anterior, a la que el propio médico le había aclarado que llegaba ella una hora y media después de su cita.
A los cinco minutos vino otra paciente de la misma edad que la maleducada (sería genial que me pagaran por exterminar a los desagradables incomprensivos y energúmenos ya que no encuentro trabajo. Lo haría por unos… veinte euros. Es una idea sin fundamento. Tiene pena de cárcel. Lástima). La malévola llevaba el pelo rapado a cepillo, un par de pendientes en cada oreja, un cuello corto, musculoso y rígido, más varios tatuajes pequeños, descoloridos y feos. Hasta ahí bueno, pero no sabría qué decir de los pantalones piratas blancos acompañados de esa mancha a la altura del trasero. A saber lo que transportaba en su carrito de la compra. Lo mismo se trataba de Goma-2.
Me encuentro ante un caso modélico en los que el quejica es quien más tiene que callar. Aunque sólo sea por el sentido del ridículo. Pues la especie de teniente O´neill, con metro y medio de estatura, comienza a interrogar a la recién llegada. Cuando finalmente obtiene el dato perseguido, intenta persuadirla para que sea el médico de cabecera el que le renueve las recetas y no en la consulta de ahora. Vamos, que pretendía echarla de allí para que pasara ella antes cuando la despreocupada no sabía ni a qué hora tenía la consulta ese día. Qué desastre. Vergonzoso. Encima no sólo formuló el cuestionario a la nueva visitante, sino a todos los que esperaban en la sala. Vaya pécora.
Al marcharse se despidió, pero no la saludó nadie, sólo otra mujer que había llegado en ese instante y no había sido testigo de su comportamiento antropofágico. No la dijo adiós ni el hombre con barba canosa y calzado deportivo; uno de los individuos con más calma y paciencia, de los que no se inmutan cuando entran a la consulta gente que llega con posterioridad a él; mientras le queden letras por consumir del arrugado periódico. Sería el ejemplo a seguir; de todos modos con tanto calor la gente no descansa correctamente y la falta de sueño es más acuciante que la de sexo.
Con el sol salen las bellezas y los adefesios. No es por ser tajante ni radical. También comparto la idea de que las bellas son así aunque vistan con muchas capas de ropa y que los monstruos seguirán prefiriendo intentar engullir a personas en vez de galletas, como se reflejaba en la infancia; por mucho frío que haga.

martes, 29 de junio de 2010

La desconocida

Un compañero nos avisó de que nos dejáramos de risitas. Era un viernes creativo donde se escribe, conjuntamente o por separado, un pequeño relato y aquéllos eran eróticos. Una mujer de unos cincuenta años, teñida de rojo, entró en la sala con todo el sigilo de alguien que no ha estado ahí antes.
Nos contó que su mayor ilusión era que le transcribiéramos y corrigiéramos unos cuadernos escritos por ella, ya que su hijo había desistido en el intento y una conocida drogadicta también. Su aparición proseguía con la explicación pormenorizada de su situación angustiosa, ya que debía pagar una cuantiosa deuda, la cual pretendía solventar con el envío de su obra acabada a un concurso literario y alzarse con el primer premio (casi na´).
Así, al primer bote, me comprometí a revisar el trabajo (que por cierto lo está haciendo otra compañera). Me conmovió ligeramente su estado anímico, pero, tras reposar los argumentos durante unos minutos, llegué a la conclusión de que esa escritora novel era una ingenua tremebunda o una desequilibrada sin más (y quién no está de ese modo cuando el banco no deja de llamar a tu casa).
Así que la mujer se marchó a buscar los cuadernos y nosotros, mientras, redactamos un documento para que lo firmase, más tarde; ya que no se sabe nunca lo que uno está dispuesto a llevar a cabo preso de la desesperación más hostil e inhóspita.
Al cabo de una hora regresaba y nos cedió sus manuscritos. Escogí el mayor de todos para echar un vistazo; el de la tapa naranja. La letra era clara, firme y cuidadosa. Demasiado bien trazada para alguien que declara abiertamente ser analfabeta. Leí unas dos páginas. Era un diario crudo que reflejaba las vísceras antropológicas.
Cuando estábamos en el bar, ya sin la misteriosa mujer afligida, concedí mi opinión a los presentes y afirmé que el material era bueno para alguien que sostiene no saber escribir ni leer (para mayor descripción afirmaba que no sabía escribir las ideas que le iban sucediendo. Eso dista mucho del analfabetismo más propio de la España de entreguerras). La opinión generalizada era contraria a la propia. Sostenían que lo que escribía eran tripas y que eso no vendía; Harry Potter sí. En mi fuero interno manejaba el término medio del debate. Y puede que resbale, pero esa desconocida estaba más queda que próxima con la acometida de un pufo. Bien es cierto que sus argumentos estaban basados en ablandarnos para que nos percatásemos de que esa madre estaba próxima a caer en ignominia. Pero el detalle de que se le humedecieran los ojos mientras articulaba las palabras…, podía, casi con total seguridad, indicar otra serie de cuestiones más partidarias de buscar el bien que de hallar el mal. Dicho lo cual…
No obstante es de ilusos creer en premios literarios y un suceso paranormal el toparse con alguien así. Seguramente los del registro de la propiedad intelectual le bajen de la nube al no concederle el certificado por un título semejante al libro Las ratas, de Miguel Delibes.

martes, 22 de junio de 2010

Con mucho esfuerzo

En un gimnasio hay dos grupos de personas: Primero, las más numerosas. Los que van por pura estética. Segundo, los minoritarios. Representados por los que asisten por necesidad para realizar algún tipo de rehabilitación.
Centrándonos en la segunda categoría, que no tiene por qué ser peor, ni, tan siquiera, menos ideal pero sí el triple de meritoria; hay más de un protagonista que se merece, por lo menos, una ligera referencia.
Primeramente está el hombre que debe rondar los treinta y cinco años. Moreno. Ojos claros. El rapado en su flequillo roza la perfección. Todos los días que nos cruzamos lleva una mochila bien ceñida a la espalda, y que, por cierto, también permanece junto a él cuando no está en el centro deportivo. Por desgracia nació con un problema de cadera. Dicha minusvalía le permite caminar con bastante dificultad. Tanto esfuerzo le cuesta, que algunas mañanas le he visto reposando cerca de los arbustos tras cruzar una calle o, llanamente, parado en mitad de la acera observando los árboles o edificios. Ve el aire.
Su tara física le obliga a hacer un movimiento circular y forzado de la espalda en cada paso, que, por si fuera poco, le somete al brazo izquierdo a levantarse de un modo brusco, repentino y arrítmico.
Un día se encontraba animoso y sacó una conversación deportiva. En otra ocasión, fui yo quien le intentó sonsacar la palabra, pero no estuvo por la labor aquella vez.
Es el único compañero que utiliza la plataforma motorizada que instalaron en las escaleras. Una herramienta tan necesaria como desesperadamente lenta. Ya le tiene que incomodar la molestia para que el discapacitado escoja el improvisado ascensor, que sacaría de quicio a cualquiera. Lo mismo tiene distintas velocidades y la requerida es la preferida por él.
El siguiente hombre se podría afirmar que le dobla en edad. De ahí su calva monacal y sus canas. Ataviado, en más de una ocasión, con gafas de sol a lo aviador y de una gorra, este abonado tiene otro problema en el aparato locomotor. Juraría que ha sufrido una parálisis en mitad de su cuerpo. Su óbice no le impide subirse a la cinta de correr y permanecer largo rato sobre ella. También he observado que utiliza las máquinas de pesas y que siempre suele hacer los ejercicios con los ojos cerrados. En Japón está muy extendido en los ciudadanos que van en tren actuar en semejanza. Es un acto para conseguir distanciarse del apelmazamiento que hay en cada vagón y conseguir algo de intimidad. Dudo si él lo hace para huir mentalmente de su actividad o para concentrarse mejor.
Tal para cual. Son portada y contraportada de la misma novela. A ambos los considero los mejores deportistas de allí. Otros, quizás, acudan porque no tengan ninguna otra ocupación remunerada.