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miércoles, 7 de octubre de 2015

Ya no le quiere

Al principio parecía una pareja de la comunidad más. Pero ahora que lo pienso, no lo son, ni mucho menos. Rondarán los ochenta años. Él camina mal. Ella tira de él.
El hombre, siempre con la cabeza cubierta por una boina, va con una muleta con más miedo que vergüenza, paso a paso, pie tras pie y no atina, no puede. Desconozco la enfermedad que padece, no obstante no es a lo que pretendo referirme.
Una vez vemos la profundidad al pozo (la muerte) la vida cambia, sin duda. Hasta ahí bien (o mal, porque significa ‘ir para abajo’). Lo que no consiento como vecino es que esa anciana grite, menosprecie, ningunee a su marido. Además, suele llevar a cabo su filípica en el descansillo del edificio, como para oírla todos o vayan a saber los verdaderos motivos. Le increpa su torpeza en público con una vileza inhóspita e inusitada, como si no se conocieran o peor aún, porque hasta los desconocidos muestran a veces su educación en determinadas circunstancias.
Si de jóvenes pudieron  ir agarrados de la mano ¿Por qué ahora le sujeta nada más del jersey como si de una simple pinza se tratara? Es como si el hecho de tropezar no la llegara a preocupar del todo, a poner en alerta.
A veces, pienso en ella más que en él. Lo que pretende, quizá, es la caída. Algo pernicioso a esas alturas de la vida. Donde todo se complica y resta.
Luego se me viene, de pronto, el marido a la testa. Permanece acoquinado con tanto grito. No sé a dónde va la furia y la ira de las personas con el paso de los años, pero en este caso debería de manifestarse a las claras.
Con que levantara la garrota suya por encima de la cadera bastaría. Nada más pido eso. Con ello le diría ‘para, hasta aquí’. No imagino ni deseo una agresión, simplemente la escenificación de un límite o barrera que en adelante no se debería traspasar.
Tampoco sé cómo se comporta ese anciano de puertas para adentro. Solo sé de la continuidad de los berridos increpantes y a deshora.
A saber. Lo mismo la mujer se ha cansado de lavarle la ropa interior durante tanto tiempo. Eso y de atenderlo en su aseo personal. Hasta ahí es comprensible. Ahora, no me vendan la moto hoy. No trago con un posible caso de alcoholismo, maltrato y hedonismo de un machito octogenario. Cada uno siembra lo que recoge y no está de más afirmar la injusta situación captada en este vecindario. Si es denunciable el maltrato de algunos hombres despiadados, debe constar en acta... haberlas, haylas.   

sábado, 27 de junio de 2015

Endecasílabo

Aprendizaje mutuo en la vida,
como cortinas suaves por el cuerpo.
Ir al pasado, donde no se olvida,
tu elección, yo ¿entre quién? Mi gran acierto.


Te supe lejos del primer andén.
Lugar vano en corazones en quiebra.
Allí quedamos. Juntos por doquier.
Eres el hilo que mejor me enhebra.


Y también nos diluviaron los días,
y también relucimos bajo el cielo.
Porque el tiempo se alimenta de estrías,
Cógeme la mano. Aún quedan anhelos.


La estabilidad la vendieron cara.
Esperanzas rutilando retinas,
la inflación estatal, la peor máscara.
Hagamos del tú y yo... la mejor mina.

























sábado, 15 de noviembre de 2014

La llama

Cuando la pasión acude, el hombre y la mujer van detrás y si esta se desvanece los dos vuelven a su sitio. Es esa lumbre que incendia mejillas, ese brillo en los ojos, esa dulzura de la que se recubren las caricias (tanto las que se conceden como las que se guardan para después... el nunca o el jamás).
Una ensoñación de anhelos perpetuos mostrada por un rostro y unos latidos acelerados que, única y exclusivamente, los percibe el sistema nervioso. A no ser que ella o él coloquen la mano en el pecho del opuesto con la única incertidumbre de conocer si eso es verídico. Nadie quiere apearse tan pronto del manjar de los sentidos y pobre del que pretenda frenarlo o darle alguna explicación (al igual que intento hacer ahora).
No debe haber palabras, solo actos frenéticos, huérfanos, como digo, de toda razón y motivo. Los labios creados para comunicar no volverán a decir más que lo que dicen cuando están bajo este lapso.
Déjalo, abandónate. Guárdate de situar bien lejos todos los relojes de la casa, ya que quizá sean los verdaderos culpables de la fugacidad de ese momento.
Corre la cortinas con firmeza y decisión para que la luz del día tampoco te indique qué hora y en qué momento vives. No os mitiguéis tampoco por la oscuridad de la noche. Sabes que él te va a derrotar cuando os encuentre. El tiempo es el verdadero enemigo de la calidez. Nada sobrevive a ello. ¿Y por qué rebelarse? Da lo mismo que dure quince minutos como cinco meses o un año... ¿dos? Qué se yo.
Déjate mecer como un niño en estos brazos que aprietan y no estrujan. Flota en la ausencia de todo y mira a quien tengas delante. Contémplalo como si no hubiera otro momento para ello. Sujétale la cara con ambas manos y no digas nada. Los labios no hablan, solo besan. Las palabras hace tiempo que se convirtieron en un impedimento, un lastre, el ancla para este barco que nadie ha sabido y sabrá pilotar. Siéntete eternamente vivo y despreocupado. El aquí y el ahora conlleva el no tener nada en los bolsillos. Miraos con estas pretensiones y lo demás se lo llevará el vivir, como todo, como siempre.
Almas impávidas bajo el frío techo sin mesura, dejándose arrastrar por el deseo, la emoción y las sensaciones. Prendiéndose fugazmente con la llama antes de ser pavesas.



viernes, 22 de noviembre de 2013

Los ex a la palestra

Señoras y señores dejen de vilipendiar las relaciones pasadas y saquen lo mejor de ellas. Sepan que el ser humano tal vez solo aprenda a base de palos y los amorosos son los que más enseñan. Ante ellos se nos abre el mejor camino posible, ese donde reconocemos a la legua lo que ya no se quiere repetir ni aunque lo regalen. A partir de ahí debería soplar el viento a nuestro favor. Pero nada es fácil ni bajo el reconfortante calor de la llama.
Cada persona que llega a una vida es para mejorarla y si no es así, que se marche por la puerta de atrás con el menor ruido posible. Todo debe sumar y es ahí donde se esconde la verdadera esencia de las relaciones personales. Si desechamos lo fatuo, el sexo espontáneo de los que solo buscan eso, queda un aprendizaje resumido e insertado en nuestra memoria de por vida. La relación pasada y rota se transforma en recuerdo. La realidad del día a día ha ido rellenando esos huecos hasta convertirlos en mera lejanía. Y debe ser así. Porque de lo contrario nos convertiríamos en dos adversidades: en un nostálgico empedernido y borracho de su pasado o un misógino (o misántropa, según cada cual) sin ton ni son.
En el avance de la vida lo que vamos dejando atrás por obligación y confirmación es una mochila que no debería pesarnos como algunos dicen que pesa. Si todas esas personas no están en su compañía es porque no merecen estarlo, con lo cual una carga menos. Se lleva como principio inamovible el hecho de que cada nueva pareja mejore a la anterior, por lo tanto es de agradecer que no estén con nosotros todos los ex hacinados en el saco del olvido. Fuera las tiranteces, aunque ¡ojo! Tampoco es recomendable anhelar un quid pro quo, es decir que el posterior tenga que ser idéntico al anterior tanto física como interiormente, algo un poco inconcebible aunque no deja, seguro, de haber algún que otro caso de tales características.
No se líen, no soy un gurú del tema; solo afirmo que es recomendable enterrar el hacha lo antes posible y no ansiarla nunca. De lo contrario, sus recuerdos se recubrirán de una patina de odio que no procede, porque el amor es un tema delicado y al igual que hay personas que luchan por descubrirlo o mantenerlo hay otras que no lo conocerán jamás y eso, considero, es perder demasiado.
No malmetan más con los ex. Seguro que ellos no piensan tanto en nosotros como se pueda creer. Déjenlos pasar. Ni los nombren, casi. Es el único modo de seguir aprendiendo y mejorando por uno mismo.
También me acuerdo de las parejas rotas que no permanecen juntas por otros motivos que nada tienen que ver con el desamor, como puede ser una grave enfermedad. En estos casos no se me ocurren ni las palabras idóneas para definir la situación por la que deben pasar. A veces, la vida te alecciona antes de tiempo. Por eso no hay cabida ni para nostálgicos ni para misóginos. Importa sacar el jugo del presente. Saboréenlo como crean, recordando solo lo que, en verdad, merezca la pena.

domingo, 28 de abril de 2013

Como en los primeros besos

Recuerdo con ternura mi primer beso y cuando digo beso no me refiero a cuando se emplea la lengua, que al principio es toda una intromisión como defiende Eloy Moreno. Para mí el primer ósculo me lo dio una chica llamada Alexandra. Estuve varios días o semanas buscándolo, haciéndomelo merecer solo igual que cuando eres un chiquillo; queria que me lo diera motu proprio sin el juego de la botella o robándoselo.
Esta chica me gustaba bastante aunque no sabría diferenciar entre mis "bastantes" de por entonces. Se me viene a la memoria que para conseguirlo decidí regalarle una flor, pero no fue comprada; en las parcelas de donde antes vivía había muchos rosales a pie de calle, así que un día  me apropié unas tijeras para cortar dicho deseo, aunque la flor comenzó a ser algo entre mis manos justo cuando le di el tajo. Dicho y hecho. Llamé a su casa, salío y se la di. Ella se sonrrojó tal y como se sonrroja uno en los prólogos a la pubertad, repleta de esa sangre joven, inexperta, esperanzadora y tierna. Luego me dio el ansiado premio en la mejilla y me supo tan bien que aquella noche dormí del tirón, como solo se puede dormir cuando uno es niño.
Pero lo que no le conté es que me gustaba, aunque el hecho de que te regalen algo así lo demuestre preferí guardarme los detalles escabrosos. No le dije tampoco que estuve seleccionando entre muchas rosas con el único pretexto de que sus púas estuvieran lo suficientemente separadas para que cuando la cojiera no se pinchara los dedos. Tardé bastante. Luego aprendí que las púas de la rosa crecen en proporción áurea, es decir que se crean simétricamente respondiendo a unos valores geométricos que suelen estar en la mayoría de las composiciones naturales que conocemos, incluido el cuerpo humano. Vamos que la que escogí era equivalente a las que descarté, pero para mí en esa edad fue todo un logro conseguir la que parecía única.
No le comenté siquiera que tuve otro contratiempo con los colores. Había rosas, blancas, amarillas... menos negra florecían de casi cualquier tonalidad. Al final de tanto dudar en la selección, escogí la roja. Ya que me involucraba que hablara el hecho antes que uno mismo, aunque no las tuve todas conmigo. Quise ser discreto hasta cuando menos hay que serlo.
Al final no hubo nada más con esta vecina. Pero siempre recuerdo extrañado los peculiares pormenores y cuidados que dediqué para lo que relato. Desconozco a su vez porque los besos iniciales se recuerdan con más viveza. La idealización de lo que se pretende es casi superior al hecho consumado. El premio fue más que suficiente, pero eso no tuvo la menor importancia. La recompensa al esfuerzo no importa, lo que si procede es el empeño, la imaginación creativa, la dedicación con la que uno cerca una idea para llevarla a cabo. Sea del tipo que sea. Al final, supongo, la vida pasa y lo que queda es el contexto y la maduración de unos hechos hilados por su circunstancia. A los que no meditan las causas y son directos en sus cometidos también se les pasa el tiempo, solo que la elaboración cambia considerablemente.
El poso de ideas es necesario aunque depende para qué factor.
Y los primeros besos son como los pétalos perennes de la memoria. Dónde mejor se puede apreciar la maduración de un sentimiento que con lo que refiero: la edad febril.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Veinte años sí son algo

Si no hacía más de veinte años que no pasaba por allí, veinte sí, dos décadas justas, ni mes arriba ni abajo. Por alguna extraña razón se había visto envuelta en una profunda melancolía que le había empujado a estar, de nuevo, quizá por última vez, frente a ese telefonillo. Su corazón, ya casi afrenelado y cubierto de una capa densa imaginaria que le alejaba de cualquier sentimiento de amor, se resistía a rejuvenecer en la búsqueda de una compañía masculina. Según su pensar ya no le quedaban ganas de volver a conocer a nadie. Y en esas se quedó mirando fíjamente el botón y el número de bloque de su última pareja, ya rota hace nada menos que cuatro lustros, porque estamos frente a una persona de las que creen en el amor una sola vez; y si falla, adiós con todo, no hay sitio ni anhelo para nada más. Según ella solo se puede amar una vez en esta vida, porque hay heridas que no se curan jamás... pase lo que pase, suceda lo que suceda.
Y no está demás recodar que Matilda llevaba muy lejos lo que para otros podía parecer ridículo el sentir tan profundamente. Era como un principio tan arraigado, tan profundo y suyo, de ella y nada más, que nadie podía desacreditarla con cualquier comentario nimio o fuera de lugar... ante ello se resignaba y más tarde resarcía a quien la importunase o la contrariase.
Matilda, sin saber muy bien cómo, había acabado allí, en aquella calle siempre repleta de vehiculos y de transeuntes que iban de un lado a otro por doquier. La calle Toledo desde que rompio con Roberto se había convertido en una especie de cementerio urbano para ella, un sitio donde el que pasa se siente incómodo y taciturno, fijándose solo en el  sitio que le conviene, en este caso un portal, que bien podía haber sido una lápida, pero él no estaba muerto, por eso quería volver imperiosamente a llamar por el telefonillo que desde entonces había sido modernizado en, al menos, dos ocasiones.
"En el amor siempre pierde el mejor" decía alguien al que evidentemente no le había ido bien en ese campo. Y ella no solo arrastraba un poso imborrable de recuerdos en la memoria, sino una cajita de plata repleta de regalos y otros dones que él le hizo tiempo ha.
La caja seguía quemando como una yesca encendida en un pajar. Notaba entre sus manos como le pesaban los objetos, los años sin él, la soledad no buscada motu propio que es engañosa porque no daña al principio, pero luego, mirando la vista atrás, se siente el terrible punzazo del tiempo, que dice "la vida se pasa, ¿qué te queda dentro?". A ciencia cierta no sabía si devolvérsela o arrojársela. De momento no se creía que hubiera tenido el coraje de estar frente a su vivienda. ¿Para qué tanto dolor? Seguro que él estaría echado tan tranquilo o pintando algún cuadro de paisajes como solía... como si nada; intentando abarcar todos sus problemas en un inútil trazo de pincel. Si todos los percances de la humanidad se resolvieran de ese modo, que fácil parecería; qué sencilla era la vida junto a él. Hasta en los peores momentos sabía sacarla una sonrisa, un leve gesto de "podía ser peor".
Así que, sin más rodeos, apretó el 5ºB mientras las mejillas se le encendían, a la vez que el corazón pareció bombear más sangre, casi desempolvando la oquedad de venas y arterías, como si lo único que tenía que hacer durante la espera de estos veinte años fuera a presionar un mísero botón.
Esperó un instante, a la vez que hacía grandes esfuerzos por recordar el olor de su piel, de su pelo, su aroma corporal y personal, pero no obtuvo respuesta. Al cabo de unos segundos una voz de mujer descolgó el telefonillo. Era ella, tal vez, su sustituta, o la sustituta de la previamente sustituida quién sabe. Matilda aguardó en silencio cabizbaja pensando en su acción tan inmadura. Como no contestó, la otra mujer, la exmujer de su mujer o quien quisiera ser, colgó y solo volvió a haber silencio. Un silencio elegido por ella misma durante tanto tiempo, que no le iba a acarrear nada positivo en cuanto al amor... al menos al que no era propio, el de uno mismo. Y se fue por la calle, mientras se difuminaba vista desde el portal del piso de Roberto como en un cuadro de sombras invernales, de abrigos de desconocidos que abrigan ideas de supervivencia. Donde el querer y el pretender ser querido es y no es todo. Matilda poco a poco se fue alejando de la muchedumbre. A lo lejos, en realidad, parecía una más. Un borrón más.

jueves, 24 de mayo de 2012

El final de aquella pareja

Empecemos por lo básico: Juan Carlos y Ana. Y ahora lo secundario: Se distanciaron. En dos ligeras y directas pinceladas me entrometo de lleno en un tema en el que hace mucho que no escribo. En esta sección se cuenta con unos signos de interrogación en la etiqueta que servirían para resumir eso tan… tan… indescriptible casi, como es el amor. Pero por suerte o mala pata a aquella pareja… ya solo les quedará el olvido de lo vivido como a quien más y quien menos le ha tocado pasar por ello, sin sospechar muchas veces en el tremendo lado positivo que ello oculta... o que nos cuesta ver.
El caso es que vuelvo la mirada atrás y allí les veo. Ella alta, rubia, peluquera, él igual de alto pero más atlético, informático y más introvertido. La verdad es que me gustaría hablar más de ellos pero ni tan siquiera recuerdo por qué lo dejaron, ni me lo contarían por entonces, ni ahora vería con buenos ojos liberarlo a los cuatro vientos.
El caso es que "casaban" bien o eso me parecía a mí, pero lo real es que había quizá demasiadas diferencias entre ellos. Y estos hechos, quiero suponer e imaginar, fueron cobrando relevancia hasta que tal vez significara algo. Pero qué importan estas conjeturas sin fundamento que tienen más de invención que de realismo, por lo que desconozco hasta qué punto es óptimo escribir sobre ello.
Lo importante es que ahora les imagino con otras personas rehaciendo su vida. Y es aquí donde quiero llegar, a que cuando lo dejaron una nube gris vino a instaurarse en mi sonrisa, por breves momentos, para luego irse como se esperaba. Las parejas son un "algo" intangible y único cuando conviven o se aman, pero dejan un relativo vacío cuando se produce su ruptura (depende de si ha roto el vecino con el que tan mal te llevas o una de tus primas). Hay que comprender que se echan por tierra algo tan duro y unificador como los lazos que nos unen y la amistad, por no hablar del cariño.
Por eso les veo mejor ahora. A ella con alguien tan liberal (palabra que ella empleaba) como se merece y a él a alguien tan comedido y bueno como era Juan Carlos. Dos grandes y bellas personas que sin saber cómo un día tomaron direcciones opuestas, dándose las consabidas espaldas en el típico final, que toda  pareja debería de tener, asumiendo los propios errores, los planes que ya no compartirían, las visitas que ya no harían a su círculo respectivo. Pero, ya digo, un adiós no es tan malo porque te deja la puerta abierta y es ahí dónde puede aparecer alguien con quien verdaderamente merezca la pena compartir la senda del porvenir. Cínica y honestamente todavía habría que decir: ¡Gracias! pero escrito a modo de viñeta de Forges.

lunes, 8 de agosto de 2011

Pareja rota

Y ahí estaba ella, con la piel morena por cuenta propia, sin dorado de rayos uva, ni solar, ni artificial, su aspecto es así incluso en mitad de enero. Sentada para tomarnos algo se le marca la clavícula, más que antes y es que el antes y el ahora se difuminan tanto, que todo parece un malentendido, una confusión. Ha perdido peso. Le han dado donde menos deberían. No seré yo el que diga el lugar exacto, porque hay gente que no cree en ello. El tema a tratar era una ruptura, la suya, nada menos, y no podía quedar ningún cabo suelto en la explicación.
Las parejas se rompen sin más y a veces, no hace falta un gran bache para ello; una somera palabra demasiado afilada puede evocar la mejor de las discusiones, como si el destino te guardara una cabriola absurda e inmerecida… un gancho detenido por la angulosidad de la mandíbula y luego… la lona y si no caes sobre ella da igual porque el fin buscado era ese: deshacerse de uno; mirar su ombligo y no ver nada más.
Su caso no era distinto al de muchos otros, y siguiendo la línea lo que le pasó fue que el novio comenzó a cambiar, pero, lejos de entrar en más de talles, guardo una de sus frases «es que la vida parece que siempre castiga a los mismos»; y no es verdad, lo que ocurre es que no nos enteramos, nuestro dolor hace tanto ruido que no escuchamos al de al lado y si lo hacemos le quitamos la mayoría del interés porque no es sentido y generado. Un dolor de otro es bastante menos dolor (si se me permite utilizar el bastante y el menos tan cerca).
Podremos empatizar lo deseado, pero siempre habrá un muro entre el dolido y el que pretende visitar su mal. Porque si algo bueno tiene eso malo es que es intransferible, se podrá contagiar pero no será ni de lejos parecido, porque es como la alegría… estados de ánimo hechos para un único pecho.
Y verán como en los ordenadores se entiende más esta idea. Si se copia un archivo se llamará de manera semejante pero con una coletilla que dirá «copia», pero su codificación será distinta para que el sistema no las confunda, o mejor dicho, no las tome por iguales.
Luego nos levantamos y nos fuimos. Observé que se desplazaba igual menos un cuerpo, aunque sólo fue una sensación. Porque dos que caminan se acompasan mejor, cuando sólo pasea uno se le marca más el paso, mueve más la cadera, suelta más las manos, se acentúa más el movimiento, debe ser diferente también el ir a un destino sólo, en vez de acompañado; el planteamiento de origen es incomparable. Tanto el uno como el otro no dependen totalmente de nosotros. La vida anda de por medio.

miércoles, 13 de julio de 2011

Unidos por el deporte

Dentro del vagón hacía una temperatura mucho más fresca y agradable que en la calle. Eso significaba que había dos realidades, como siempre: la exterior y la interior. Rápidamente me fijo en una pareja de ciclistas que hay sentada en los asientos del tren. Él es moreno, alto, buena constitución, es decir, la requerida para alguien que se suele dedicar a una práctica deportiva o que simplemente nació con esa complexión, a veces sucede. Ella, a su derecha, es tan alta como él o eso parece. Al ir sentados se tienden a igualar las alturas; pero no está tan definida. Tiene el rostro sonrojado por el esfuerzo físico. Adsorbe un líquido marrón a través de una goma que conduce al interior del macuto del novio, que a su vez reposa sobre las rodillas del chico. Está fatigada. Así son nuestros cuerpos, lo que a la mujer le supone un gran esfuerzo para el hombre es una acción menos ardua por el origen innato y genético… sin olvidar las atletas plusmarquistas que han pulverizado marcas.
El tren y el metro son un medio de transporte únicos ya que los pasajeros que hay en veinte metros en derredor pueden escuchar una conversación lejana. Ésto en el autobús no procede. La gente guarda más el tono en los espacios reducidos.
La novia demuestra más el cariño, como debió proferirlo al comienzo de la relación (y tal vez desde): le abraza, le besa, está más encima; esto no significa nada hasta que significa. A las pocas paradas él sale de su embrujo y sube más la potencia de la voz. Si fuera para algo importante… debería estar permitido pero en este caso, no. Porque como se suele decir: «En esta vida lo que importa no es lo que dices, sino cómo lo dices». Y entretanto, el ciclista comienza a increparla con argumentos tácitos del estilo: «pues te lo he dejado caer», «no quieres darte cuenta» o «pienso ir contigo o sin tí».
Ella, ya sin sofoco cuando quizá más convendría tenerlo, sigue en sus trece aplacándolo con caricias y más zalamerías porque es conocedora de sus arrebatos, que ya la han convertido en una observadora algo pusilánime.
Mientras, observo sus bicicletas apoyadas sobre la puerta que no se abre del vagón y pienso que también forman otra pareja, que la una soporta también a la otra. Luego llega el momento de bajarse en la penúltima parada del trayecto. La chica se desciñe las mayas, de las dos: la física y la psicológica, y actúa como si nada le pasase, porque nada pasa o sí.
Se pierden en la distancia. Me quedo sin distracción.

jueves, 19 de agosto de 2010

Sin balanza

El destino me colocó el otro día en la órbita, una vez más, de mi vecina. Frases como: “¡vaya dos añitos que me has dado!”, “¡Quieres el móvil; pues toma!” o de la madre de ésta, que también aprovechó la discusión para entrometerse con: “¡Mándale con su madre, es un cobarde!” (¿qué tendrán las pobres para utilizarlas como arma arrojadiza?) echaron al fango otra gran frase de Aristóteles “A una mujer le sirve de joya el silencio” (ingenuos los y las que sólo vean la superficie machista ficticia de este enorme filósofo).
Comenzaba hablando del destino, porque es la segunda vez que estoy presente en una de sus rupturas.
En la anterior fui a tirar la basura y la vi rompiendo por móvil con alguien. Ella lloraba como un bollito borracho. Preferí no intervenir entonces, como ahora. Además, ¿acaso era mejor que el bandido cruel que le había hecho eso? Lamentablemente formo parte del equipo de zánganos sexuales, que sólo pretendemos eso, mientras ellas se quedan vertiendo lágrimas de plata, oro blanco, y en el mejor de los casos, platino.
Lejos de más críticas, la situación no fue agradable: El chaval “oculto” en su vehículo, la chica sollozaba mientras se ahogaba entre palabras de espino que le estrujaban la garganta y, seguramente, el corazón. La madre desde su casa le gritaba acusaciones, que, nada más llegar al tímpano del destinatario, le empujaron a largarse con un acelerón. La tranquilidad de aquí transcurre así; o faltan cerillas o sobran incendios…, muy a lo Far West con balas que ya fluyen sangrientas desde la recámara… Nada más lejos que los temas de amor, sin más.
Hubo otra vez, que vino la esposa de un jardinero y comenzó a pregonarle una supuesta infidelidad. Ella tan gustosa de hacer un speaker corner a la madrileña, él con el rastrillo en la mano conteniéndose en darle otra nueva utilidad si de un manofloja se tratase. Aun así le fue ganando terreno hasta que el torrencial amainó y la quietud volvió a envolverlo todo con su capa de mutismo.
Retomando la desavenencia inicial me surgen varias dudas: ¿Por qué le acusaba de esos dos años, cuando no hay nada que ate? ¿o sí?
Las mujeres, que, por naturaleza, pueden alcanzar niveles más altos de cariño por el instinto maternal se ven reducidas a la merma de autonomía frente a la extensa del hombre (no refiero, en absoluto, el plano sexual). Eso ni las convierte en peores, ni a los varones en mejores. Sencillamente, una ruptura podría ser el momento álgido donde habría que auscultar el interior y contentarse con esas dos valiosas virtudes en ambos sexos y que, jamás, llegarán a equilibrarse. Con ésto y con la obtención de un punto intermedio de acusaciones y defensas sujetas al respeto mutuo, caer en el alboroto del gallinero estará siempre de más.

jueves, 5 de agosto de 2010

Adaptación

La habitación de sus suegros, el pupitre de la novia, su signo zodiacal, los peluches que él no le regaló intentaron permutar a los que sí, la almohada, su cama, la cama supletoria, las pelusas bajo ella y el ladrón que nunca se escondería ahí por no encontrar algo de valor que echar en la saca, la moqueta, aquel poema conmemorativo estuvo a punto de ser restringido por preponderancia, el armario y su ropa, las zapatillas y la colección de revistas, el inodoro, los ruidos de cañerías, la mampara, el lavabo, los espejos, el jabón de manos, los baldosines del baño, la bañera y la toalla, la mesa donde comían con sus sillas, las cintas de video, los DVD´s, los libros de la estantería, el sofá que tanto roce tuvo, la cristalera del salón, las fotos familiares enmarcadas, la enciclopedia, los cuadros de imitación, los rodapiés, las baldosas del suelo, los discos de vinilo, el calendario, el gotelé, el teléfono fijo y los móviles, los cristales de las ventanas, el corcho del recibidor, el paragüero, el perchero y la papelera, la pátina olorosa a aceite pasado sobre las superficies, la nevera con todo su interior más el gas necesario para enfriarla, la vitrocerámica, el horno, el microondas, las cajas de cereales y las magdalenas, la pata de jamón en sus últimas, el frutero sin fruta, la lavadora, la tostadora y sandwichera, el ordenador, las muñecas de porcelana imperturbables, el tendedero en el balcón, la caldera con su llama azul, la puerta blindada de la entrada, el felpudo y su “bienvenido”, el ascensor y sus botones tras pulsar el número seis, la puerta metálica del portal, el telefonillo, la acera que conducía a su casa, el movimiento al abrir la puerta del coche para ir en su busca cuando quedaban.
Y sus suegros y ella parecían decir NO; aunque se sentía un visitante extraño, prefirió rehuir de la sensación a pesar de correr el riesgo de que las posesiones descritas le acabaran transformando.

martes, 13 de julio de 2010

Contra la rutina

El amor. Fuente y cuna de sabiduría. Antonio Gala lo define así: “El que afirma no tener amor puede que sea verdad, pero es lo único que tiene”. Una frase algo retocada cuyo creador es el escritor que menciono. Al fin y al cabo la escuché de una boca distinta a la del “cordobés” y quién no ha jugado, en alguna que otra ocasión, al teléfono escacharrao. Al menos la expresión conserva la esencia.
Cuando el cabo de la vela se consume, porque no hay fuego que dure eternamente, se puede escoger entre dos caminos. El positivo equilibrado por el cariño, ya que tras una relación puede quedar una buena amistad si los dos miembros han puesto de su parte, ya que nadie te conocerá mejor que una ex pareja o el negativo supeditado al odio. Esta opción puede explicarse porque fastidia cuando algo ilusionante se derrumba. Sucede con una empresa, con un frutal, que, por más que se riega, no te da las manzanas requeridas, con un puente levantado para que perdurara por bastante tiempo y cuyas malas vigas degeneran en la inestabilidad de su superficie a las primeras de cambio o porque, sin más, no se ha conseguido el primer caso. Cualquiera de las dos variables me parecen apropiadas por solemnes que resulten.
Pero…, al margen del distanciamiento lógico ¿se pierde algo más? Pues creo que sí. Parto del principio de que en la vida el tiempo no se derrocha, se invierte o emplea, aunque es cierto que tras una ruptura el sabor de boca que persiste es ese. Tempus fugit. Aun así se esconden en la buhardilla momentos que no se compartirán con nadie más (pobre del que recaiga en ellos, intentando dotar a las nuevas relaciones de frescura, mientras piensa que cultiva la innovación), bromas íntimas que fortalecían el vínculo y otros detalles de cama, que aunque se superen no tendrían por qué compararse.
Tampoco creo que la pareja se lleve una parte de ti, ni tú de ella; pero si se puede meditar sobre el poso de aprendizaje que ello deja. No estoy hablando de que un chico que haya tenido decenas de relaciones sea más inteligente o dotado que alguien que sólo ha tenido la tercera parte; estoy abrazando la inmensa posibilidad de ver el lado positivo y más favorable.
Hay algo que no se debería negar. Por fuerza, y con el paso de los años, uno cae en la repetición de frases y regalos. Si desde edad temprana se empieza a soltar sin tapujos: gordi, cariño, amor, cielo, corazón, bonita, encanto y demás, llegará el día, con total seguridad, en que se caiga en la reiteración. Este hecho no tendrá la menor importancia mientras no haya ocasiones en las que a uno no le dé la sensación de estar siendo manipulado por un ventrílocuo. Eso sobre la acera de cualquier calle. Ya en la cama la repetición de elucubraciones seguro que será menos trascendental.
No se rindan. Sorprendan a sus acompañantes con denominaciones novedosas, ideas plausibles y sustanciales para sus tímpanos. Aunque no sean todos los días, al menos una vez al mes. No importa si ellos creen que están siendo objetos de una burla despiadada. De ser así retomen el empleo conocido: gordi, cariño, amor, cielo….
Piensen ¡oh!, que mientras un servidor escribía estas líneas el sudor de la espalda se le adhería al respaldo curtido de su silla formando un solo ser.
Obcéquense en que cada día sea distinto para lograr pequeñas metas diferentes. Y si llega el momento en que tengan que ver cómo el idilio se hace añicos, al menos conservarán el recuerdo de haber persistido en esos pequeños retos. Dentro de algo que se formula en conjunto es de lo poco que depende de uno mismo. Probablemente, el intento merecerá la pena.
En el caso de acomodarse y no tener motivaciones, disfruten. Los humanos debemos ser el único animal que coma sin apetito, que duerma sin sueño...; pero entrar en estos terrenos, puede que sea salirse del cerco.

sábado, 15 de mayo de 2010

Mala puntería

Menudo panorama. Cuentan por mi círculo que una pareja de amigos se han visto en la siguiente situación: Ambos eran padres de dos hijos, cada uno de esos dos chavales u hombres rondaban ya los treinta años. El primero llevaba una década con su pareja y el pequeño, aproximadamente, otra. Cabe destacar que las dos chicas eran sus respectivas primeras novias; como esas relaciones tan idílicas que comienzan en el instituto o en la universidad con toda la pinta de perdurar hasta las postrimerías más prometedoras. Pero la ficha de plomo rebotó sobre el labio metálico de la rana; casi. A dos semanas de la boda ella abandona a uno de sus hijos y la otra… A perro flaco…, también rompe con su hermano. Decía abandono porque es una definición acertada para resumir lo que significa un plante en el altar. Además, era la típica pareja sonriente y feliz, vivían ya en su propio piso, congeniaban (con lo complicado que resulta) con los suegros; en fin. Una buena machada.
Qué mejor instante para echar tierra de por medio y darse a la fuga, que cuando se está a punto de firmar un papel. Ese soporte blanco que no sé sus medidas ni su peso, pero que es más determinante que todo el cariño vivido, las experiencias, los logros, las expectativas y todo… por echar una firma; un garabato realizado con un bolígrafo que lleva un veneno azul o negro llamado tinta.
¿Y cuántas veces se oye eso al romper de “bueno, ahora eres libre”? ¿Es que antes no se era? ¿Eso es lo que sentencia la firma nupcial o un anillo más inicuo que el de Golum? Pues vaya. Resulta que los novios asfixian y las esposas esposan.
En similares derroteros, llevo percibiendo que hay, sobre todo desde el género femenino, unas ansias inabarcables en demandar su libertad a gritos. Esta petición insaciable contradice, en suma medida, lo que confiesan por lo bajini a diestro y siniestro. Algo como que a ningún casado le amarga un dulce, una relación esporádica a espaldas del otro (el que traga con los platos sucios). ¿Eso es libertad? ¿Y si no qué es, irse a dar un paseo solitario? Creo, que se entiende por ello el hecho de tener una autonomía e independencia. Eso no justifica adorar una cornamenta. También hay que saber las delimitaciones de los espacios vitales del otro.
Respecto a los hermanos del comienzo… nada. Que intenten esquivar las excusas familiares para con los tíos y primos; por lo menos, hasta que se les pase la consecuente cara de koalas por los acontecimientos totalmente inesperados.
Hay bastantes casos de parejas primerizas que duran todo un trayecto. Por el contrario, no sabemos lo que repercute en la ficha cuando está a punto de entrar en el anfibio y ¡plash! Va fuera. La ránula es la única que sigue impasible.
Siempre intento edificar puentes a lagunas como lo escrito previamente. Que derroche de fuerza. Al menos, cuando concluye una etapa de estudios se concede un diploma. Podrían idear algo semejante cuando se va a pique una relación. Diplomado en Paula, licenciada en Victor... anda que.

sábado, 8 de mayo de 2010

Vida


Hay algo inabarcable e indefinido que todos, en alguna que otra ocasión, nos hemos dejado inyectar en una película o novela. A lo mejor, alguien ha reparado también en que el amor del otro no se puede conocer plenamente. Uno puede ser besado, abrazado, penetrante y penetrada o aconsejado cuando la ocasión lo requiere, pero nunca logrará cerciorarse de cómo es ese sentimiento en otras personas, amigos o ciudadanos. Podrá hacerse una idea aproximada real o no, pero nunca conseguirá extirparlo de quien se deseé para examinarlo a nuestro gusto y deseo cuando plazca o se apodere de nosotros la desazón más inquisitiva. Por lo tanto, estamos sujetos a que impere un amor propio; ya que, por mucho esfuerzo que se haga en intentar palparlo y cuidarlo, el reconfortante sentimiento vive encerrado en una prisión corpórea tan autónoma como independiente a nuestro influjo.
Con esto vengo a decir que hay una idea del amor y un modo de sentirlo únicos en cada persona y hay muchos millones de habitantes en este planeta, que se pude multiplicar si en este concepto se incluye el sentir de algunos dueños hacia sus animales. Y no hablo de zoofilia.
Con lo cual, hay demasiados puntos de vista para aferrarnos al típico proceso: conocer a alguien-comprar un hogar-tener hijos-tener nietos… Probablemente, que ese sea el modelo marcado y la pauta a seguir; pero puede ser menos que eso y también más.
Si Ortega y Gasset no se refería a ello con su multiperspectivismo… entonces no sé a qué se dirige.
Aplicando una criba realista a los párrafos anteriores nos queda lo siguiente: Estamos solos aun cuando la más cálida y placentera felicidad nos rodea, seguimos siendo seres individuales. Lo mismo pasa en el otro extremo, el del sufrimiento. Cómo amputarlo de quien se desea para deshacernos de ello. Imposible.
Soportando dichas premisas construimos una vida figurada suponiendo o creyendo suponer lo que sienten parientes, compañeros y parejas. De no ser por el instinto ni por el aprendizaje estaríamos tan ciegos en esta sociedad como cualquier invidente y aún así…
Pensad que, por un momento, se nos permitiera a toda la humanidad conectarnos sensorialmente. ¿No sería una merecida, justa y labrada despedida para los ancianos? Y en cuanto a los neonatos ¿Qué mejor comienzo tras la retirada de la placenta al sentir una unión superior? Además, se podría realizar la interrelación por Na´vidad. Pero en vez de hombre a naturaleza, persona a persona.
Tal vez, el sentido de la vida sea intentar sentir lo intransferible. Doy fe de que a veces es perceptible en menor o mayor cuantía.
En este plano filosófico Calderón de la Barca escribió La vida es sueño. Y yo pregunto si la vida es cuando soñamos, ¿qué es lo que percibimos al estar despiertos?
Aquí se queda, no vaya a ser que los muebles de la casa se instalen de un brinco en el techo por aburrimiento.

sábado, 24 de abril de 2010

El sorteo

Me contaron, en cierta ocasión, que el encontrar una pareja con la que complementarse y que, a su vez, merezca la pena, era un hallazgo en la búsqueda tan complicado como el ganar la lotería. Conozco una serie de personas que encontraron esa famosa media naranja, pero les fue arrebatada de cuajo por la fría guadaña a una edad demasiado temprana.
Ante eso ¿Qué se hace? Se debe seguir viviendo, cueste lo que cueste y aunque ya no se recupere el tiempo vivido, los momentos y el fragmento de ti, que se va tras ellos… el camino es el camino y hay que recorrerlo. No estamos aquí para más.
Dicho esto, algunos han encontrado otra mitad, otros han preferido retirarse de la búsqueda centrándose en sí mismos y los hay, también, que se alimentan de migajas a falta del pan. Aunque no imagino un hueco en el alma que no se pueda volver a completar; ninguno somos indispensables o insustituibles. Es lo mejor que somos. El adjetivo sustituible es la mayor cualidad que tiene el ser humano.
Aun así, tengo amistades con las que me ha sido duro seguir sin ellas y ahora que las he recuperado… deberían llamarme con más asiduidad. Un momento, lo olvidaba. Yo tampoco soy indispensable. Que maquiavélico suena esto, que aséptico e impersonal. Pero dicen que cuanto más frio es tu procesamiento mental, menos se sufre… Demasiados puntos suspensivos llevo ya. Tal vez de las dos partes, sea la mía la que lo está haciendo mal.
La aparición del siguiente trío de ases suele ser algo insólita, pero no infrecuente: trabajo (con el correspondiente sueldo), buena salud y pareja estable. He suprimido la palabra amor por miedo de que se les venga al casco el estribillo de alguna manida letra española.
Y bueno, por poner un ejemplo de pareja narro lo que observé en el hospital no hace mucho. Había una mujer de unos treinta y cinco años. Le había sucedido algo tanto interna como externamente. Padecía algún tipo de quemadura en el rostro y su pelo, corto, estaba repleto de canas. Era como si la lava celular del cáncer la hubiera sepultado. Su novio o marido iba agarrado de la mano para pasear juntos. Ver a la una tan mal y al otro tan entero me conmovió inesperadamente. ¿Qué le pasaba a esa mujer? ¿Qué mantenía al hombre tan atento y reconfortado? ¿Cómo caminaban tan unidos si ella daba la impresión de estar ya en la otra orilla?
No sabría responder a ninguna de las preguntas. Fueron la instantánea del día en mi retina. Ninguno se percató.
Concluyo con lo que dijo un compañero: -Conservar a la pareja es lo más fácil del mundo. Con quedar de vez en cuando y besarla... La chica que más le duró fueron seis meses. Cortó él.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿De aquí a la vicaria?


Harto de leer las memeces pastelosas en el blog de una chica que conozco, he decidido comentar la situación amorosa genérica actual. No se crean que esté en posición de criticar tal abstracción sensorial, cuando no soy un ejemplo a seguir en los temas así. De sobra es sabida mi tentación por probarme las camisas de once varas.
La vaina trae su enjundia. Para empezar a hablar de algo tan peculiar como el amor hay que haberlo recibido antes paternal y maternalmente. Aun así, los tiempos han cambiado. Con el amor infundido e insuflado desde nuestros progenitores, estamos reconfigurando la sociedad hacia otros intereses. Antes uno iría al servicio militar con unas ganas bárbaras de concluir, casarse, tener el piso y un par de pequeñajos arañándote el parqué. Ahora no. Tu piso es el coche porque independizarte es un cuento de hadas a la altura de los más afortunados o adinerados. Lo de casarse queda tan bonito en la telenovela que no hay motivo para ponerlo en práctica y lo de vivir en pareja…
En 2009, a pesar de la crisis económica, se registraron una media de 357 rupturas diarias aunque se redujo en un 7,24% la media. En 2008 el Consejo General del Poder Judicial contabilizó 96.500 separaciones. Estos datos no muestran las desavenencias en las parejas que no llegan ni a la puerta del juzgado o al portón de la iglesia. El dato más alarmante recogido por el INE (Instituto Nacional de Estadística) registra que, gracias a la ley que se aprobó para que pudiera haber divorcio sin separación previa, el incremento de anulaciones matrimoniales aumentó hasta un 74,3% en 2006. Sé el porqué de esas rupturas (infidelidades, disputas, malos tratos, cada vez aguantamos menos, la vida en pareja ya no parece tan vital…). Cuando alguien pregunta los motivos por los que una pareja sigue en pie… puede que muy en el fondo sopese responder por el amor.
El siglo veintiuno tendrá dos variantes, pero puede que una se extienda más que la otra. Por un lado estarán las parejas estables y por otro la soledad. Cuando hablo de soledad estoy definiendo a los solteros, que pueden tener relaciones esporádicas o estables durante un determinado periodo de tiempo, pero a los que a la larga tienden a vivir solitariamente. Son las personas que cuestionan la idea romántica de que si tu pareja se arroja por un acantilado, debes ir detrás. Han aprendido que lo más importante que tienen es el vivir por y para ellos mismos. Es consecuencia directa que según ha ido fracasando la convivencia ha ido en crescendo el egoísmo.
De todos modos, me consta que los dos polos están muy igualados. Los hay que no pueden vivir solos y los que no pueden vivir con alguien. Sea como fuere, si tienen a alguien en quien pensar y así lo merezca, hagan el favor de no extraviarlo.

domingo, 11 de abril de 2010

Es cosa de dos

Las relaciones son un mundo aparte. Es un terreno donde si no se tienen las ideas claras se acaba pagando, como en otros aspectos de la vida; sólo que aquí si uno es honesto, te dejen o dejes, se puede llegar sufrir. Menos mal que una ruptura no es una hecatombe. Comenzaré con mi caso para poder criticar otros, de este modo mi criterio será algo más objetivo. ¿A qué tenemos que renunciar para ser felices? A nada. Uno tiene que ser tal y como lo concibieron, aunque debe ser hábil para ir lijando las asperezas más importantes. En el caso que queramos reconducir el caudal con un ligero meandro, será por nuestro amor propio, no porque alguien lo deseé.
En el amor (si se tiene) es vital conservar la mesura. Esto es equivalente a mantener la tranquilidad cuando te estás desangrando y dependes de un torniquete. Hay veces que te invade la calma y otras el desasosiego. Con ello me estoy refiriendo a no sobredimensionar tanto lo bueno como lo malo de la otra persona. En teoría es fácil no endiosar ni ridiculizar al otro equilibrio, pero a veces... del amor al odio dicen que hay un paso.
Su propio nombre indica que pareja es un vínculo entre dos personas. Deberíamos ser la mitad de eso, el dilema llega cuando uno de los dos se cree en posesión del 55% frente al 45%. Es de sobra conocido que los que aspiran a lo primero, en realidad pretenden obtener un 95%, en ese caso el otro miembro ya no tiene nada que hacer. Debería haber echado un órdago con anterioridad, a estas alturas ya...
Las decisiones y proyectos deben ser puestos en marcha por ambas partes. Este hecho, consagrado por la ambivalencia de dos partes, no se mide con regla, ni escuadra o cartabón, pero uno sabe cuando se ha quedado solo tirando de la cuerda. El procedimiento sería el de potenciar y expandir la libertad del otro y que este hecho sea recíproco y sin trabas. En un segundo plano, debe estar la honestidad, el respeto y las ganas de que se siga adelante.
Cuidado con los que abarrotan de bienes y concesiones al otro con el único fin de que sean devueltos. Lo idóneo es enfatizar los deseos de quien se tenga al lado sin mirar nada más. Dicho lo cual, tal vez, esté idealizando la condición humana, pero seria lo más conveniente, convincente y apropiado. Doy por supuesto que es en los peores momentos cuando tu compañero debe dejarte el hombro y la calidad de su mano o, sencillamente, estar ahí. Los que huyen en estas circunstancias estarán haciendo muchas cosas, pero no practicando un hacer en conjunto.
La envidia y los celos siempre estarán en lo más hondo de nuestra oscuridad pero debemos saber lo que aguanta el motor y saber que si el coche no está listo para conducir por valles, mejor no se metan. Hay casos donde se intenta disimular los defectos del vehículo y resaltar las virtudes, pero tu equilibrio al ser tal se acaba convirtiendo en un experto mecánico y es en ese momento donde debe de entrar en juego la mesura.
Al conocer los defectos es cuando más cuidado se debe tener si se quiere a la otra persona. Y así, hemos llegado a lo que, en la mayoría de las ocasiones, derrumba la relación.
Resulta complejo cuando es cosa de dos, así que cuando hay terceros y cuartos ya... No digo nada nuevo.