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miércoles, 24 de febrero de 2021

Fabián

Me encontraba sentado esperando en cualquier hospital, cuando la puerta de una sala contigua se abrió y una voz meliflua, pero en tono elevado, me llamó por un nombre que no era el mío: ¿Fabián? ¿Es usted Fabián? Entonces me hubiera encantado dejar el uso de mi móvil para responder que sí, que era él. Conocer así el grado de su pesadumbre en la consulta o su pronta mejoría y repunte. Hubiera entrado, frente al especialista, con cierta cojera o tos leve, para meterme mejor en el papel. Y aunque, más tarde, me hubieran descubierto por los datos de la edad o el lugar de procedencia, no me hubiera importado lo más mínimo. Habría colocado la manga de la camisa, el cuello de mi abrigo, reajustado la mascarilla para que no vieran cierto atisbo de Juan José Millás en todo esto.

A los pocos segundos un hombre desgarbado y algo despeinado entró en esa misma sala. Debía ser él. Menos mal que el desconocido no era yo, que también tengo otros problemas. Luego cerró la puerta tras de sí, y el mundo de los formalismos y la paciencia volvió a su ser. 

Ir de acompañante en un hospital es extraño. Parece como que el asunto no va con uno y no es así, en absoluto. La vida va muy en serio hasta para los temerarios, los mezquinos, los que creen dilatar el tiempo entre suspiro y suspiro. Existir es estar fuera de cualquier burladero. La arena aguarda, espera tranquila. 

Por último, fui a la máquina dispensadora, tras la esquina (siempre tienden a esconderlas). Me saqué un descafeinado o una invitación directa para ir al cuarto de baño en menos de quince minutos. No diré más. Lo bebí de un modo aséptico, como cuando uno degusta cualquier sucedáneo. Luego se me fue la cabeza pensando en la vida tan dichosa de los fruteros. Madrugaban igual que los panaderos para conseguir su mercancía, pero luego se pasaban todo el día rodeados de aromas y colores, algo impagable, de veras. 

Sin querer, volví a cruzarme con Fabián que salía de su consulta, mientras yo había retomado la compañía ficticia del teléfono móvil. Salía con una media sonrisa delatora; de esas que expulsan el mal durante cierto periodo de tiempo. Y yo, sin querer, también dibujé ese gesto. Al fin y al cabo, las buenas noticias siempre me aplacan, vengan de quien vengan. 

domingo, 29 de diciembre de 2019

Ruido

Allí estaba. En la centralita viendo algún video de Internet. Goles, partidos, futbolistas destacados. Dennis Bergkamp. Qué maravilla. 
Aquel trabajo no era malo, ninguno lo es porque de todo se aprende. Pero había que estar centrado para combatir el tedio. Hace tres años iba al norte de Madrid, a un centro de investigaciones. Mis labores consistían en ser el encargado de realizar las rondas, controlar el aparcamiento y coordinar las  visitas a las instalaciones. 
Era un edificio de cinco plantas, con muchísimos despachos y bastantes laboratorios. 
Lo peor era cuando llegaba una hora de la noche en la que se apagaban todos los automáticos y yo, acompañado únicamente de una linterna iba, planta por planta, encendiendo cada fase. 
Al principio lo cumplía con respeto, luego había días que me invadía el miedo, lo reconozco, y otros llegó a visitarme la desidia (un estado que tolero menos). Esa que consigue echar en falta algo de adrenalina, suspense, acción. 
Por supuesto. No soy Ewan McGregor en La sombra de la noche, ni lo quisiera. Donde él interpretaba a un vigilante de seguridad en un depósito de cadáveres. Claro que no. La vida no es cinematográfica. Desde luego. Menos mal. 
Aunque pasé un momento en ese lugar, que hubiera preferido evitar. Eso sí, el salario es el salario. 
Ese lapso fue el siguiente. Cuando no quedaba nadie en el edificio, cuando todos los despachos estaban vacíos, en los laboratorios solo zumbaba el runrun de las cámaras frigoríficas, el teléfono estaba tranquilo, las puertas automáticas permanecían cerradas, bloqueadas por seguridad, es decir, estaba solo en toda la instalación. Allí, a priori, no había ni Cristo.
Permanecía sentado en la recepción con el ordenador encendido, como siempre. Solía contemplar la amplia cristalera que se erguía frente a mí. Una estructura de cristal con la misma altura del edificio que mostraba la oscuridad del invierno allá fuera. Me embelesaba. Me distraía, hasta que de pronto un ruido ensordecedor casi me tiró del asiento. Duró ¿Cuánto? ¿Un segundo, dos? Cuando terminó lo primero que intenté razonar fue qué había escuchado. Aquel ruido era como cuando un altavoz suena muy grave y se distorsiona por la reverberación. ‘Altavoces’, pensé. La sala de conferencias estaba cerrada a cal y canto, con todo apagado. El único sistema de sonido preparado para ello se encontraba allí, pero no iba a revisarlo. Qué va. Lo tuve claro. Si hubiera sido una llamada de auxilio. Esto era algo bien distinto. Me armé de valor y como el estruendo vino desde mi izquierda cogí el llavero y fui puerta por puerta abriéndola, para cerciorarme de qué había sido. Actúe así hasta que el vello volvió a su ser. La dentera siempre me ha descolocado. Allí no había nada ni nadie. Tampoco era una broma pesada de algún estudiante de las prácticas que allí realizaban. 
Finalmente, decidí dejarlo estar con la tranquilidad que concede el asumir algo irracional e inexplicable. Media hora más tarde, cumplí mi horario. Días más tarde me salió otra oportunidad, que no dudé en aprovechar. Ese trabajo pasó a formar parte del pasado. A día de hoy sigo sin comprender qué fue aquello. Aunque tampoco ha de importar mucho, porque como dijo, más o menos, Groucho Marx, la vida no hay que tomarla demasiado en serio. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Cuando

Cuando en vuestro barco reine el silencio, sin tripulantes, sin arengas, durante la última batalla. Cuando sintáis que os socavan el alma con una cuchara de servir helados. Cuando os convirtáis en el Napoleón de vuestras propias miserias. El tiempo, capaz de pulir una vez aquello que fue punta, no será la salvación. Porque siempre va en contra de quien sobrevive; pónganse como se pongan.
De un tiempo a esta parte, pronto se cumplirán 10 años de aquella devastación. Iluso de mí, por pensar que solo habría una en el camino. La siguiente, sibilina, maléfica, mordiente, llegó por la espalda; algo tan suyo como ya mío..., pero reconocimos rápido su hedor. Fue más fácil de encauzar. 
Escuchen. He ido y regresado de lugares que es mejor olvidar. Contemplé un reflejo quebrado en un atardecer infinito. Sufrí lo indecible bajo los acantilados de aquellos peligrosos muros. Y aún, con todo, arañé los remos para llegar a cualquier costa. No. No me refiero a Nona, Décima y Morta. Traspapelé el sentido común, el saber estar; raciocinio, al fin y al cabo. Ahora escojo sonreír cuando vienen mal dadas, cuando se incendía el pensamiento y me pregunto ¿Adónde se encuentra la tercera, eh, adónde? Solo el silencio se cobija en mi nuca. Y este dolor de entre costillas ¿no cesa nunca mi vida, eh, no acaba? No deseo el final de los finales, ni a tiros, ni en broma. Aferrado a alzar el guante rojo, mientras disfruto levantando también el pómulo. Hablo simplemente de paz y quietud. De comer uvas. De mirarnos un segundo y ver que estamos presentes aquí y ahora. Compartir una ilusión por insignificante que parezca. Desde el filo de tus comisuras hasta la firmeza de la planta de nuestros pies. Así es.
Y perdonen si en ocasiones una marabunta parece asomar por el rabillo de mis ojos o si considero el hecho de que existan pocas prendas más horribles que una minifalda negra manchada con pelos de gato, si la tiza me produce dentera, si el ocaso se antoja único e irrepetible, si me enfado con los que más quiero porque son lo que más quiero, si no he visto Amelie y he aborrecido el azúcar blanco. 
Estos pequeños párrafos son una pequeña parte del propio anacronismo. Tan especial como el de cada uno de vosotros. Porque nadie es ideal, ni mucho menos. 
‘La vida es muy corta y muy larga’; escuché en cierta ocasión. Quizá sea por eso: unos días se pasan en un parpadeo, otros duran demasiado. Y al final, de bisabuelos a abuelos, de abuelos a padres, de padres a hijos, se transmiten las mismas ansias por dominar la supervivencia. Cuando lo bueno y lo malo nos es otorgado sin ningún control o parámetro preestablecido. La carta aleatoria o comodín también forma parte de la baraja. Toque cuando toque, pero siempre nos alcanza.

viernes, 18 de mayo de 2018

La memoria de un lápiz

En 2015 me encontré tremendamente cómodo y complacido de poder contemplar cómo una novela salía a la luz, materializándose delante de los asistentes. Por entonces, uno podía pasar por escribidor o tramoyista; realizando el mayor truco posible: concebir una historia, mejor o peor, pero con inicio-nudo-desenlace más la presencia de dos protagonistas un tanto siniestros y sórdidos, que me acompañarán allá donde vaya. Ahora, tres años y medio después, las ganas de seguir creando siguen intactas. 
No engañaré a nadie. La vitrina está hambrienta de reconocimientos, pero con encontrar una editorial decente para el siguiente libro me sentiría satisfecho. La decencia en el mundo literario (y en el de verdad, el de carne y hueso) permanece en desventaja. En este caso concreto es así porque la perspectiva de otros escritores a la hora de publicar un texto es, más o menos, bastante similar a la mía: no hay apoyo al autor ni respaldo comercial. 
Tras el auge de los creadores noveles, donde las pequeñas editoriales han visto el campo cultivado y verde, queda la supervivencia real del escritor. Donde el porcentaje de ganancia es muy bajo o la posibilidad de ampliar las presentaciones es poco menos que una lamentable utopía. Es doloroso contentarse obligatoriamente con vender ejemplares a los asistentes en un único evento. La solución tampoco ha de pasar porque el autor forme parte de la cadena de comercialización de su libro, comprándolos para venderlos más tarde, donde quiera y como pretenda. El creador no es un simple mercader que trapichea con su mejor producto, la inversión del tiempo en frases, mensajes e ideas tan laboriosas como gratificantes.
Ahora, el lápiz que sostengo entre los dedos, manejable, sencillo, ligero ¿No es la mejor herramienta que existe junto al martillo? Me invitan a reflexionar sobre todo el proceso que tendré que recorrer hasta lo venidero.
Por descontado. No pretendo ganarme el pan con lo escrito, pero una ayuda estatal, por ejemplo, entraría dentro de lo correcto (como la medida de bajar el IVA el año pasado en las bibliotecas). Aunque creo que esperar los incentivos del exterior también pueden ser muestra de debilidad o parsimonia. Mejor pongámonos a escribir, aunque todo lo demás no esté como debiera. Es mejor disponer de un cajón repleto de contenidos, a un panorama literario fructífero e inmejorable sin nada por ofrecer.

sábado, 7 de octubre de 2017

Mientras se escribe

Solo cuando la rendición me trepa por las piernas lo considero un aliciente fidedigno como para ponerse a escribir. Nanai. De pronto descarto el portatil cerrándolo con un golpe seco, hostil, frenético, casi desesperado, para darme cuenta de lo mucho que me ocupa esta labor, la de crear y transmitir, aunque, a veces, no se consiga todo a la vez (o nada en su mayoría). De todos modos y como diría Groucho Marx no hay que tomarse la vida muy en serio puesto que no saldremos vivos de ella. Y es verdad. 
Las musas o esas perversas de tal que se ríen de uno por invertir horas en construir una frase recta, como una zanja bien hecha y no un mero surco, se unen a la fiesta de ideas que monto a diario para ensamblar el bloque de letras, donde dedico parte del tiempo libre.
A veces, mientras escribo, observo a contraluz el desgaste de las teclas. Algunas permanecen prácticamente intactas conservando la pátina de polvo reveladora del poco roce de las yemas. Otras ya brillan un poco como las letras a,s,d o la e, de un modo jerárquico y de cierta petulancia como diciendo nosotras predominamos en tu castellano. Más tarde llegan las ideas banales (como si las anteriores no lo fueran). Y una de ellas es la existencia universal de una división entre todos los escritores del planeta. Los hay de corto aliento y de largo. Llevo bastante trabajando junto a los segundos, porque lo fácil, lo que llega a un posible receptor quizá sea de textos escuetos, simples, eficaces. En cualquier caso, al ser una idea intrascendente, pronto se camufla en una de gran calado y pienso que lo importante es ser leído. Todo lo demás es simple cháchara. 
Al mirar al horizonte el sol se ha escondido dejando unos contornos que pertenecen más a la noche que al día. Las musas partieron hace mucho. El sueño y el reconocimiento se instalan uno en las sienes y el otro en el pecho. La noche domina ahí afuera. Mañana, en el cruel Día de la Marmota, volveré a sentir la rendición en las perneras y una quemazón interior que no libra de nada.

domingo, 2 de abril de 2017

Un tributo

20 años de exclamaciones y comas. Un tango que emana de cada bolígrafo, lapicero o desde la propia mano de quien ha escrito aquí durante todo este tiempo.
Mientras recuerdo lo vivido, una imagen de blancura se me viene a la memoria. Al principio La buena letra creaba y se expandía desde el subsuelo, como los árboles; en un sótano al que se accedía por unas escaleras de barandilla blanca que, poco más tarde, daban a un estrecho pasillo del mismo color. Abrí la puerta, con más miedo que vergüenza, y allí estaban todos los que todavía me asaltan a veces desde el pasado, porque los otros llegaron más tarde y tomaron el relevo. Siendo el complemento y toda la suma. Yo rondaba la veintena; ellos sonreían y escuchaban por encima de la edad que nos separaba. Con distintos métodos eran capaces de generarme una envidia sana desde el punto de vista humano y literario. Ya saben eso de querer correr cuando primero se ha de andar.
Y aprendí todo lo que pude, en las idas y venidas, en algunos de mis holas y en todos mis adioses. Porque esta asociación, que todavía late tras las densas, oscuras y teatrales cortinas de estos escenarios, es una superviviente nata. Capaz de sobreponerse a las peores adversidades. La cultura es la sangre que los habita, la piel de estos merodeadores de letras que esculpen sus sentimientos por doquier. Han sabido cultivar una buena vía de escape, la literaria; como un modo de vida imperecedero y enriquecedor.
Podría dar nombres de todos los miembros que han formado parte de este camino, pero rememoro esa experiencia en la línea de la vida. Les contemplo desde la lejanía, en la distancia. Y ahora, una vez más, se agolpan las ideas con las que los vinculo: ‘vocalizar bien’, ‘leer despacio’, ‘leer mucho’, ‘para escribir hay que tirar lo que no sirve’, ‘pégate al micrófono’, ‘tranquilo’, ‘risasֹ’, ‘abrazos’, ‘aplausos’ y ‘cariño’. Valores aprendidos junto a ellos, que me han hecho crecer e ir hacia delante.
Por último, desearles que el techo de los 20 años sea el suelo de su mañana. Porque lo merecen, porque en Fuenlabrada se han labrado un surco creativo, porque quién va a ser, sino ellos, los elegidos para seguir creando el presente de la asociación. Con toda mi admiración y respeto: aquí siguen. 

domingo, 19 de febrero de 2017

¿Adónde vamos?

Caminaba por el municipio donde crecí, con la tremenda sorpresa de no reconocer los establecimientos ni tiendas que se habían abierto en los últimos años. Me entró una especie de nostalgia. Y aunque suelen decir que los lugares de la infancia son inalterables, en vez de la mirada y vida de quien regresa, no me lo creía. Entre tanto, mis inquietudes comenzaron a sembrar la alerta psicosomática. De pronto, una molestia empezó a cobrar forma. Esa especie de dolencia se hacía presente y ganaba enteros, muy adentro, bajo el entrecejo y sobre la nariz. El dolor afortunadamente no fue a más, a pesar de comprobar, cómo uno de los negocios más memorables de mi juventud, se había ido al garete también. Llevaba el cartel de la peste, digo ‘se alquila’. La guadaña económica había alcanzado ese lugar, donde el dueño fue quien, en un pasado adolescente, me grabó todos los videojuegos piratas en el instituto. Estaba perplejo por la nueva situación de su, ya extinguido, negocio o empresa. Supongo que cuando a uno le dan cierto cogotazo es mejor levantar la mirada lo antes posible; eso es lo que hice. Fue entonces cuando contemplé, con más asombro todavía, los muchos comercios, para mi gusto demasiados, portando el famoso ‘se alquila’ que tanto se ha puesto de moda. 
Es como si en medio del pasado de los caminantes y el futuro de las calles, se hubiera instalado de por medio un presente crítico, inmoral, indecente o ventajista, a la larga y en la corta. 
La jaqueca amenzaba con abrirse paso entre mi cráneo, tendones, nervios, músculos y piel. Era una verdadera jodienda subcutánea, pero lo realmente engorroso y de cierto peligro para la sociedad era esa tipografía naranja fluorescente y chillona; como diciendo: ‘Aquí estoy yo, con mi rictus mayúsculo con el fin de ser un verdadero quebradero de cabeza’. Decidí seguir adelante en mi rumbo un poco dubitativo, como quien se gira de vez en cuando para ver si alguien se estaba riendo o había una cámara oculta. En la desesperación todos los males hincan. Este del que os refiero puede ser una nueva adversidad, como tantas otras. Un problema de complicada solución para los que esperan con las manos cruzadas enfundados en trajes y corbatas. 
Los transeúntes en su día a día saben dónde fijar la mirada. Es una verdad agria, incómoda, nociva. Un pasatiempo imposible, un Scrabble con las letras predefinidas en los huecos justos o premeditados. Desde arriba sueltan los letreros; abajo se consiente el resultado.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Aún se está a tiempo

Caminaba entre el dolor ‘ajeno’de los boxes de urgencias. Un desconocido con una herida profunda en la frente, otro con la minga en la mano sin expectativas de orinar en el baño, una mujer mayor con la cabeza ida produciendo unos lamentos que, a mi entender, ya venían más de allí que de aquí... y la zorra de su hija maltratándola en público. Algo ha cambiado en esos pasillos durante los últimos años. Pero aún se está a tiempo de sostener la mano de un padre en medio de todo ese fragor y tragarse el ansia por imaginar que uno se lo echa a la espalda, antes de que llegue el verdadero enemigo con su dalle. Todavía es pronto para tomar el último trago de lo que demande el coleto en ese momento trascendental. Nunca es tarde para volver a caer y levantarse o recompensar con una mirada las buenas amistades, contemplarse a sí misma frente a la propia imagen y sentirse atractiva, comerse fugazmente la comida del plato como quien pretende devorar el mundo, erradicando todos los males con el buche lleno. Aún se está a tiempo de marcarse un pericón, rock and roll o ponerle música a vuestras escenas de vida. Ahora que vienen mal dadas o buenas (qué más da, si en los dos casos hay que relativizar y en la mayoría de ocasiones las circunstancias escapan de nuestro dominio) es el momento presente; el único instante fugaz para los sentidos es el que más huella debería dejar y ni por esas. Porque siempre se preocupan de lo perdido, pasado, y lo inalcanzable, futuro. Se vive en el pasillo de un tren que en la juventud parece interminable y cuando se llega al último vagón solo se anhela el primero, sin disfrutar siquiera de ese momento final y crucial. Pero aún se está a tiempo de cerrar temas, de sentarse a charlar, de mirarse a los ojos, de seguir creando, de ayudar al prójimo y que su felicidad sea la vuestra, pero solo de quien ustedes consideren oportuno. Porque ya decía que el trayecto acaba y su conclusión sorprende, siempre llega pronto y ese dolor suele hacerse bruno en nuestro costado. Asi que ya saben. Declárense de una vez. Minimicen las actuaciones de sus jefes sabiéndose que sin los rangos inferiores no habría mandos superiores. Arreglen sus deudas. Vayan siempre con la mejor de las tarjetas, una sonrisa. Y el mundo, tras estas fiestas les parecerá igual, pero, al menos, habrán cambiado la tendencia, el sino, la levedad de los seres humanos en su carrera por la vida.

domingo, 15 de mayo de 2016

Alien

Es un alienígena que se abrocha la chaqueta a expensas de junio, que baja por unas escaleras mecánicas a decenas de metros bajo el suelo apoyado en la goma negra deslizante para evitar que lo anodino se resquebraje en un mal tropiezo, que se mira al espejo sin ver lo que muestra...
Y también se siente un extranjero en su tierra por las nubes de humo reales (Seseña) y la que descorren los políticos, porque tratan a los ciudadanos como si fueran estofa. La Tierra no explotará jamás; hasta que reviente.
Se relame en los postres y ha encontrado las puertas a un nuevo inframundo: las pelusas del ombligo.
Inventa realidades tanto en lo que escribe como en lo que lee, porque el día a día le resulta un llaga en el alma.
Sabe regatear a la desidia rememorando canciones que su padre escuchaba para obrar de igual modo. Acodado en el suelo del salón, antes fueron los LP (retornan), ahora CD o ni eso, Internet. De ese modo no habría podido conocer nunca a grupos sudafricanos como Savuka y otras rarezas varias. Sin referencias, solo hay datos. El padre mostraba el camino y luego el primogénito inculcó al hermano.
Amigo de sus amigos (vaya redundancia) y amigo de sus enemigos, una consideración más que loable. No escatima a la hora de involucrarse con todos ellos por igual sabiendo que el tiempo es pérdida.
Se preocupa en exceso de los males de los demás, aunque sabe, a ciencia cierta, que la vida son subidas y bajadas, por lo que la importancia debe ser relativa ante todo. Permanece en el justo medio de las cosas; ahí donde los impávidos empatan con los diligentes, en veda de nadie. Del tiempo libre del que dispone permanece sentado la mayoría de las ocasiones. Un hecho que para los griegos clásicos no es ni bueno ni malo; peor sería estar tumbado y mejor permanecer de pie elaborando y creando (perdiendo el ocio, vamos).
En definitiva, un extraterrestre a lo Eduardo Mendoza, venido a menos, con el pecho henchido de porvenir para quien sabe esperar en terreno sembrado; cultivando y cultivándose como un bien de reserva, una ilusión fugaz durante el amanecer, un sueño que se atrapa.

sábado, 19 de marzo de 2016

La caja de hojalata

Abrí la caja de recuerdos y aspiré como un niño el aroma que de allí salió. Nada. Mi pituitaria se había contaminado también de nihilismo.
Habría pagado una gran suma de dinero porque hubiera escapado del cofre de los vientos una delicada esencia de los días olvidados. El primer sentido anulado; vamos con los demás. Dejé a la vista y al tacto todas mis esperanzas de socavar información oculta, guardada y en salvaguarda.  El problema de generar un cajón desastre es eso; al final nuestros recuerdos se acaban convirtiendo en materia varada y extraída de algunos lugares recónditos sepultados por la colcha de olvido.
En el interior de la lata, allá dentro, había multitud de objetos.
Lo primero que cogí (aunque sospecho que acabó por ser él quien vino a mi mano) fue un coletero de color negro. Mi mano diestra lo sujeto con mimo, mientras lo observaba con infinita curiosidad. Debía de ser una de las gomas que utilizaba para anudarme la coleta cuando era joven.
En seguida, como una polea que influye movimiento a la siguiente y esta a la de más allá, mis ojos (extensión del cerebro) recorrieron prestos todo el contenido de Pandora, y como un refusilo buscaron con rapidez y avidez algo que echarse a la memoria.
Había dos hojas, de tilo y otra de eucalipto, perfectamente conservadas o esa parecía, porque la más pequeña y delgada, al inspeccionarla, se resquebrajó en decenas de añicos entre los dedos.
No recordaba su función allá dentro. Lo mismo, de chiquillo, el viento las arrastró allí y cerré la tapadera adrede, con el único fin de recordar siempre ese momento.
Luego me detuve en un piedra, resto de otra roca, que había firmada con una frase en color azul desgastado. Dicho rotulador no debía de ser muy bueno, porque me costó descifrar el mensaje. La frase sobre su superficie prefiero no desvelarla, puesto que fue como un mazazo seco en el omóplato. Otra lástima, no saber, tampoco, el autor o autora de semejante unión de palabras.
Por supuesto, también había pendientes de aro. Tanto de plata como los de coco permanecían allí olvidados tan oscuros ya casi los primeros como los segundos. Y he de reconocer mi predilección por la plata más que el oro. Hago esta comparación porque el modo de ‘herrumbrarse’ de mi elemento químico favorito era asombroso. Como si el tiempo le mellara y con un simple trozo de tela o aclarado con bicarbonato diluyera el roce del pasado y lo devolviera al presente con su aspecto impertérrito, el de siempre, el de antes.
También había relojes. Cuatro concretamente. Desconozco mi antiguo afán por conocer el paso de las horas anclado en la muñeca. Hace años que me deshice de ese lazo. Ahora, unos sin pilas otros parados anhelando el roce de la piel humana, permanecían desamparados observándome con sus vértices oculares.
Y allí, tras colocar la tapa de latón sobre todos ellos más algunas cartas procastinadas a ser leídas en el futuro de otro momento de intimidad, decidí colocar mis recuerdos a la espera de volver a ser descubiertos y desenterrados. Ocultos, guardados y en salvaguarda... hasta que llegase el día en donde los abriera y fueran solo fragmentos descabalados de uno mismo.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Exigente por naturaleza (O cómo acabar hablando de fenómenos astrológicos)

Soy mi peor enemigo. No doy tregua. Siempre intento exprimir lo mejor que llevo dentro, tanto laboralmente como en el plano personal. Aunque he de admitir que he bajado un poco el listón de un tiempo a esta parte. Antes, cultivaba el gen militar: intentaba controlarlo todo. Y mira por dónde. Si intentas amarrar las riendas de la vida... te perderás lo mejor de ella. Dejarse llevar. Probar y equivocarse. Intentar detener ese vendaval puede que, a estas alturas, me haya costado caro (aunque cuando tomo decisiones nunca sé si me arrepentiré o no. La inseguridad se hace mar entre mis charcos). Lo bueno es aprender de los casos donde uno falla. Sonará sentencioso, pero es así.
Entre lo bueno y lo malo, tengo una facilidad innata de recordar los baches del camino. Consumo y devoro los grandes momentos, como si no hubiera nada más. Escucho todas las conversaciones y aprendo de ellas. Por ello puedo asumir con plenitud la rentabilidad de los silencios. En las distancias cortas resulto pesimista o, incluso, agorero. Pero a grandes rasgos, los que me conocen bien saben de mi vitalismo (no obstante, esa intimidad suelo reservarla del balcón para adentro. Con lo fructífera que podría ser dándole más salida). Además, antes refería lo pernicioso de ser uno mismo cuando no te queda más que eso. Tú; de principio a fin.
He buceado entre los credenciales de unos pocos, y he leído sus recomendaciones novelescas por querer sentirme igual, nunca parecido. Me gusta copiar, por qué no, lo idóneo de cada cual.
Estas palabras vienen para quitarme la ropa y llevársela bien lejos. Imagínense que ahora les escribo desnudo sentado plácidamente en el sofá. Es broma. Nunca pierdo la compostura. A veces, se me antoja, podría resultar un tanto impostor por no revelar las cartas del ser. Para qué. Para quién.
Ahora bien, créanse lo siguiente: mientras he escrito casi toda esta fruslería literaria, he de admitir que tenía la música demasiado alta, composiciones británicas de otra década incluso para amenizar mi soledad, hasta dejar de estarlo. Porque la puerta de casa suena y con ella entra mi ilusión. Sin ella soy una triste mitad mal acompasada. Una pobre figura sin lanza ni porvenir inmediato (con todo lo que ‘el aquí y el ahora’ significa).
Y mañana, vaciaremos de los bolsillos la arena sobrante de unos sueños con nostalgia marítima, cuando nadie nos espíe por las ventanas y todo esté en calma.
El rocío de la mañana, como cada día, traerá más metas, cometas, sin otro Hale-Bopp en la retina de nuestro dulce pasado.

martes, 8 de septiembre de 2015

Un dinosaurio

Acudió allí junto con dos amigos de la infancia para comprar bebidas energéticas. Cuando todavía no importaba ingerir azúcares añadidos en exceso. Adquirieron los botes de líquido venenoso y se fueron a la caja del comercio. Daniel había trabajado allí hacía seis años o más y, de vez en cuando, solía acudir a los sitios que, una vez, fueron su casa. Miró (como si todavía formara parte de aquella empresa) de arriba abajo; todo. Aunque siempre se suele escapar algún detalle mínimo e insustancial.
Recordó los hornos del pan y la bollería, el patio exterior, la sala de descanso, y de pronto se le agolparon los recuerdos de situaciones vividas.
Frases célebres de jefes y compañeros: ‘He visto cosas que no creerías’. Esta le rememoraba continuamente a Blade Runner, aunque la persona que la expresó se refería a temas lujuriosos ocurridos en la gran urbe de Madrid. Lo cual, a día de hoy, sigue sonando, un tanto, a ciencia ficción. A saber.
También recordaba a una compañera mayor que él. Un día le soltó: ‘Me recuerdas a mi hijo’. Y Daniel, sonrosado, callado, cabizbajo, no supo qué decir a sus veintipocos (aunque, con total seguridad no sabría reaccionar a tal afirmación en la actualidad). Uno no sabe cuándo le van a sacar los colores. Soflama siempre traicionera.
Así pues, los tres amigos iban a pagar los botes cuando de pronto la reconoció. Estaba ahí, enfrente, cobrando a los de delante de la fila. No recordaba su nombre, pero era ella. Mayor, con canas y coleta. La madre que un día le dijo que era similar o parecido a su hijo era la única superviviente de toda la plantilla que estaba cuando él trabajó en aquel lugar perdido de la mano de Dios. Estaba en cajas. Quién sabe si ahora se había hecho con el puesto de jefa de cajas, a saber. Se conocía todo los entresijos de los compañeros y del puesto de trabajo. Sabía de charcutería, pescadería, alimentación, reposición... era una especie en extinción, un dinosaurio de los que apenas quedaban.
Ella no le reconoció. Eso o se hizo la sueca. Pero estaba feliz, o eso parecía, sabedora de todos los trucos del oficio. Ufana en sus labores del cobro se quedó allí, mientras que Daniel abandonó el lugar. Pronto sonaron los ‘Chss’ al abrir las latas. El trasiego de lo juvenil. La puerta automática se cerró tras ellos. Dentro quedó una parte de su pasado. Lapsos siempre bien recordados y, tal vez, imperecederos por lo pronto.


martes, 17 de febrero de 2015

Tu vida a través de un VHS

Encontré las películas de mi infancia (VHS pasados a DVD) por casualidad. Limpiando el polvo en una mañana fría y gris, apática. Aunque nunca estuvieron perdidas. Sospecho, ahora que he caído en la cuenta, que la última vez que las vi pude haberlas escondido a medias. Como estaba solo decidí rememorar viejos tiempos del ayer, ahora que la vida pasa tan deprisa.
Había cinco copias distintas. Escogí la primera que me pareció y la introduje en su lector. Luego le di al Play.
En la pantalla de la televisión no tardó en aparecer Peñíscola, con su castillo de fondo, y mi hermano jugando en la orilla del mar. Bajo un cielo azul radiante alguien hacía parapente sobre el Mediterráneo. De pronto me sobresaltó una sensación profunda y decidí quitarle el audio. La gente pasaba interminablemente en dirección al agua para bañarse con la parsimonia característica de una época estival. Pronto aparecía en escena mi padre con treinta kilos menos y una apariencia que de vez en cuando ya casi he olvidado. También, próximos a mi hermano que jugaba con cubo y pala, se encontraba mi abuelo. Está fumando con una camisa desabrochada por el pecho. En seguida, acudía mi abuela también para, casi con total seguridad, comprobar que al nene, que seguía jugando, no le pasara nada. Puede que me salga del guión, pero quizá los hombres miren, y las mujeres observen. Al menos, esta es la vaga idea que se me cruzó a priori. Y si mi madre no estaba presente es porque era la que llevaba la cámara en la mano.
Yo también fui partícipe de aquellas vacaciones familiares. Tengo un primer plano con la cara embadurnada de crema, para variar. En un momento dado, papá me cogió de la mano y juntos avanzamos en la misma dirección. Pronto dejamos la arena para introducir los pies en el agua. Ahí, dejo de mirar. No sé por qué ni de qué manera me he vuelto sensible a estos metrajes personales. Tengo que apagar el televisor y dedicarme a otros menesteres, distraer el pensamiento. Con el cine de terror también me pasa, antes las veía todas y sin embargo... algo ha cambiado en mí. Sin duda. Pero ni he crecido ni me he hecho mayor, tan solo se puede llegar a afirmar que con el tiempo una pluma se puede convertir en un anzuelo en el lagrimal. El pasar de los días afila el frío metal para que cuando te distraigas en el futuro y digas: ‘¡Voy a ver, qué días aquellos!’ Vuelvas a caer en tu propia trampa. Además, el duendecillo misericordioso del tempus fugit que se oculta en estos casos es más poderoso que el que habita en nuestras fotografías. ¿Somos los mismos los supervivientes de aquel confortable núcleo? Presupongo que no. Las cámaras recogen el pasado para mostrarnos en un futuro que todas las preocupaciones que nos invadían en aquel momento, hoy, en retrospectiva, son pavesas.
Lamentablemente, creemos que lo sucedido en la actualidad es lo más grave que nos pueda pasar. Pero yo les invito a que hagan la prueba: grábense narrando su mayor problema. Luego escondan la cinta, déjenla reposar y pónganla dentro de, al menos, diez años. Entonces se darán cuenta de que salieron a flote solos; el mal no era tanto como se creía; el viento no quebró la rama y la herida hizo costra. Sí. Pero todo conlleva un precio.

domingo, 25 de enero de 2015

Otra meta conseguida

El viernes 23 de enero se cumplió otro sueño. Pude presentar mi cuarto libro, pero la primera novela (la vida y sus paradojas) Al evento estuvieron prácticamente todos los que deseaba que estuvieran y los que no pudieron asistir... bueno, se les perdona, eh. En la biblioteca municipal de Moraleja de En medio hacia mucho calor en la sala. A José Florín y a mí se nos secaba la garganta al hablar, pero no fue ningún impedimento. Era una de esas bibliotecas donde da gusto perderse. En seguida, nos vinimos arriba para presentar Buscando la nada.
El rostro de los asistentes me transmitía entusiasmo y ganas de saber qué me traía entre manos. Florín estuvo al quite y presentó muy bien, mientras que el vendedor de libros de Pura Tinta se hacía esperar. Al final la presentación podría definirse como un éxito, porque no me tembló la voz cuando hablé, porque el turno de palabras fue acertado (aunque me mojara demasiado manteniendo que no creía que los concursos literarios fueran importantes) y porque se vendieron muchos libros de lo que ojalá deseo que sea un preludio.
Y yo pregunto. Ahora qué. La editorial intuyo que se moverá para vender el producto. Ojalá lo cuelguen en Amazon para facilitar las ventas y la distribución.
Mi gente me lo está pidiendo y aún no sé qué decir. En cuanto a esto me siento un poco perdido, la verdad. Utilizaré, poco más tarde, las redes sociales para difundir los datos y demás de lo que me desvelen.
En definitiva. Me encantó firmar libros. No por el hecho del dinero recaudado, sino por lo que significa. El estar sentado frente a un público te concede un extraño halo de seguridad, de ‘mi meta se debe asimilar mucho a esto’.
Lo que esté por venir, me temo, se escapa a mi control. Y eso me deja un tanto intranquilo.
Como mantenía anteriormente, debería mandar la novela a concursos con el único fin de ganarlos y aquí es cuando sobrevuelan las inseguridades: ¿será buena? ¿ganaré? ¿podré aguantar las críticas desfavorables, la pequeña derrota al fin y al cabo?
Muchas incógnitas se desvelarán con el paso del tiempo. Tanto las buenas como las menos buenas (nunca malas del todo) y lo que tenga que ser, será. 
Como dicen ya solo queda plantar un árbol y tener un hijo. Entretanto, me pondré a escribir para la siguiente... a ver si cuajo algo bueno.
No se olviden que para mi la mayor recompensa fue el reunir a tantos allegados y tan buenos. Fue una victoria, una ascensión a la nube de las letras, una llamarada que avivó mi ego en plena victoria.
Ahora, que de aquello hace dos días, solo puedo echar la vista atrás y regocijarme ante el hecho de que me atreví a hablar un poco en público y dejar en evidencia, que lo mío, por testarudez y bemoles, debe ser la escritura.

domingo, 26 de octubre de 2014

De nuevo el dentista

Cuando se va al dentista son días oscuros por mucho que se esté mentalizado de que acudimos a sufrir. Mi situación no era distinta, a pesar de todas las veces que ya he ido. Esperé veinte minutos desesperando un poco. Esta vez me acompañaba mi hermano que a su vez iba con la tablet bajo el brazo para poder leer en mi ausencia.
En seguida, notamos que no hay aire acondicionado, en este Veranillo de San Miguel tan prolongado, ya casi a destiempo para estar en Noviembre.
Al nombrarme entro en la sala y me percato de que el hilo musical está muy alto. No solo eso, sino que la música, desde mi punto de vista, estaba mal elegida. Así que, diez minutos más tarde, me abren la encía y me insertan un implante en la mandíbula, mientras se oye: ‘A ella le gusta la gasolina/dale más gasolina’. El sudor perla mi frente y se desliza por mi espalda. Clara, que así se llama el ángel que opera, tiene los ojos oscuros y unas manos que seccionan, aprietan y cosen con precisión. Al cabo de un rato, al ver mi estado sudoroso me pregunta que si estoy bien. Yo emito un sonido equivalente a un ‘por supuesto’.
Están terminando a ritmo de reggaetón mientras hablan de que ojalá les toque la lotería. Me vuelven a preguntar sobre lo que opino al respecto. Los dentistas pasan por alto que uno no puede hablar por tener la boca desencajada, repleta entre un tubo succionador, un algodoncillo y el bisturí. Entrecierro los ojos. Estos hacen de comunicadores cuando no se puede hablar. Los entrecierro para asentir o para decirles ‘acabad, por Dios’. Cuando me cosen con cuatro puntos se oía ‘Vivir así es morir de amor’. El tubo extractor, succiona saliva y sangre en una mezcla que para cualquiera sería digna de un leve mareo, a mí me gusta observar, hay quien cierra los ojos en la consulta, yo no. De todos modos me encuentro alterado por las melodías y por la incomodidad del respaldo que intenta recoger mi espalda sudorosa. La intervención no es más de veinte minutos, pero se hacen inevitablemente largos.
Al concluir me dan una hoja de indicaciones de higiene. Clara me recomienda Ibuprofeno cada ocho horas. Avisa que saldrá flemón. Luego me marcho con la próxima cita en la mano. La música sigue alta y desentonando. Los demás pacientes que esperan en la sala están amodorrados. Yo no. Me han taladrado la mandíbula y tengo unas ganas locas de comentarlo.

domingo, 28 de septiembre de 2014

A Inés

No sé si habrán visto ustedes la película Her donde el protagonista se dedicaba a redactar cartas personales sin conocer, en persona, al destinatario. Algo parecido me encargaron a mí para una boda y este es el resultado. He de decir que solo era un esqueleto, que habría más texto para ampliar y quitar, pero al final solo se quedó en un mini proyecto abandonado que me he apresurado en que salga presto a la luz.
Añado lo bien que me lo pasé entre sus líneas. Mientras me hacía pasar por quien no era. En esa impostura, bajo el ocasional disfraz de las letras, estuve cómodo. Esté bien o mal lo que vais a leer, al menos no os podréis quejar de la muda pesimista olvidada en esta ocasión. Dicho queda.




Cómo no. Por supuesto que juntas hacemos un buen equipo. A veces, miro la taza que me regalaste e imagino el dulce porvenir que se nos hubiera echado encima de haber seguido con la sana y productiva idea que teníamos y aún conservamos. Una puerta que, quizá, siempre aguarde entreabierta. Pero eso era el futuro.
En el pasado nos conocimos en la universidad y ahí ‘hicimos buenas migas’ como dirían nuestros abuelos. Pronto me percaté de la vitalidad y entusiasmo que desprendías. Y es que no hay problema que no se derribe con esa sonrisa que llevas siempre puesta. Te lo dicen y dirán mucho…, pero es verdad.
En la boda, parecíais la pareja idónea. Como esas dos piezas del puzle que están predestinadas a unirse y formar un dibujo perpetuo. Desde fuera, la imagen que desprendéis no solo es hermosa, sino enriquecedora en su justa medida. Confidente, bondadosa y carismática. Lo mejor de todo es que la Inés que en otro tiempo conocí se ha ido vistiendo, arropando, con la Inés que he conocido día a día. Una mujer decisiva y resolutiva que sabe lo que es caminar con los pies bien aferrados al suelo.
Y el presente aquí lo tenemos. Listo para moldearlo como queramos. Ayudando a los niños a salir pa´lante, desfondándonos en el intento, dedicándoles horas y horas a algo que nunca estará bien recompensado, se mire por donde se mire.

martes, 27 de mayo de 2014

Catalina

Se me ha olvidado tu tos, ese ruido tan tuyo que ya mi cerebro ha borrado del mapa de recuerdos. Pero aún sigues viva en mí. Desde la forma de tus pulgares hasta la profundidad de las arrugas que mostrabas. No se me borran los andares y creo que tu voz sigue reverberando en nuestros oídos. Qué bajita eras para tanto tronío.
Es cierto, la muerte entroniza a quien la padece. Contigo se marchó una generación que supo sobrevivir casi sin alimentos y caminar sobre esparto.
Debe ser que si la muerte ensalza las virtudes, la posguerra concedía galones, siempre obligados por pura supervivencia. Desgraciadamente la historia es cíclica y abuelos y nietos, sin balas de por medio, pueden estar pasando malos momentos aquí y ahora.
Contigo se va la retahíla de canciones populares  como Las cabritas de Juan Serrano y cuentos como El gato de los pies de trapo.
Quedarte sin la presencia (aunque me emancipé y eso abre una distancia) de alguien que nos educó y cuidó mientras mamá se ganaba el pan, se hace muy cuesta arriba. Demasiado para alguien con tanta imaginación como yo. Por eso te sigo soñando. No lo elijo, créeme. Me asaltas en el inconsciente riéndote a carcajadas como hacías de un tiempo a esta parte. Luego tuvo que venir el roto, el resquebrajamiento, el adiós final.
"Hay que reír, que ya lloraremos". Y reímos. Nos desternillábamos cuando me escondía y te asustaba.
Ahora he de confesarte varias hechos.
Ya no cojo el teléfono con la voz engolada del modo en que tú lo hacías con algunos familiares. Tú lo llevabas a cabo para reivindicarte, yo por seguir con la chanza.
Cuando veo a una de tus hermanas, la más parecida físicamente, me encuentro en una constante contradicción porque la quiero cerca y lejos. Aquí porque es una viva imagen tuya, allí porque no eres tú. Sé lo que significa desear la lejanía de alguien y más de un familiar, pero decido soltar ese lazo. El suyo no el tuyo. No hay peores impostores que la propia sangre.
Y pasarán los días y el mapa seguirá mostrando el camino. Porque a veces solo somos esto... el andar hacia adelante sabiendo a dónde mirar y buscar. Por eso te rememoro ahora en estas líneas. Despidiéndome, una y otra vez, con un beso en tu frente.
La enfermedad que te llevó sigue arrasando a los nuestros. Primero comienza despacio como el goteo inicial antes de la tormenta, hasta que la enfermedad pega el brinco y se multiplica; lo supiste, lo sabemos. Sin poner tierra por medio hay que seguir jugándose la sonrisa. Por eso estamos aquí. Para que prevalezca lo bueno. Las penas que se queden del balcón hacia adentro. La vida es (y seguirá siendo) un fandango.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Collejas sin ton ni son

Echando la mirada atrás me han sucedido una serie de acontecimientos peculiares que me gustaría resaltar por divertidos y porque siempre se puede aprender algo de ellos.
En cierta ocasión una profesora de lenguaje en mi instituto preguntó a voz alzada (nunca hagáis esto si hay un aguafiestas que pueda poner en tela de juicio a vuestro ídolo) qué nos parecía Imanol Arias. Con dieciséis años no sé de dónde saqué la valentía para hablar en alto y decir que me parecía un actor desfasado (No me imaginaba el indiscutible éxito de Cuéntame, eso queda claro). La profesora puso un gesto como cuando descubres el hedor de un pollo crudo en mal estado. Le pisé a su actor favorito... me cogería en lunes. Qué sé yo. Qué más da ahora.
Me retorno al año 2010 cuando en mi blog, en este mismo por el que estáis invirtiendo unos minutillos en su lectura, dediqué como un puñal una crítica a la asociación de mujeres Rosa Montero de Fuenlabrada. No lo hice con malicia y algunos compañeros de La buena letra me respaldaron por aquella acometida literaria. Recuerdo que intenté pasar a su asociación a ver Memorias de una Geisha y me ignoraron de un modo un tanto hosco y descarado. Por entonces me escribieron dos comentarios a mi texto y luego, algunas de sus miembros se dirigieron a mí para hablar de nuevo sobre lo que había escrito años más tarde incluso. Como dijo no sé quién "que hablen mal de uno, pero que hablen".
Y ya cierro mis curas de humildad con el tercer y más apoteósico rapapolvo que hice en ese mismo año. Presentando Después de la lluvia en el ayuntamiento de Fuenlabrada se me ocurrió prepararme una presentación de lo que consistía ser o no buen escritor y de lo que era o no un buen libro. Como malos ejemplos cité a Stephen King. Conté sus años y luego sus libros. Pues el genio tenía más bibliografía que cumpleaños en su haber algo que, por entonces, me pareció cínico incluso osado (luego leí Mientras escribo y entendí un poco mejor al escritor americano). El caso, es que a toro pasado no sé cómo nadie me increpó lo que estaba defendiendo. Supongo que fue por una cuestión de gustos y así lo entendió el público y porque todos sabían que era novel y levanté la empatía del tendido (vamos, de las veinte personas que fueron o así y de las que me preocupé por no aburrir en exceso).
En resumen, que de los tres patinazos narrados solo me retracto en el primero. Los Alcántara son los Alcántara a pesar de que jamás he visto un capítulo entero, pero su elaboración me parece bastante lograda y verosímil.

jueves, 1 de mayo de 2014

A Fran


Una amistad forjada hace once años nunca debería pasar desapercibida y considero que mucho menos olvidada o menospreciada. Fuimos soñadores del mañana en un campus sin biblioteca, ni libros y no miento si afirmo que los profesores estaban siempre por debajo de lo que esperábamos, excepto alguna grata sorpresa que se quedaba solo en eso… en un breve consuelo. Nos levantábamos cada mañana imaginando cómo sería nuestra vida recompensada, cuando dispusiéramos del diploma bajo el brazo, en vez del pan. Y en eso pasaron los días hasta cumplir la deliciosa “condena” de cinco años. Otros compañeros la sacaron en seis, pero ese no es tu caso. Tú eras de los que con dos días antes sacaba un examen sumamente digno. Siempre recurríamos a ti para resolver las dudas informáticas ya que, a buen ojo, supimos enseguida que nuestro amigo Fran era aplicado y responsable; lo era y lo seguirá siendo aún cuando los nuevos edificios se conviertan en algo cotidiano alrededor de donde todos nos conocimos. Hasta los eriales proliferan Fran.
¿Y ahora qué? Pues has decidido montar una empresa. Algo que requiere una madera especial, un arrojo distinto y distinguido que no todo el mundo conserva ni posee. Los emprendedores saben jugarse el tipo (y el puñetero euro) caminando hacia delante porque no tienen otra; no tenemos más que seguir andando o rodando en otros casos. Te deseo lo mejor en este aspecto laboral, ahora que hemos dado con nuestro pellejo contra la cruel definición de generación perdida. Aunque los periodistas que acuñan términos, tendencias o movimientos siempre lo hagan un poco a destiempo. Ya que de haberlo sabido antes también hubiéramos estudiado lo mismo. Lejos del masoquismo y cerca del puro empeño y la constancia. De todos modos, no perdamos la esperanza… todavía estamos a tiempo de adivinar cómo diantres se arregla un enchufe o anudar adecuadamente una corbata.
Entremedias quedan nuestros paseos por el Madrid de siempre. Subimos por la calle Atocha (o bajamos hasta Ronda de Toledo si es domingo para ver los puestecillos aunque nunca compramos nada; Álvar sí) vamos a ver tebeos, videojuegos o figuritas para ponernos los dientes largos mientras charlamos y a lo mejor nos tomamos el refresco donde Los amigos o en el bar próximo a Doña Manolita. A las tres horas, o así, regresamos a Atocha donde cada uno parte para su casa. A ti todavía te quedan unos treinta y cinco minutos de reloj, a buen ritmo, para llegar, a mí seis o siete estaciones hasta parar en Zarzaquemada. Lo siento, pero no recuerdo cuando comenzamos con todo este genuino ritual.
Escribo esto porque el 23 de abril fue tu cumpleaños y cuando leas estas frases te darás cuenta de que tendrás que habilitar un pequeño anaquel para colocar los regalos que te he ido haciendo durante estos años, casi todos libros por cierto y de deporte en su mayoría. Prometo que cuando descubra algo mejor lo conseguiré en tu sorpresa.
Sigue luchando amigo mío en este día a día que nos ha tocado vivir y yo continuaré alegrándome de tener un amigo al que considerar verdaderamente un periodista y mejor persona. Nos quedan muchas metas y paseos por materializar aunque seamos algo nostálgicos del pasado, lo mejor siempre está por venir. Y “todo está por caer” parafraseando de mala manera el chascarillo que decían nuestros sabios mayores y dándole una perspectiva positiva. Un placer, compañero.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Solo ante lo que pueda pasar

Tras mucho tiempo en el desierto del alma (parado) me han dado la posibilidad de trabajar en una empresa en la que todo va rodado; eso es lo que me gusta pensar por ser el nuevo. No diré el nombre por discreción y porque sé que algunos compañeros me siguen ya por aquí también.
Por decir, mencionar lo desengrasado que me encontraba, lo abatido, lo perdido y la cara sombría que paseaba en medio de la negrura, ese vasto paisaje solitario, como refería antes, donde la soledad laboral parece tu fiel compañera adherida a tu espinazo en un letal escorzo. Y en esas me encontraba hasta que acudí a esta entrevista en la que parecía que me estaban esperando... o eso llegué a pensar cuando salí con una felicidad interior muy bien disimulada.
No me la pude casi ni preparar puesto que me avisaron con una hora de diferencia y no sabía muy bien cómo llegar al sitio acordado, aunque eso no fue problema. Esa fue la primera señal, lo fácil que me resultó encontrarlo y es que no hay mejor manera de andar que la de dar el primer paso. La entrevista fue bien. Los entrevistadores parecían gente normal, dato relevante en el mundo laboral en el que me muevo donde te piden que seas un líder (siempre pienso que me están pidiendo que sea Cristiano Ronaldo y eso chirría) o que domines lo único que falta en tu curriculum... a saber.
El caso es que me cogieron y durante esta semana me han enseñado cómo desenvolverme en una sala que es más difícil de lo que parece. Mañana me dejarán solo, sin mi compañera, para que desempeñe funciones típicas de un auxiliar de impresión. No será fácil. El mayor enemigo que hay es uno mismo y debo ser exigente para con mi puesto si quiero que esta realidad continúe.
Todo lo que hago lleva un orden y las impresiones u hojas van numeradas en una posición. Un leve fallo me puede jugar una mala pasada, pésima si la tirada es grande y hay poco margen de solución.
Sí, mañana estaré solo, pero en medio habrá, quizá, marcas de corte, la sangre (que tantos disgustos da en algunos resultados finales al guillotinar por donde es y no por donde al cliente le gustaría), tinta seca en mis manos también secas, toda la teoría que sé y que por el paso del tiempo y el desuso he ido olvidando.
Haré lo que sea para que la oportunidad se mantenga y prolongue en lo que a mí corresponda. Lo demás no depende tanto de uno mismo, o sí, quién sabe. El hecho es que hay una ilusión, un proyecto, unas ganas tremendas de que esto funcione y no quiero ser el único que se percate de ello.
Mañana otro sol... una leve emanación de agua clara y fresca en el mar de tierra que nos ha tocado vivir. Con paso firme y decidido, huiré en el futuro de mis dudas para sacar lo mejor de esta experiencia.
Allí donde vuelan los sueños y se plasman documentos, entre cuatro fotocopiadoras y unas paredes se oye el resoplar del aspirante porque se juega la actividad de lo que esté por venir. Ahí es nada.