Qué es la vejez… ¡Ay! Puede ser la soledad, en medio
de cualquier estación, mientras se espera algo. Ese anhelo es incongruente
porque qué personas pueden llegar a la edad vetusta buscando todavía,
escarbando con las uñas de la incertidumbre. Los hay… claro que los hay y
habrá. Después de ti y de mí. Serán hombres y mujeres que apenas hayan mirado de
soslayo en la vida y aún así, con sus bastones, con sus achaques corporales y mentales, sentados
en un solitario banco o andén con una nube de nostalgia insertada en el iris. Se
preguntarán por Pepito y el Jesuli y paladearán, por un momento, la ausencia de
lo vivido. Porque la senectud es eso, estatuas de oro vivientes que caminan sin
saber muy bien el rumbo, o lo quieran olvidar, ya que… bueno, mejor será no
referirse a ello. También puede ser un salón repleto de seres
queridos. De copas de champán resbalando victoria y dicha. Los hay a su vez con
suerte, por supuesto, y han mostrado la suficiente entereza como para conocer a
sus nietos y también a los bisnietos. Para ello hay que tener otro ADN, de otra
galaxia porque superar la barrera de los, no digo noventa, sino ochenta es ya
una proeza extraordinaria. Ahora, la vejez también puede ser una cama de
residencia, unas manos que te duchan y que son de todo menos manos… garras que
resbalan. Luego un salón donde poder convivir con más ancianos como tú, para
escuchar cada día batallitas, en el mejor de los casos, o lamentos en el peor…
aquí los términos medios ya no cuentan porque se está en el final del camino y
las aguas templadas ya no calman. Los hay, aunque son pocos, que la longevidad,
desgraciadamente, les ha cogido entre rejas. Aquí puede haber cabida para el
lamento y la expiación, pero lejos de esto se deben de arrepentir de la vida
que no han vivido, maldiciendo al estado en todas sus bases, contrariando
siempre su condena si son culpables y también los inocentes. Pero no sé qué es ser anciano. Imagino que te debe
pesar el cuerpo, que los años se te deben enredar por todos los músculos. Que
el agarrotamiento llega también al cerebro y con lo cual al “alma” de esa
persona. Y este es el punto de unión de los sujetos que describo. Quien
conserve la mente intacta podrá llegar a donde él (y el estado) quiera. La
demás morralla solo es levedad. domingo, 28 de octubre de 2012
El final de nuestra escalera
Qué es la vejez… ¡Ay! Puede ser la soledad, en medio
de cualquier estación, mientras se espera algo. Ese anhelo es incongruente
porque qué personas pueden llegar a la edad vetusta buscando todavía,
escarbando con las uñas de la incertidumbre. Los hay… claro que los hay y
habrá. Después de ti y de mí. Serán hombres y mujeres que apenas hayan mirado de
soslayo en la vida y aún así, con sus bastones, con sus achaques corporales y mentales, sentados
en un solitario banco o andén con una nube de nostalgia insertada en el iris. Se
preguntarán por Pepito y el Jesuli y paladearán, por un momento, la ausencia de
lo vivido. Porque la senectud es eso, estatuas de oro vivientes que caminan sin
saber muy bien el rumbo, o lo quieran olvidar, ya que… bueno, mejor será no
referirse a ello. También puede ser un salón repleto de seres
queridos. De copas de champán resbalando victoria y dicha. Los hay a su vez con
suerte, por supuesto, y han mostrado la suficiente entereza como para conocer a
sus nietos y también a los bisnietos. Para ello hay que tener otro ADN, de otra
galaxia porque superar la barrera de los, no digo noventa, sino ochenta es ya
una proeza extraordinaria. Ahora, la vejez también puede ser una cama de
residencia, unas manos que te duchan y que son de todo menos manos… garras que
resbalan. Luego un salón donde poder convivir con más ancianos como tú, para
escuchar cada día batallitas, en el mejor de los casos, o lamentos en el peor…
aquí los términos medios ya no cuentan porque se está en el final del camino y
las aguas templadas ya no calman. Los hay, aunque son pocos, que la longevidad,
desgraciadamente, les ha cogido entre rejas. Aquí puede haber cabida para el
lamento y la expiación, pero lejos de esto se deben de arrepentir de la vida
que no han vivido, maldiciendo al estado en todas sus bases, contrariando
siempre su condena si son culpables y también los inocentes. Pero no sé qué es ser anciano. Imagino que te debe
pesar el cuerpo, que los años se te deben enredar por todos los músculos. Que
el agarrotamiento llega también al cerebro y con lo cual al “alma” de esa
persona. Y este es el punto de unión de los sujetos que describo. Quien
conserve la mente intacta podrá llegar a donde él (y el estado) quiera. La
demás morralla solo es levedad. viernes, 19 de octubre de 2012
Minicuento social
miércoles, 17 de octubre de 2012
Música (en clase de logopedia)
Reflexiones hospitalarias
jueves, 11 de octubre de 2012
La anunciación
lunes, 24 de septiembre de 2012
Retratos de soportal
martes, 18 de septiembre de 2012
Más frases para mi historia
jueves, 6 de septiembre de 2012
David, a secas
domingo, 26 de agosto de 2012
Mercadona y sus contratiempos
jueves, 23 de agosto de 2012
El Dcode
lunes, 23 de julio de 2012
Colisión
Lo primero que han de saber si tienen un accidente, es que pueden ser peor de lo que se imaginan, pero también mejor. No me quiero ir a los extremos de vivir o morir. Esto solo es un texto para entretener así que… armas fuera.domingo, 8 de julio de 2012
Salir vencedor tras ser vencido
miércoles, 4 de julio de 2012
Editorial curso 2012-2013
miércoles, 27 de junio de 2012
Emancipación a otro hogar
Un cuarto abandonado;
El hijo que ya se va.
Vacía descarnado,
un amor perdurará.
Así es, vino e irá.
Caminar inseguro,
su risa destemplada.
Aplazado futuro.
Ocupación fraternal,
anaqueles vaciós,
familia en el ventanal,
como drenar mi río.
La vida sin agrura,
el final sin camino,
no existe quemadura,
nos miramos tranquilos.
viernes, 22 de junio de 2012
Una mirada al pasado
sábado, 9 de junio de 2012
De bragas y desconocidos
miércoles, 30 de mayo de 2012
Primeras impresiones sobre Jesús Ayuso
Llega a la entrevista puntual, por concretar más, un minuto después de que se cerrara la puerta del bar La Concha tras de mí en la calle San Bernardo. Con una camisa de manga corta de cuadros y un pantalón oscuro no aparenta, en absoluto (aquí otros dirían el “para nada”), los setenta y un años que tiene. Posee esa figura fina de los hombres que han vivido mucho tiempo cerca del mar, pero en este caso él es de Moratilla de los Meleros (Guadalajara), donde el único agua que debe haber es la que ordinariamente sale por el grifo y quizá la de alguna fuente como adorno. jueves, 24 de mayo de 2012
El final de aquella pareja
El caso es que "casaban" bien o eso me parecía a mí, pero lo real es que había quizá demasiadas diferencias entre ellos. Y estos hechos, quiero suponer e imaginar, fueron cobrando relevancia hasta que tal vez significara algo. Pero qué importan estas conjeturas sin fundamento que tienen más de invención que de realismo, por lo que desconozco hasta qué punto es óptimo escribir sobre ello.
Por eso les veo mejor ahora. A ella con alguien tan liberal (palabra que ella empleaba) como se merece y a él a alguien tan comedido y bueno como era Juan Carlos. Dos grandes y bellas personas que sin saber cómo un día tomaron direcciones opuestas, dándose las consabidas espaldas en el típico final, que toda pareja debería de tener, asumiendo los propios errores, los planes que ya no compartirían, las visitas que ya no harían a su círculo respectivo. Pero, ya digo, un adiós no es tan malo porque te deja la puerta abierta y es ahí dónde puede aparecer alguien con quien verdaderamente merezca la pena compartir la senda del porvenir. Cínica y honestamente todavía habría que decir: ¡Gracias! pero escrito a modo de viñeta de Forges.
lunes, 14 de mayo de 2012
Yanarawi
jueves, 3 de mayo de 2012
Julio Llamazares en Fuenlabrada
lunes, 23 de abril de 2012
301 velas
Llevo unas semanas pensando en cómo dedicarme esto. Cómo poner una especie de punto seguido a una frase importante. Tal vez debería comenzar estas líneas hablando de mi orgullo. Él fue quien me dio el empujón para que una corriente de fuerza y ánimo me bañara las falanges (qué palabra tan de derechas; da igual si se cuenta desde el metacarpo o metatarso) y poder así completar, tras cinco años irregulares de escritura una media de sesenta textos por año, dato que dice a las claras lo poco que me involucré en los dos primeros en los que solo hice uno y uno; una broma vamos. Corría el año 2009 y un chispazo en el cerebro, tras muchos raciocinios de cruda realidad y duro paro, me alumbró la senda a seguir: no parar de escribir, guardando las formas y siendo acertado en lo que estaba por escribirse hasta que me cansara o se fundieran los códigos binarios entre teclado y CPU. Tras alguna que otra falta con tarjeta roja y más de un buen acierto me planté en 2010 con doscientos doce textos, algo que bueno para no hacer nada, no está mal. Esto puede venir a decir lo que para la Grecia Clásica significaba estar sentado. No está mal porque no estás tumbado sin hacer nada pero tampoco es tan productivo y laborioso como estar de pie. Eso decía el prólogo de La República. miércoles, 18 de abril de 2012
El final
Aquella tarde, el banco, su banco, está plagado de niños con las madres. En aquel parque junto a la iglesia del pueblo, alejado de casi todo no se explica qué hacía tanto número de críos ahí sentado, de pronto junto a él. Por un momento, se ve tentado de apartarlos levemente con su bastón, pero Aurelio decide, no sin pensarlo varias veces, cambiarse de banco e irse a los que colindan con el quiosco y la carretera. Algo que no había hecho… nunca.
Desde esa posición la torre eclesiástica se ve ligeramente desde otra perspectiva más lejana pero igual de omnipresente. Ella seguiría ahí cuando él se fuera.
Entonces, cuando le esta asaltando una especie de honda melancolía, Arturo sale de su quiosco para entregarle como siempre el periódico del día anterior.
—¿Cómo estás Aurelio?
—Aquí sentado, que me he tenido que cambiar de sitio por unos críos.
—No pasa nada hombre, que todos los bancos son iguales.
—Ya pero ese me gusta especialmente. Sabes que prefiero el de madera que te comento a los de piedra.
—Bueno, hombre, bueno. En tu periódico no pone nada interesante, tan solo lo de Don Juan Carlos —dice Arturo rascándose la nuca.
—En realidad he salido de casa por eso solo. Por ver qué dicen de él, o qué han dicho, porque ya es pasado.
—¿Por qué no compras la prensa diariamente?
—Porque me la regalas tú en el modo que lo hacemos ahora y porque por las tardes, que es cuando me gusta salir, las noticias impresas ya son pasadas casi. Viene a significar lo mismo que comprarse un periódico por la noche.
—Pss, será.
Y luego Aurelio se va a su mundo de El Mundo y llega a la conclusión leyendo las noticias y el editorial que hasta ser Rey va a ser difícil ya. Porque una buena parte de la opinión pública está en su contra. ¿Y qué era eso para alguien con inmunidad?
Sea como fuere se devora en un santiamén el periódico en el orden que le gustaba. Siempre con las mismas costumbres, siempre lo mismo, se repite para el cuello de su camisa, algo descolorida de tanto lavarla, durante demasiado tiempo quizá.
Así que se marcha y cuando ve que ya no hay nadie en su banco, se sienta un poco. Las vecinas lo llaman “el viejo Kant” porque siempre pasaba por los mismos sitios a la misma hora. A las seis menos veinte si miras al parque allí lo tienes y a menos cuarto, y a menos diez y si supieran todo lo que les queda por observarle, porque en ese banco murió su mujer hace ya diez años y porque, en esta ocasión, el olvido, al menos el suyo, no haría de entierro. Y donde lo único que va a hacer es ir todas las tardes a su sitio funesto y tan hogareño. Cuatro tablones de madera, tornillos y los soportes en hierro. Por las tardes no quiere nada más. Solo sentarse ahí y esperar el momento. Aunque si ese final se produce en el mismo sitio que su esposa, comprometería a Arturo que solía mirarlo desde su quiosco. Le imagina socorriéndole cruzando la calle y por eso preferiría marcharse en otro lugar, tal vez en la mañana de su solitaria casa, aunque como eso no se elige si ha de ser de un modo natural. En aquel salón con un brasero inoperativo hasta que regresara el frío tampoco era mal sitio. La única diferencia que hay entre ella y él es que tuvo una esquela. Y ahora nadie recodará a Aurelio. Tampoco un simple y estúpido recordatorio te asegura más gloria una vez que ya no se está, pero era un buen cierre. Pensó en lo mal que se siente ya en su casa y preferiría no ir más. Esto lo piensa cada día cuando le toca regresar. Siempre el mismo procedimiento, levantarse y mirar el respaldo. Se había convertido en una manía. Arturo se lo tiene dicho, pero no hay manera de abandonar el hábito del frío y amargo recuerdo.
Así, se aleja de aquel sacro lugar para esconderse, momentáneamente, en su casa. Mañana volvería con la escusa de leer la prensa caduca y engañarse, un poco más, a sí mismo.
viernes, 13 de abril de 2012
Home
Como muy bien narra Salma Hayek en Home la situación por la que transcurrimos no es la más idónea desde que estamos aquí los seres humanos. Lamentablemente esto es debido, en parte, a que las primeras potencias mundiales no firman una reducción de gases invernadero con la puesta en marcha del protocolo de Kioto. No solo Estados Unidos y China lo están incumpliendo, sino que además no fomentan un buen ejemplo ni un clima cooperativo para con la ayuda medioambiental. Otros puntos a tratar son que la mitad de los países pobres son ricos en recursos. Esto quiere decir que podrían desarrollar algunas herramientas para salir del “pozo” en el que están metidos. Aquí no estaría de más hablar de lo que se suele llamar “brecha digital”; donde los países ricos tienen cada vez más recursos informáticos y los pobres menos. También habría que hacer mención a los datos que se pueden ver en Home como el hecho de que el 20% de los hombres consuma más del 80% de los recursos. Esto quiere decir que con poca cantidad de personas se gastan demasiadas materias primas terrestres en la consecución de cualquier fin. Lo que resulta altamente vergonzoso es la cuestión de que los gastos militares sean doce veces más altos que los del desarrollo. Mucha culpa de ello tiene Estados Unidos que ha ido contagiando al resto de potencias mundiales su sistema militar. Sigue habiendo en el panorama internacional un gran miedo frente a los ataques beligerantes. Me refiero al caso actual de Corea del Norte con los misiles de Pyongyang. Las potencias mundiales entran en conflictos absurdos desatendiendo a los realmente necesitados. Esta inoperancia se demuestra en que cinco mil personas mueren al día por la ingesta de agua no potable. Algo se debe estar haciendo de un modo incorrecto para que un bien tan necesario y que esté en la naturaleza no llegue a todos las personas. Nada de esto tendrá su lógica si seguimos con el dato de que el 40% de las tierras cultivables están degradadas. Sin selvas no habrá oxígeno y el agua se compone, en suma medida, de ello. Lo peor que estamos haciendo es, quizá, permitir que la banquisa se reduzca un 40%. Home cumple con creces la idea de transmitir todos estos mensajes sin caer en el alarmismo porque sabe que entre otros hechos el tiempo se nos está echando encima. Lo consigue con unas imágenes muy claras y objetivas, con una buena banda sonora y una narradora eficaz.
domingo, 1 de abril de 2012
Elling
La obra de teatro Elling sorprende al espectador desde la primera frase de Carmelo Gómez (Elling) y durante toda la representación. Esto no significa que sea buena o mala pero tal vez no es lo que el público se puede esperar a primera vista e impresión. De la obra impacta todo; desde las actuaciones, hasta lo que intentan trasmitir. El papel de Kjell Bjarne, caracterizado por un camaleónico Javier Gutiérrez, está algo sorbreactuado. Y es que si hay algo complicado de interpretar debe ser la locura y aquí se exceden desde la idea base porque, como en otras muchas oportunidades, se sigue el camino de la mitificación más que de lo real. El director Andrés Lima ha pecado, tal vez, de pretencioso y ha conseguido que por ejemplo el público no sepa si el personaje de Alfons, es o no invención de Elling, ya que hay otros que sí lo son como la madre del protagonista principal que ya muerta se le aparece a modo de alucinación. Tampoco se entiende si al final la madre del personaje principal era buena o mala por un par de comentarios negativos que se dejan traslucir en la obra en boca del personaje caracterizado por Carmelo Gómez. Quizá por ese motivo Elling sienta esos problemas tras su muerte, pero no se acaba de entender completamente. La escenografía corre a cargo de Beatriz San Juan y Almudena Bautista. Las dos son sumamente eficientes con el hecho de recrear unas habitaciones con dos simples camas estrechas, como en la de los antiguos hospitales psiquiátricos, dos sillas pequeñas de madera y una mesita de noche también del mismo material. Con ello escenifican todos los decorados que podrían combinarse y que son al menos cuatro. Sin embargo, lo que más surte efecto en la narración es la iluminación que recrea las llamadas por teléfono y algunos estados anímicos más efectivos con una simple luz que las propias interpretaciones. Secundariamente, hay otra línea de interpretación y es todo lo que van arrojando o deshaciéndose los protagonistas. Así hay restos de pizza por el escenario, perritos calientes, agua, ropa, etc. Un desorden visual muy estético para comprender como es su interior. Completan la función la actriz Rebeca Montero haciendo de embarazada y novia de Kjell, que está correcta en sus apariciones, Chema Adeva haciendo un doble papel, primero el de psicólogo Fran y luego el del poeta solitario y por último el pianista que, en muchas circunstancias y como lo refería algún actor, tocaba de más Mikhail Stuydenov, aunque eso no le quitaba mérito al músico, a pesar de que estaba escrito que fuera así. El punto más álgido y en clave de humor es el desnudo de los protagonistas para intercambiarse la ropa interior porque Kjell va a perder, por fin, la virginidad y cuando este lo está consumando se ayuda de la mano del público para sostenerse y amplificar el énfasis de la escena. En general, una obra entretenida. Quizá peque por su duración y en la recreación de la locura agravándola y yéndose al extremo de las circunstancias, pero seguro que no suele dejar indiferente a nadie tras haberla visto. viernes, 23 de marzo de 2012
Capítulo 2
Ya le hubiera gustado a César que durante su descuido mental, su olvido, hubiera habido esa figura teatral que aparecía en el largometraje de Shakespeare enamorado para que le hubiera ayudado sobre el escenario. Era un compañero de actuación cuya función consistía en recordar a los demás intérpretes el fragmento del texto necesitado. Esta figura, ya desaparecida casi por completo, se ocultaba en un hueco central delante del escenario cerca del proscenio, sin ser el foso, a un nivel inferior que los demás actores de la representación. El público permanecía expectante. La obra estaba diseñada para que todas las intervenciones, si no la mayoría estuvieran precedidas de un buen nivel de entusiasmo. De todo aquello tenía la culpa el guion como siempre en los grandes carteles del mundo del teatro y de cualquier mensaje que quiera ser transmitido a un receptor sobre cualquier medio. Carolina vio que ya debía de haber empezado a hablar con su personaje parlanchín y tontorrón, así que ni corta ni perezosa se acercó a él y le susurró al oído un par de líneas. Dicha acción fue llevada a cabo de una forma tan natural y delicada que arrancó una oleada de aplausos al público sentado plácidamente en la grada con la única preocupación de que la actuación les gustase. Cómo le había costado retener aquel texto en la memoria. Para que ahora bajo la luz de un cañón, a modo de declaración, se le nublara el pensamiento, pero no la razón. Sabía que estaba soportando una gran cantidad de estrés: si no vales para esto, puerta; le diría la empresa que organizaba todo el musical. Bailar seria fácil. La coreografía la tenía muy ensayada pero primero tenía que salir de aquel lío. No sabía cómo relajarse. Ese era su problema. Desde el estreno, aquel famoso día por entonces cuando sintió que formaba parte de una empresa por los beneficios, no había sabido cómo detenerlos. Y ya le devoraban por las noches horas antes, incluso, de irse a dormir, le estaban dando dentelladas por la espalda a modo de herpes, pero como había dicho antes ya vería cómo resolvería hoy la tarea del baile. Mientras empezó a recodar y a repetirse las frases que segundos antes le había dicho Carolina al oído para que solo él las oyera y las utilizara de pabilo para que todo el texto que vendría detrás cobrara forma a través de sus cuerdas vocales y la lengua. Al rato César se repuso ayudado, en gran parte, por la adrenalina del momento, la misma que le había jugado la mala pasada. Su actuación ya tomaba cuerpo para más tarde dar unos pasos de claqué con mayor o menor brío. Y entonces le sobrevino un ataque de ego en uno de esos momentos donde su personaje estaba detrás de una pared escuchando el diálogo de quien en ese momento le tocaba hacer de protagonista, para recordar como entrenó sus otras “facetas”. Un móvil desde la grada aconteció con su inevitable ruido molesto. Los actores seguían recitando su texto. Estaban, quizá, más concentrados que él o mejor preparados, quién sabe. Pero él no se iba a rendir tan fácilmente. Iba a estar presente en esa función hasta que colgaran el cartel de fin de representación. Con el orgullo intacto. La voluntad no se extrae de ningún folio. Por eso salió de la mendicidad. En realidad nunca dejó de trabajar pero hacía horas extra de un modo “peculiar”, en primer lugar dejó de ducharse durante un mes y lo mejor fue que nadie en la oficina tuvo el suficiente valor como para decírselo. Al decir dejar de ducharse es dejar de asearse completamente sin tocar una esponja o un jabón ni ningún cortaúñas, luego la barba le creció de un modo inapropiado para el empleo que llevaba, pero sólo el jefe le recomendó afeitarse… él fingió no oírlo. Más tarde cuando ya llevaba ese tiempo alejado de un aseo civilizado, comenzó a dormir en un cajero automático y más de una noche le tocó abandonarlo, porque la policía no lo permite, o mejor dicho los dueños de los bancos les pagan para no dejar que los indigentes descansen ahí. En esas, César, el César dormía, o lo intentaba, a ras de suelo en un cajero del BBVA en una de las calles concéntricas de Madrid, pero no muy transitada y no muy lejos de Fuencarral. El problema de elegir dormir en un sitio así es que otros mendigos que ya llevaban tiempo ahí le reclamaban su sitio, pero inexplicablemente había huecos viables entre la policía y los propios anacoretas en los que le dejaban descansar más o menos en paz. Si no estaba claro, siempre habría bancos o esquinas donde mal dormir y mal vivir. Ahora con el buen tiempo, era una labor llevadera dentro de lo que significa mal dormir para luego volver a la oficina y cambiarse a la ropa limpia, eso sí. Esto lo llevaba rigurosamente a cabo para controlar que tipo de personas abrían la sucursal. Uno se sorprendería de la cantidad de información secreta que se puede decir en las proximidades de un sin techo. Porque se ha adoptado ya esa costumbre. Al igual que frente a un vecino, un profesor o un compañero de trabajo. Personas que lamentablemente están en más alta estima que un pobre y vulgar mendigo, al que por mucho que oiga no va a transmitir nada porque salvo su círculo dañino no va a poder contarlo a nadie, pero esta vez no iba a ser como las otras. En esta ocasión, a los pies de una encargada y el jefe del banco estaba un ladrón de identidades y manipulador nato. Dispuesto a escucharlo todo: cierre, apertura, alguna cantidad si la suministraban... lo que le diera tiempo antes de que descubrieran su visibilidad y avisaran a alguien para que lo sacaran de allí por dar mala imagen al banco. Seria una mancha peligrosa, pero bajo los harapos teatrales y las mantas se ocultaba un gran maquiavélico, una auténtica y verdadera amenaza.
lunes, 19 de marzo de 2012
El espantapájaros
La luna resplandecía en el cielo rojizo de Madrid. Era uno de esos momentos de la noche, que no se solía dar demasiado, donde se encontraba enorme allá arriba. Un grandioso queso repleto de luz que hacía recordar, de vez en cuando, a los seres humanos, lo diminutos y e insignificantes que eran no por lo evidente del tamaño y las distancias siderales; si no por el hecho de no comprenderlos jamás, por mucha ciencia que hubiera. Un céfiro cálido y suave esparcía con levedad las hojas de los parques y las aceras. En cambio, las pocas que quedaban ya en las hayas y olmos permanecían aferradas a ellos con su último halito de vida otoñal. Mientras tanto, en lontananza, en un campo de Coslada se apreciaba una extraña silueta en cruz, era un espantapájaros que se mecía sin esfuerzo sobre la construcción en madera que lo sujetaba por su parte posterior. Ya apenas había de ellos, pero este, en concreto, se encontraba casi al borde de su extinción también, al estar deshilachado y desecho, pero aún estaba en pie con un sombrero de paja bien encalado a dos metros del suelo y al alcance de unos pocos que tuvieran escalera. La función era archiconocida, espantar a los mirlos, urracas y demás aves hambrientas, pero la inmovilidad era su mayor inconveniente. Aunque más de un vecino de esas tierras, le había parecido que el espantapájaros se movía. Dicha apreciación había sido afirmada en un atisbo de reojo, por lo que no se podía contrastar fehacientemente además de lo ridículo que contenía el tema. Lo que si fue demostrable, y su dueño podía dejar constancia de ello fue un día que estaba agotado de trabajar el campo cuando se sentó a recuperar el aliento, arrojando a un lado la azada. A los cinco minutos de estar sentado contemplando el cielo y los pájaros de Barajas una cigüeña se posó de repente en la cruz del muñeco “aterrador” y cuando el propio animal comprobó que el crucificado inanimado no se movía comenzó a arrancarle paja entre la camisa desabrochada. Le pareció curioso que de su herramienta humanoide saliera materia para hacer nidos. Al fin y al cabo estaba hecho de paja: de los frutos de la tierra a los frutos de la cigüeña. El hombre inmiscuido en el ciclo vital. Cuando ya se hartó de coger alzó el vuelo ante la mirada tranquila del agricultor. Pero no reparó demasiado en que su pequeña obra de arte sirviera para otros usos cuando, en verdad, lo mejor hubiera sido tal vez juntar cuatro palos con una soga y un par de trapos y listo. La camiseta de cuadros rojos y negros era de su dueño, un apuesto hombre de campo, de los que valdrían para realizar el próximo anuncio de Marlboro. Y al no saber cómo vestirlo le colocó ese atuendo. La bruma penetraba a través de su destartalado cuerpo. El enigma era cómo se mantenía todavía en la encrucijada. Parecía como si fuera a seguir enhiesto de por vida. El hombre anuncio no quería descolgarlo de su cruz pero sería ahora o nunca; en mitad de la noche. No lo quería para la siguiente temporada de cultivo. Así que cogió una escalera de cuatro peldaños y se dispuso a descolgar y tirar al viejo muñeco. No sin antes subirse hasta su misma altura y contemplarlo bien de cerca. Las estaciones le habían mermado como el frío a las aves de El Retiro, obligándolas a migrar. Ahora el humano le iba a provocar una migración definitiva: el cubo de la basura. Y ese hubiera sido su destino cuando el agricultor guapo, desabrochó su camisa aunque ya era del espantapájaros para ver lo que había allí dentro. Por alguna razón vio verdor, aunque a esas horas lo identificó como un gris oscuro, en lo que podía ser un estómago humano. Al parecer, allí habían encontrado algunas plantas el refugio y el calor idóneos. Aunque lo inexplicable era la ausencia de luz durante las horas de sol. El muñeco se había convertido sin pretenderlo en un tiesto; donde el maíz había enraizado con delicadeza. Así que decidió dejarlo ahí por la curiosidad de ver qué podía crecer de aquello de ese nudo de plantas que maduraba entre la paja seca de su cuerpo. El agricultor se había dejado llevar por las apariencias. El espantapájaros le recordó que llevaba toda la vida fijándose nada más que en lo de fuera y eso tenía un precio… la soledad del campo. Y el hombre anuncio dejó escapar una bocanada de aire entre los labios tan contagiosa como un suspiro. viernes, 16 de marzo de 2012
Cuatro estrofas de versos desencantados y desencadenados
El nombre propio que aparece pertenece al Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.
Una falla encendida antes de tiempo,
palma de una mano estrechando la nada;
padres ahogados por culpa del remo;
pirómanos de Ourense a Zarzaquemada.
Un colibrí desafiando la gravedad.
Cuerpos que gritan verdades sin lengua.
Madrid comercia con el menor de edad,
si cesa a Arturo Canalda, no hay tregua.
Y entretanto las acciones policiales,
You Tube es una televisión parcial,
la resistencia aúna tratos “especiales”.
Las fresas de hoy ya no saben a na´.
Poemarios dentro de una lata oxidada,
sentimientos que se pierden en la mar,
mensajes húmedos de marejada
quien los encuentre que los vuelva a dejar.