domingo, 28 de abril de 2013

Como en los primeros besos

Recuerdo con ternura mi primer beso y cuando digo beso no me refiero a cuando se emplea la lengua, que al principio es toda una intromisión como defiende Eloy Moreno. Para mí el primer ósculo me lo dio una chica llamada Alexandra. Estuve varios días o semanas buscándolo, haciéndomelo merecer solo igual que cuando eres un chiquillo; queria que me lo diera motu proprio sin el juego de la botella o robándoselo.
Esta chica me gustaba bastante aunque no sabría diferenciar entre mis "bastantes" de por entonces. Se me viene a la memoria que para conseguirlo decidí regalarle una flor, pero no fue comprada; en las parcelas de donde antes vivía había muchos rosales a pie de calle, así que un día  me apropié unas tijeras para cortar dicho deseo, aunque la flor comenzó a ser algo entre mis manos justo cuando le di el tajo. Dicho y hecho. Llamé a su casa, salío y se la di. Ella se sonrrojó tal y como se sonrroja uno en los prólogos a la pubertad, repleta de esa sangre joven, inexperta, esperanzadora y tierna. Luego me dio el ansiado premio en la mejilla y me supo tan bien que aquella noche dormí del tirón, como solo se puede dormir cuando uno es niño.
Pero lo que no le conté es que me gustaba, aunque el hecho de que te regalen algo así lo demuestre preferí guardarme los detalles escabrosos. No le dije tampoco que estuve seleccionando entre muchas rosas con el único pretexto de que sus púas estuvieran lo suficientemente separadas para que cuando la cojiera no se pinchara los dedos. Tardé bastante. Luego aprendí que las púas de la rosa crecen en proporción áurea, es decir que se crean simétricamente respondiendo a unos valores geométricos que suelen estar en la mayoría de las composiciones naturales que conocemos, incluido el cuerpo humano. Vamos que la que escogí era equivalente a las que descarté, pero para mí en esa edad fue todo un logro conseguir la que parecía única.
No le comenté siquiera que tuve otro contratiempo con los colores. Había rosas, blancas, amarillas... menos negra florecían de casi cualquier tonalidad. Al final de tanto dudar en la selección, escogí la roja. Ya que me involucraba que hablara el hecho antes que uno mismo, aunque no las tuve todas conmigo. Quise ser discreto hasta cuando menos hay que serlo.
Al final no hubo nada más con esta vecina. Pero siempre recuerdo extrañado los peculiares pormenores y cuidados que dediqué para lo que relato. Desconozco a su vez porque los besos iniciales se recuerdan con más viveza. La idealización de lo que se pretende es casi superior al hecho consumado. El premio fue más que suficiente, pero eso no tuvo la menor importancia. La recompensa al esfuerzo no importa, lo que si procede es el empeño, la imaginación creativa, la dedicación con la que uno cerca una idea para llevarla a cabo. Sea del tipo que sea. Al final, supongo, la vida pasa y lo que queda es el contexto y la maduración de unos hechos hilados por su circunstancia. A los que no meditan las causas y son directos en sus cometidos también se les pasa el tiempo, solo que la elaboración cambia considerablemente.
El poso de ideas es necesario aunque depende para qué factor.
Y los primeros besos son como los pétalos perennes de la memoria. Dónde mejor se puede apreciar la maduración de un sentimiento que con lo que refiero: la edad febril.

lunes, 15 de abril de 2013

Editorial mayo 2013

En este nuevo número de nuestra revista literaria contamos una vez más con escritores miembros de La Buena Letra. Divididos en versos por un lado y estrofas por otro. Y qué decir sin haberlo dicho antes. Seguimos interesados en el mundo que rodea a nuestro devenir literario. Acudimos a los cafés literarios que se celebran en el Centro Cultural Tomás y Valiente con la idea de empaparnos de lo que más nos atrae, el gusto por las letras. También, por otro lado, pretendemos hacer alguna breve pregunta al escritor famoso para ir más allá de su exposición y aprender todo lo que se pueda de tan gratos encuentros.
Este año en la Feria del Libro el tema escogido es la épica y a la mayoría se nos fue la imaginación a El Quijote, pero La Buena Letra, a buen seguro, le dará otra vuelta de tuerca y elaborará, como ya se decía en el comienzo, una revista y un recital en medio de toda esa lluvia cultural creativa y de festejo con nuestra característica caseta que estará situada en la plaza del ayuntamiento de Fuenlabrada, frente a la fuente.
Por si algunos siguen interesados en visitarnos recordar que estamos en el Centro Cultural La Paz, s/n, en Fuenlabrada, barrio de El Naranjo. Allí nos reunimos los viernes de seis y media a diez menos cuarto. También se han hecho interesantes cursos de declamación y expresión los lunes por la tarde impartidos por la compañera y de lectura los miércoles donde se escogían los ejemplares que luego acudirían al café literario para prepararlo y sacarle  mayor rendimiento. El de lectura todavía sigue impartiéndose al igual que el taller de escritura.
Aprovechen el momento tan primaveral y pasen por nuestra sede para conocernos en plena reunión si lo desean. Dicen que las musas suelen salir con el sol, así que hagan acopio de ello e inviertan en nosotros algo de su tiempo. Siempre se llevarán algo positivo.
Por último, quiero destacar el empeño y buen hacer de todos los compañeros de asociación, que como cada año están en la brecha literaria y donde se puede aprender de ellos en todos los ámbitos de la vida. A todos ellos, gracias. Nos seguiremos viendo cerca de un atril.

sábado, 13 de abril de 2013

Aburrimiento

La palabra "aburrimiento" debió de ser inventada por un niño. No cabe otra. No entra en la cabeza que un adulto quisiera resumir en dicha suma de letras algo que a su edad es impensable. Porque los hombres y mujeres mayores de edad apenas tienen tiempo de realizar sus tareas como para andar exclamando: ¡Me aburro! ¡No sé qué hacer!
Solo la mente de un chaval o chavala puede pasar por alto lo que es entretenerse en, por ejemplo, aquellos veranos que se hacían casi infinitos. Ya no sabemos lo que son las canicas, ni las chapas, ni mucho menos la rayuela (admito no haber jugado tampoco). Los nenes de hoy están al verlas venir y con mucha suerte pensarán que siendo buenas personas y teniendo un empleo digno podrán vivir en paz... se equivocan; y esta vez no seré yo quién juzgue si el razonamiento es pesimista o realista. Todos tenemos que amoldarnos al dinamismo.
Ni aplicándose al cien por cien en idiomas se puede potenciar a estas alturas el futuro. Si volviéramos atrás y completáramos esos veranos, un tanto vacíos, con cuadernillos Rubio y academía de inglés habríamos dado un paso de gigantes en dar una machada al aburrimiento, pero quizá, ya ven, hubiéramos perdido parte de la infancia, que también es formación.
El tiempo siempre te va a dar la espalda, sobre todo cuando vas transcurriendo tras él, puesto que nunca se tiene la percepción de estar sobre. Es una carrera en la que participamos descalzos y por vías secundarias; ya que el verdadero tiempo no existe, solo es una vaga percepción. De este modo opino que alcanzar un sueño es más sencillo de joven que de adulto. Los hechos lo refutarán si pensamos que cuando crecemos nos exigimos planes más competitivos y de largo alcance; en la infancia solo pretendiamos comer helados y más helados sin que un mayor nos cortara el deseo. Porque de chiquillos han de ser los padres quienes reconfiguren y planifiquen, en cierta medida, el mañana del hijo. También era lo más chachi capturar una largartija o colocar una moneda sobre un rail del tren para cuando pasara la dejara tan lisa que ya carecía de cualquier tipo de valor. Esto último no lo he realizado yo, pero al escribirlo no me creerán. Qué se yo las millones de combinaciones lúdicas que conlleva matar el tiempo.
Quizá la vida sea como un concurso de arroz con leche. Imaginaos que a todos se nos coloca en fila con la mesa desmontable de campo y los componentes característicos y necesarios para elaborar una receta del citado postre. Cada uno de los concursantes leen los ingredientes de la lista y, probablemente, a ninguno le quedará igual. Herbimos el arroz hasta que esté en su punto con cáscara de límón, luego lo sacamos y echamos canela...
Habrá quien presuma de ello y de la facilidad con que le sale el plato y otros se devanarán los sesos intentando dar con la clave del éxito con iguales medios y método. Diferentes cualidades humanas.
Volvamos a los acádémicos, miembros de la Real Academia Española,  que han introducido la palabra "aburrimiento". Les imagino debatiendo cómo mejorar la lengua española sin empeorarla. Insisto; es pura imaginación. Y tal vez les acometa un recuerdo de cuando eran críos y no sabían qué significaba invertir el tiempo, como supuestamente estén haciendo en este momento. Que el poder que han cosechado sirva para recordarnos lo que fuimos y lo que seremos en una sola coma, en un punto final; cuando el hastío les coja por sorpresa y ya tengan todo hecho y bien mirado mientras se rascan la nuca. Antes de que les sorprenda el final de una estación y el transcurso de los días venideros. Mal que pese el aburrirse significa que uno cree tenerlo todo realizado. Suena a banalidad, pero es un puntapié claro de los chiquillos al mundo adulto.
 

domingo, 31 de marzo de 2013

Ella, el resto del mundo y yo

Me gustaba enredar las yemas de mis dedos entre sus rizos, como un chiquillo. Me dejaba transportar lento al igual que el caminar de un cojo. La lámpara iluminaba lo que éramos, cuerpos desnudos, y lo que no, ropa arrugada en el suelo esparcida a su suerte. Luego ella comenzaba a hablar y su boca derramaba verdades predestinadas a mis oidos. Palabras sinceras que nos abrigaban y se hacían techo. Nadie quería ir rápido todavía. Esto era lo que debía indicar el vinilo que teniamos, "Carpe Diem", en una pared de la casa. El humor de los solteros cazamundos; no se les puede negar el resplandor de todos los buenos momentos.
Y por un momento, sobre una cama, dejo de ser juez de unos hechos para olvidar en unos instantes lo que soy. Es el cortocircuito del cerebro... tan agradable como volátil; difícil de abarcar o contener. Ella se abandona en la máxima expresión, intentando salirse de los moldes que marca la unión de dos cuerpos. Luego a la vagoneta de los sentimientos ya no le quedan más curvas ni más desniveles; llega el momento de detenerse. Es ahí cuando pienso en la soledad, en el profundo abismo que hay entre los dos, porque hasta cuando se hace el amor se puede estar solo buscando el placer individual, el autoplacer primitivo.
La felicidad dura tan poco y es tan cruel, porque para que exista debe convivir con la infelicidad y esta es más pesada e injusta que la otra, pero igual de válida; como guerra y paz o blanco y negro.
La miro... me observa... estamos tumbados. El mundo de medio lado es más mundo. La arropo. Afuera el invierno todavía golpea con fuerza los cristales de los hogares. Casas donde también habrá momentos de ternura para corazones destemplados. Luego pienso en las células que conforman la existencia y llego a la conclusión de que no vale la pena averiguar ni discernir nada. Al final todos nos iremos de aquí sin comprender por qué un plátano es un plátano y los cuerpos se atraen por inercia. Porque a veces pienso que solo somos cuerpos que van de un lado para otro, sin rumbo fijo. Cojemos el autobús hacia un curso, unos estudios, un puesto de trabajo; vamos sobre la tierra y bajo ella como párasitos; horadándola. La moralidad nos define como los animales superiores, pero sin eso, qué es el ser humano sin lo que nos hace únicos.
Por eso no sé qué responder cuando sobre su almohada me pregunta, ya extasiado, ¿en qué piensas?
Entonces la contemplo unos segundos y por unos instantes parece que todo casa, que todo va en la justa medida, que el pasito contribuyó a otro y luego a otro y al final los caminos se juntaron. Ahora es ella quien desordena mi cabello al igual que lo hacía yo en los preliminares.
A veces, todo recobra su sentido; dar-devolver-dar-devolver-dar... sin nada más. Mañana seguro que habrá otro sol que brillará igual para todos. Miles de persianas se replegarán dando la bienvenida al nuevo día, otro más de tantos. Todo sigue según la acordado.

viernes, 15 de marzo de 2013

Una vida

Solo tenemos una vida. No contamos con otra. Por lo tanto habrá que dejar de esperar más oportunidades puesto que para ser certeros hay una única y deberia ser exclusiva. El éxito y el fracaso son para los que les gusta recrearse en el anden del metro o tren. Para los del medio, los que no han sabido anudarse la corbata a tiempo, es hora de salirse del molde. Cada día importa con lo que se nos ofrece. Pliega el periódico en cuatro cuartos si puedes o déjalo en cualquier papelera. Desabróchate el cinturón o déjalo una o dos oquedades por delante. Múdate a un ático con tejado a dos aguas y susurra bellas palabras al oido que te sepa escuchar.
Parece que hay que emigrar para llenarte los bolsillos, pero debe de haber algo más detrás. Una formación sólida como las que ya no se dan.
No te lamentes. Aquel tropezón, agujero insalvable, solo fue una prueba más para comprobar tu fuerza interior. Las amistades perdidas son escalones por los que se ha de subir cuando ya no te queden fuerzas, aunque cueste, aunque la gravedad vaya también en tu contra.
Y qué más da. Qué importa una mancha de leche en el bigote, un poco de sarro, una primaveral blusa sin plachar. De qué valen los sentidos si no se intenta sacar partido a cada segundo de existencia.
Pregunten al invidente lo que daria por ver y al parado por trabajar. No comparo incomparables, ya que el ansia te mantiene despierto y se puede medir con ambos ejemplos las ganas de mejora.
Podría ser momento de revolución. Demostrar que los doctos como Rousseau confabulaban de un modo inoportuno. Ahora bien, a la hora de la verdad ¿quién es el enemigo? ¿permitirías que alguien se interpusiera entre tú y la meta?
Aquí no hay lugar para el fanatismo, tan solo para los amantes de la vida, los que siguen con el puño cerrado mientras agachan la cerviz, los que siempre tendrán el último cigarrillo esperando para fumar en paz y los que descansan en la cama de un hospital esperando la decisión de un todopoderoso licenciado en medicina.
Configura un credo hecho de ilusiones a corto plazo... de las de más vale pájaro en mano. Disponer de un manto de pedazos de pan bajo el colchón por si el mañana te guarda un deshaucio y el futuro se te desmigaja. Ten la familia tan cerca como puedas.
Deja que el viento te despeine. Comienza el ahora. Poco a poco y sin deshacer lo andado. Hay un hombre libre frente al universo. La rutina es la distorsión de lo que verdaderamente somos. Seres valiosos tras el umbral de la ocasión.

domingo, 10 de marzo de 2013

El viaje de Ícaro

Fue, tal vez, a través de sus ojos. Por ahí le penetró de lleno la quemazón de la locura. Lejos, allí afuera, reinaba un precioso sol primaveral que ayudaba a que las flores, y más tarde las hojas, germinaran completando ese paisaje tan verde, casi jovial, y repleto de esplendor, el cual parecía nuevamente olvidado de estación en estación por culpa del también perpétuo invierno.
Ícaro estaba absorto entre sus pensamientos con una idea fija y repetida hasta la extenuación. A pesar de que en los parques de su localidad era como pasear por los Campos Eliseos, él pretendía dar esquinazo a ese familiar que le obliga a tener un aseo personal diario y a salir a la calle un poco a que le diera el aire como se suele decir. Pero, ¿cómo esperar imposibles en una mente vacía o ida? Como mucho iba hasta el quiosquero y se quedaba distraido observando durante un par de minutos los colores de las cajas de los chicles Bubbaloo; así hasta que Enrique le daba los buenos días o tardes y le preguntaba qué deseaba.
"¿Tienes ya la de Caza mayor de este mes?" preguntaba Ícaro con su voz ya un poco apagada. Era seguidor de la cinegética desde bien pequeño, sin conocer de dónde le venía el gusto por las cacerías y demás rituales de las mismas. El quiosquero solo se la vendía a la madre de este por petición de la misma... quizá una medida excesiva. Siempre se teme a lo que la razón no abarca.
Después de desistir en los intentos de que le vendieran su revista predilecta volvía al hogar con la cabeza aun más gacha y ensimismado que nunca. A veces algunas personas muestran un interés inusual por los objetos. La mente se obceca de un modo primitivo en conseguir algo, sumidos en un profundo materialismo improductivo.
Había ocasiones en las que por ir distraido se pasaba de calle y luego tenía que estar otro tiempo averiguando cómo deshacer lo andado. Unas eran solo números... otras barrios enteros, pero de ello nunca se enteraba ella. De las malas malas le quedaba el móvil, que en más de una ocasión le había rendido bien su uso.
Por un momento fugaz y pasajero dejó de pensar y contempló los suaves almendros en flor, los manzanos con su blancura, como si siempre fueran a permanecer así, el rosa de los ciruelos y  fue lo suficientemente consciente para decir en voz baja: "Dónde me he metido para extraviarme aquí, cómo no me he dado cuenta antes de lo que me pierdo ante mí". Pero al rato su malestar volvió como una neblina impía que no entiende de piedad y lo volvió a distraer en su mal. Ni la nariz podía hacer su función olfativa para con los frutales, ni los ojos, el sentido vital de cada persona, repitieron esa contemplación de la belleza y dulzura, mezcla de lo sublime como bien puede ser la primavera.
Luego huyó a su casa presto con presión en el pecho y con amagos de derrumbarse. A veces las peores prisiones se encuentran en uno mismo, sea como sea. Ícaro volvió a bajar en pocas ocasiones ya que su enfermedad le acabó doblegando. Su madre años más tarde comenzó a padecer otro trastorno y ya no había nadie que la guiara. Algunos hechos ocurren sin explicación aparente, pero no hay que dejarse llevar por la derrota. El hombre puede ser el único animal que se adapte a cualquier situación. Los vencidos... una vez también fueron supervivientes.

jueves, 28 de febrero de 2013

Polis y cacos

Me sustrajeron el vehículo... los muy... y al cuarto día apareció en Móstoles. La policía me informó que mi modelo se roba con suma facilidad, aunque no saben cómo. No lo saben y tal vez no lo vayan a saber nunca.
Cuando me llamaron de la comisaria no quería comprobar el estado del automóvil, pero al verlo quedé un poco impactado. Las ruedas delanteras estaban rectas perfectamente y tenía roto el faldón delantero por su derecha. Lo abrí como me dijeron los agentes, con el cierre centralizado que todavía funcionaba correctamente... quizá lo único que iba. Lo demás, para mi asombro, parecía estar en su sitio.
La colonia de mi abuelo, el mando de la puerta de mis padres, el permiso de circulación y la tarjeta de inspección técnica; todo. Pero horas más tarde cuando otros policías cubrieron de polvo blanco el interior del coche no encontraron huellas... ahí iban a estar.
Montarse en algo propio que ha sido robado es como si desvirgaran tu estado de seguridad. Casi como si un desconocido pasara impunemente a tu casa desnudo para sentarse en el sofá a ver la tele. Además, por el modo en que dejó colocado el asiento me atrevo a decir que era una persona alta y despreocupada en que ello se supiera.
Más tarde nos percatamos que faltaban más elementos básicos.
Tampoco estaba el airbag del conductor, ni la rueda de repuesto y mucho menos, el catalizador.
Ya en el taller, y tras sufrir un poquito más con el conductor a la hora de subirlo a la grúa, me informaron sobre el uso que hacían actualmente del catalizador. En algunos casos contiene metales preciosos como oro o platino y sirve para filtrar los gases del motor. Para que el vehículo fuera como es debido tuvieron que soldarle otra pieza ya inservible y a modo de apaño con la finalidad de poderlo desplazar a donde ellos tengan ese fastuoso garaje multiusos; porque en la calle no creo que se pongan a desarrollar estas malditas fechorías.
Admito que por un momento no quise recuperar nada y a punto estuve de rezar lo que buenamente supiese para que se estrellaran y no lo contasen; no os voy a engañar. La impotencia vivida es enorme. A los políticos no les roban, al contrario te engañan también. Y si encima de la situación laboral hay estas bandas que con frialdad e irracionalidad están dispuestos a jugarte una mala pasada... nos podemos dar por fastidiados.
Luego está el papeleo del vente pa´ca y vete pa´lla, pero menos mal que creo que el seguro me puede pagar los daños. De todos modos como no arranca no se sabe lo que esconde el motor... el cerebro de mi medio de transporte es lo que más me tiene en vilo... lo demás es chapa y pintura. La palabra impunidad es la que repite mi moralidad. Porque hay casos que no acaban tan bien como el mío y ¿entonces qué? Un vehículo sustraído es más que un simple coche robado; es un fragmento de tu vida que te arrancan de cuajo sin pedir permiso. Todos estamos expuestos a ello ya que hasta en los garajes campan a sus anchas. ¿Y las viviendas? aguas pantanosas en las que prefiero no introducir ni el empeine del pie.
Por último, he de dar gracias a la policía local de Móstoles y a la empresa Aid Car, especialista en estos casos y en cuya página principal hay un video de una mujer que recupera su automóvil. Al verlo me abrió la posibilidad de creer en algo. A pesar, y hablo por mí, de dar carpetazo al caso antes de tiempo.
Y cómo no a todos mis amigos que han estado ahí con sus palabras, a la familia con su apoyo y a mi chica, todos sois el platino que guardo dentro.

viernes, 22 de febrero de 2013

Bilbao

Íbamos a vender con la casa por mochila, es decir, con la furgoneta preparada para dormir los dos. Mi padre y yo. Cuando llegamos a esta esperada ciudad algo no me acabó de encajar. Era una tarde oscura y gris; de esas donde al mirar las nubes pronostican más casi un tornado que una tormenta. Estaban apelmazadas como si en vez de agua transportaran tornillos y clavos. Su aspecto algodonado y denso parecía ser la máscara que siempre cubría en invierno el cielo de Bilbao.
En aquellos tiempos ETA todavía estaba activa y un comercial con su hijo se adentraban en el corazón geográfico del conflicto nacionalista vasco más extremo. Tuve respeto y quizá miedo. No encuentro otras palabras a cómo me sentí aquella tarde de niño por aquellas calles de silencio y donde los árboles de los parques donde jugaban los niños sufrían de cierto beriberi por la contaminación de una ciudad con pasado y presente metalúrgico e industrial.
El Nervión segmentaba la ciudad, al menos unos distritos, y pude comprobar, hasta donde alcanzaron mis ojos, que el agua del río se perdía por unas cloacas bajo la urbe. Me acordé de Venecía, que no he estado y de Londres, que por aquellos entonces tampoco y me percaté de la apariencia cosmopolita de lo que andaba contemplando.
Al caer la noche el vecindario se recogió como suele suceder en esa época del año en cualquier ciudad española y del mundo, pero nuestros estómagos rugían de hambre tras la jornada laboral. Así que fuimos a pedir un bocadillo en el primer bar que viésemos, y así hicimos. La desilusión fue amplia puesto que lo primero que busca un viajero es una sonrisa o un trato mediánamente amable... en este caso ausencia de las dos acciones. Para colmo se sorprendieron de que pidiésemos un bocadillo y añadieron que podían ponernos garbanzos entre pan y pan.
Salimos anodados de allí y pensando que había sido una broma nos fuimos a otro. Cuál fue nuestra sorpresa que más de lo mismo. En esta ocasión la camarera si parecía simpática, pero nos ofrecían pulgas, que son bocadillos que entran en una muela de las cuatro que hay en la boca sin disponer de las del juicio.
Sonreímos cortésmente y salimos de allí también. Tras ir a un tercer bar de mucha banderita y personaje siniestro, seguramente ebrio, (cuando uno lo necesita  es cuando toman el revelo las farmacias y los estancos, sin encontrar lo que realmente se busca), nos desengañamos por última vez. Así que accedimos a las pulgas: "Pónganos tres o cuatro a cada uno; bueno no, mejor saque la bandeja". Y allí estuvimos cenando en la barra de un bar más pequeño que grande rodeados del paisanaje que nos miraba con bastante indiferencia. A ver si ahora se iban a acostumbrar a ver cenar un bocadillo. Ciudades y su encanto. Todas deberían ser igual de hospitalarias.

sábado, 16 de febrero de 2013

El outsider

Estaba sentado en una mesa solitaria, aunque decir esto indicaba cierto grado de connotaciones erróneas, puesto que las mesas no pueden estar solas y sí vacías. Esto nos lleva a pensar que el solitario era una persona. Así, se encontraba en The Dinner; uno de esos restaurantes caracterizados a la americana con sus bebidas rosas, sus propios canales de televisión que emitían contenidos propios sesenteros y setenteros y la comida rápida y fácil de consumir. Un lugar afable donde The Mamas and the Papas entonaban a placer desde un tocadiscos lo que siempre ha sido y será el sueño americano. Tan pegadizo como inalcanzable.
Pero él andaba a lo suyo, en sus pensamientos. Odiaba ver comer a los demás. Su ruido desagradable al masticar la lechuga o al roer el pan; el sonido de los cubiertos cortando y pinchando sobre la cerámica le irritaba de sobremanera, por no hablar de los gestos que ponía la gente al llevarse los alimentos a la boca; siempre le resultaron obscenos, hasta los suyos propios, y en cambio, ahí estaba recluido por la estúpida idea de que era como estar en una especie de embajada alimenticia norteamericana, al igual que los restaurantes chinos se le antojaban que era como estar en el interior de la china o el Döner kebap de Turquía o de cualquier otro país de cultura musulmana. Se le figuraban ser pequeñas porciones de realidad sin moverse de su país, de una silla o mesa a medio llenar. Un buen sitio donde perderse y no ser encontrado por ninguna red social.
Luego se encendió un cigarro como si las leyes no fueran con él y aprovechó la bolsa de papel donde antes llegaron sus patatas fritas y esperó a ver qué pasaba.
Algunos desconocidos pronto comenzaron a mirarle de un modo escéptico y con algo de irritación. El encargado vino para decirle que allí estaba prohibido fumar y que si lo prefería podía salirse a las mesas de fuera donde no había inconveniente.
Entonces él, ataviado con su vestimenta negra, le respondió que no era lo mismo fumarse un cigarro al aire libre que en un interior. Para empezar alegó que el cigarrillo se consumía antes de lo esperado y que fuera, al no haber nadie, iba a estar tan solo como aquí. Su interlocutor puso cara de pocos amigos y le invitó a que lo apagara de buenas maneras. Al final accedió dando un espectáculo de aspavientos, muy a la francesa, y exclamaciones malsonantes. No había manera. Visto lo visto seguía en su país de origen. Había durado poco su traslación cultural. Al fin y al cabo no se peinaba ni como Jhonny Cash, así que lo prudente sería obedecer. Cuando el murmullo volvió a su ser, y el molesto ruido de la cubertería siguió golpeándole los odios, a poco de perder la paciencia, comenzó a escribir un poema. Las musas eran así... acudían, en ocasiones, en los peores lugares y en momentos imprevistos.
En su tinta solo brotaban palabras afiladas, abruptas, severas para un lector cualquiera. Tachones y más tachones para que al final no sacara nada productivo... y es que las musas también son así.
Más tarde pagó su cuenta sin dejar nada de propina, por supuesto. En la calle había un ligero aroma a leña quemada; su mente se trasladó a su pueblo en Ávila; extraño suceso en una calle de Madrid, pero el mundo está repleto de falsos escritores, que no llegan al éxito y que son capaces de hacer un poema de lo inexistente, recogiendo la perspectiva más sórdida de su mundo. Impregnando una servilleta impresa en colores saltones con los borrones de unos egos ahogados en nicotina. La verdad la inventan algunos para que otros se lleven la fama. Él solo quiso perderse del contexto social para poder seguir adelante. Romper las barreras de lo establecido e impuesto y quedarse al final en el punto de partida. Todo gira y vuelve a suceder... en esta alocada e indescifrable cuenta atrás.
Y mientras que el escritor volvía a su casa otra nueva idea asaltó su mente. Esta no la escribiría; sería solamente suya por unos instantes.

jueves, 7 de febrero de 2013

El alcohólico

Érase una vez un hombre sin nombre, pero con una yonquilata en la mano. Se sube al tren que va de Fuenlabrada hasta Móstoles. Dudo que haya pagado el ticket puesto que ese presupuesto también podría estar predestinado a derrocharlo en bebida. Quizá haya sido un tanto descuidado al definirlo como derroche, ya que él parece feliz y contenido, como si la vida le fuera en cada pequeño sorbo.
Y quién puede presumir más en esos lares de disfrutar al máximo cada trago que un borracho. ¿Acaso hay alguien más libre y esclavo a la vez de quien se abandona a su hedonismo?
Aunque el desconocido estaba bastante despejado y despierto como para adentrarse en la oscuridad de los que se juegan todo a un líquido etílico, se le notaba su predilección por la cerveza en el modo de sujetar la lata, apenas con resistencia y mucho esmero, como si no quisiera que se le cayera el suelo del vagón. También en cada sorbo, de poca cantidad, pero muy prolongado. Estiraba el gesto en la acción colocando los labios suavemente sobre el borde metálico; como diciendo «No te me acabes nunca por Baco».
De constitución bien formada y con ello refiero que era alto y ancho de espaldas, pero la indumentaria le delataba al ir mal combinado, por ejemplo con zapatillas de deporte blancas y vaquero subido demasiado a la cintura y aprisionado por un cinturón, aunque en él parecía correa. O su peinado que consistía en ir muy mojado y con las rayas del peine muy remarcadas. Gomina o aceite con sudor hacían bien su labor, paracer lo que era.
De pronto los de seguridad se suben al tren con nosotros. Por un momento se pronostica lo peor, que le echen al hombre por beber en ese sitio; por otro lado no hay ley que lo prohiba y así sucede. Los dos armarios pasan delante de la lata adherida a una mano conocida y no hacen nada, ni deberían hacerlo. Hace años que la Ley de vagos y maleantes dejó de ponerse en práctica. Con ella, ese desconocido no habría subido con la altanería mostrada... yonquilata en mano dispuesto a beberse el mundo.
A una anciana que pasaba por su lado se le cae el bolso y este se posa sobre su calzado blanco impoluto. Indico "posar" porque la acción no hace ni ruido. Entonces este se agacha, encorva toda la espalda para recoger con sus manos huesudas, unas garras como de rapaz, lo perteneciente a la señora mayor.
Es este momento donde el narrador del texto que aprecian es cuando recapacita; piensa que juzgar a simple vista es fiable a un 50% y que caer en ello es un tanto mediocre. De todos modos no se espera uno que el "malo" haga bien y por eso le dedico el escrito. Siempre será más fácil acusar de ladrón a alguien así antes que a otra persona que vaya vestida de traje y corbata. Uno podría optar al bolso, otro a una deuda impagada a saldo preferente.
Cuando el convoy llegó a Atocha el protagonista tiró su lata en las papeleras habilitadas para ello. Definitivamente los que viven al margen pueden marcar las distancias; sobre todo si son un ejemplo a seguir por su conducta, aunque, a priori, parezcan seres descarriados.
 

martes, 5 de febrero de 2013

La gallina

Apareció un día de invierno en mitad de la parcela, entre las matas de tomillo y los troncos absorbidos por la hiedra. Andaba resuelta y con el garbo que se le puede presuponer a una gallina salvaje; la que nunca ha comido de la mano del hombre ni de sus dispensadores metálicos.
Lo llamativo del asunto era que estaba despeluchada y algo tísica, además de pertenecer a la raza de un ave enana y con el plumaje negro como el carbón.
Aquella familia no supo saber nunca cómo el animal llegó hasta ese punto sin saber volar siquiera, pero en seguida la cogieron cariño por el afán de que algún día les pusiera huevos y porque se pudiera quedar conviviendo con ellos.
La abuela no tardó en imaginársela flotando en algún caldo apetitoso y jugoso, pero para ello debía de recubrirse más de grasa, mejorando la silueta, casi raquítica, en comparación con las demás gallinas del corral.
El ave de oscuro plumaje no solo no ganaba corpulencia sino que ponía sus huevos cuando le parecía conveniente, e incluso, en más de una ocasión, lo mellaba con su afilado pico y lo sorbía vorazmente fortificando el instinto animal, el mismo, tal vez, que le empujó a ir a aquella casa. Otras los depositaba desde lo alto de una barandilla y los óvulos sin fecundar caían desparramados al suelo y las menos se metía en el gallinero para comerse los de los demás pájaros. Era la única a la que el gallo no hacía nada y le pasaba desapercibida.
Un día puso un huevo igual de grande que los de las otras del corral. La abuela, al verlo, no pudo evitar alegrarse y regocijarse ante la frase: "Este me lo voy a comer hoy mismo". Y así fue. El reloj antiguo del salón marcaba la una y diez del mediodía cuando el aceite de oliva ya humeaba en su punto. La anciana hambrienta cascó el huevo con el filo de la sartén y para su sorpresa brotaron dos grandes yemas naranjas como dos soles.
No tardó mucho en ingerirlos con un poquito de pan tierno. No había pasado ni media hora cuando la abuela, Lorena, comenzó a sentir unos dolores estomacales que le postraron en una cama. Los hijos la quisieron llevar al hospital, pero ella era tozuda y les relajó diciendoles que remitiría en cuanto hiciese la digestión. La anciana cada vez más pálida parecía haber caido en un duermevela profundo.
Ellos preocupados no paraban de colocarle un paño humedo sobre la frente caliente para intentar rebejar el sufrimiento, sin saber que el mal ya se había diluido por su sangre.
Así, sin mejoría cayó la tarde y Lorena se había dormido para siempre. Los hijos profundamente dolidos y encolerizados rebuscaron en la basura para ver lo que había tomado ese día durante la comida. Cuando encontraron las cáscaras de huevo se armaron de dos escopetas que tenían guardadas por la cinegética para con las perdices, entraron al gallinero y como no sabían cuál de ellas había sido arremetieron contra todas. Por matar, aniquilaron hasta al gallo de unos perdigonazos en el cuello. Y es que la familia Pérez, orgullosa y ostentosa como pocas no se andaba con chiquitas a la hora de ajustar cuentas. Al final, cuando solo quedaban ellos en pie observaron a esa estúpida gallina negra de cresta caida y plumaje alborotado fuera del cobertizo picoteando la hierba verde, que todavía estaba muy baja.
«¿Y esa, qué hacemos con ella?».
«Nada. Ese estúpido ser es incapaz de poner».
De ese modo su descendencia dejó con vida a la causante de la muerte de Lorena, la dichosa, como la conocían en el pueblo.
El ave superviviente siguió picoteando por la parcela, pero nunca mejoró su aspecto. Esa no era su función. La naturaleza es muy sabía y lo que parece, en ocasiones, inofensivo bien puede acabar por ser justo y mortal. Que una gallina acabe con la máxima representante de un anquilosado clan es un designio simple y azaroso.
Desde entonces el animal ya no subía a casa como de un gato o perro se tratase y ya apenas se dejaba ver por la finca. No volvió a comer de la mano de ningún ser humano y tampoco puso más huevos. Un día desapareció como vino y nadie la echó de menos. Todo tiene un porqué, menos los sucesos misteriosos que carecen de él.
Los mayores imperios caen del mismo modo del que se han levantado.

domingo, 3 de febrero de 2013

Relatillo curioso

Este texto no es erótico ni mucho menos pornográfico. Sí que podría servir de base para un Cincuenta sombras de Grey más completo y con algo más de sentido...
Lo que van a leer no es más que otro proyecto de relato inventado en la asociación un viernes con una de esas típicas rondas donde cada uno dice una palabra, para que luego aparezca finalmente en los respectivos escritos de cada uno. Esta vez me reservo el derecho de publicar cuáles han sido esos términos. Ahí va pues.
 
Por fin vería el azul, el agua gélida de aquel mar desconocido. No era una mañana especialmente invernal, pero estaba tiritando... manos frías... pensamientos rápidos... mala señal. Resultaba un tanto extraño que estuviera destemplada en mitad de un calentamiento global.
El corsé se había quedado en el maletero perfectamente doblado en el equipaje. A David no le importaría que acudiera a la cita sin eso debajo. Nunca más vestiria uno ante él. Como doble castigo, él se estaba retrasando una vez más.
Tantas ganas de conocer el mar para luego comtemplarlo sola. Por un momento se entretuvo mirando la línea marítima que se fundía con el cielo; allá donde debía de estar la nada, sin darse cuenta de que se le estaban secando los labios. El sol, de seguir así, le acabaría dorando el rostro, pero el temblor no cesaba.
Por fin divisó, acercándose, unas piernas estilizadas. Era él. Una vez más llevaba la cremallera del pantalón sin abrochar. La de gemidos que le había generado el miembro que había allí dentro. Puede sonar perverso... gracias a esos instantes le sirvieron para no echarse atrás con los implantes de silicona, aunque ya no tenían la menor importancia. Al menos este era su parecer y eso que los pechos para la mujer son como el pene para el hombre; la insignia del poder sexual.
Venía ligeramente despeinado con seis latas de cerveza colgando en la mano. Cuando que se veían ella se preguntaba lo que habría hecho él dutante el día. Al llegar a donde estaba David la besó enérgicamente, como si nada pasara. Los labios de Matilde apenas continuaron el beso. Por un momento deseó apartarlo de un manotazo y otear las vastas y líquidas vistas que ofrecía la inmensidad del mar nunca antes contempladas.
Le empujaria por el acantilado harta de tanta presión. No olvidaba la infidelidad sufrida. Le daria otra variedad de empellón; esta vez mortal. La muerte estaria justificada como el suicidio de Alfonsina Storni. Cualquiera que muriese por amor debería ser recordado por siempre.
Ella no era tan fuerte ni decidida como para elegir deshacerse de alguien. Al subirse Matilde a su vehículo y dejar tirado a David, le pareció que estaba dejando tras de si a su propia  sombra. Él, como truhán, la iría a rondar; sin embargo a veces lo complicado es dar el paso. El mañana es uno de los mejores jueces y casi siempre concede la razón, aunque esta caiga a plomo y no sepamos apreciarla.

viernes, 1 de febrero de 2013

Matarifes y arrecifes

"No se puede acertar siempre en la vida". Por desgracia es una frase que cuando intentas analizarla estás ya a las puertas de la treintena. A pesar de ello hay una vocecilla, un tanto sesgada, que afirma rotundamente que no ha habido apenas errores y que su receptor va en la dirección idónea.
Bola de dragón y demás recuerdos de tu infancia ahora son una profunda desilusión y solo generan aburrimiento. Con lo que han sido. El gusto por los sabores también se transforma; lo que antes era intolerable ahora se toma a sorbitos y lo que antaño producía un placer para el paladar ahora solo es una carga calórica. El tiempo pasa y tus pezones también envejecen. Todo comienza a colgar. A sobrar. Por alguna razón inhumana tu mente se difiende y adapta. Prefieres ir con un macuto de diez kilos sobre tu espalda, que ponerte a dieta. Total ya eres un hombre. En teoría puedes con todo.
Se podría llegar a afirmar que hay tres etapas complicadas para un sujeto: los treinta, los cincuenta y los setenta. Los periodos entremedias bien podrían significar la plenitud... la jubilación... el climax de una vida. Estos otros que describo son la cara oculta de tu luna, el reverso de la raqueta con la que golpeamos la pelota y, por alguna razón, siempre va fuera. Yin Yang. Blanco sobre negro y viceversa.
Supongo que algo debe de haber para que el mensaje vital se recargue con tanto ruido con el paso de los años. En cierta medida es una distorsión de la interpretación ya que no es lógico que algo, en aparencia triunfal, como un programa de radio de toda la vida, de repente, por ejemplo, se haya transformado en acicate para el duermevela.
Los paisajes no varian por mucho que las constructoras hayan edificado en llano y talado árboles, lo que se modifica es el individuo. Este, a su vez, se ha modificado por el contacto con otros individuos, sus labores y experiencias.
Los amigos, siguen ahí. Ahora sus planes se han recalculado. Quieren casarse (la firmita) y procrear (la semillita). En consecuencia tu compañía varia y ya jamás volverá a ser la misma. Porque seamos claros, un hijo te debe cambiar la perspectiva de las metas y pobres metas que no cambien de perspectiva llegado el caso. Así que de pronto te ves visitando las salas de maternidad de los hospitales y cogiendo recién nacidos entre tus brazos. Piensas en si será o no ese el arrecife. El verdadero plan por el que estamos aquí. 
Qué quieren que les diga. A mi edad no he sido persona que pueda labrarse un futuro con las manos. No se anudar cuerdas, me cuesta manejar desde el martillo al taladro, y la cocina, aunque no se me dé del todo mal, tampoco es nada destacable y eso que todo lo que pasa por la sartén ya está muerto, que sino... tampoco podría. A mi edad, y aun con veinte años antes, no valgo para matar. Todavía he de dar gracias porque mi cerebro manda las señales oportunas al teclado; sin eso... no sé lo que seria.
Y esto sirve de enlace para hablar del pobre hombre que pedía en el metro sin dedos en sus miembros. Cómo se puede jugar así con la humanidad de los demás ¿Acaso le quedaba otro modo de subsistir?
Para concluir, mencionar, de refilón, la frase de que siempre hay alguien peor que tú de Calderón de la Barca. Está claro, pero no es la clave. Tampoco me quejo. Solo quiero seguir formando parte del ruido de cualquier paisaje. De ese veloz e irreconocible que sucede entre extraños mirando la ventanilla de un vagón de tren y que sobrevive gracias a la persistencia retiniana hasta pasar la oscuridad del túnel.
 

miércoles, 23 de enero de 2013

Falsedades históricas

Me resulta, simple y llanamente, ridículo la extensa, compleja e inarbacable historia de la humanidad. No, no se me ha ido la cabeza todavía, pero créanme del poco valor de un dato o hecho histórico. Para empezar decir que nunca estuvimos presentes en el levantamiento de las pirámides egipcias, así que no se puede sacar conjeturas al respecto, por mucho que veinte licenciados en Harvard pasen sus días investigando y realizando informes. Para mí no tiene ningún valor algo que es improbable y poco demostrable empíricamente como es la contrastación de los datos en el proceso de la humanidad.
¿De verdad se creen el alunizaje de 1969 efectuado por el Apolo XI? Pues bien, seré como ellos, los historiadores de barba espesa, ni diré que sí ni no. Lo mismo sucede con el asesinato de John Fitzgerald Kennedy. A saber. Que si la bala salió desde la ventana. Que si rebotó tres veces y por ello no se puede calcular el ángulo desde el que la posta salió disparada...
Seamos prácticos. A la hora de ir a comprar el pan no sabemos ni la procedencia de esta. Con algo tan simple ¿cómo pretendemos abarcar cualquier hecho repleto de la mayor subjetividad?
Para mayor ironía de la vida, aunque bien puede pasar por un grotesco sarcasmo, existe el merchandaising de la historia. Quién no ha visto por la calle a alguien que llevaba la camiseta de Ernesto Guevara. Esa en la que aparece su rostro en blanco resaltado por el fondo negro. Pues bien. De acuerdo en que según algunos historiadores ese hombre podría ser uno de los mayores símbolos revolucionarios, pero no me creo que sea un modelo a seguir puesto que nadie, ni siquiera un familiar cercano o su madre podría relatar con extrema exactitud lo que, a grandes rasgos, es la verdadera historia del Che. Tampoco debería estar exento de alguna maldad digna de mención y que no se haya dicho; como bien suele suceder puesto que nadie en su sano juicio relataría en su contra. Y aquí es donde aparecen las autobiografías.
Puede que sea verdad que estos documentos sean puramente falsos. En su mayoría están decorados y disimulados hasta el más mínimo detalle. Eso de por sí; ahora están los casos descarados como el de Ana Rosa Quintana, que contrató a alguien para que le escribiera su retrato biográfico, su mayor mentira en cuanto a difusión o el de Lance Armstrong. Me estoy refiriendo a personajes con una imagen muy marcada en la opinión pública. Bien sea por ganar siete tours o por presentar un programa de televisión que ven miles de espectadores. Perdonen la comparación, pero a mi modo de ver los dos han mentido de un modo descarado. Y los críticos literarios que afirman que las autobiografías suelen ser falseadas también puede ser falso, pero mucho más creible que una de tantas verdades edulcoradas.
Digamos que nos hemos acostumbrado a tolerar esas mentiras. Ese engaño misántropo se ha convertido en un mero guiño de aceptación.
Nadie, en su sano juicio, se marcharía al Tibet para desmentir la procedencia de sus riquezas arquitectónicas y artísticas; pero esto nos empuja y obliga a aceptar lo que han dicho los expertos en cuanto a esa materia se refiere. Ante tanto sabio, ante tanto sacerdote del pasado... decirles que como Aristóteles no habrá dos. Por lo tanto bien valdría se pusieran a estudiar ya cómo salir de una crisis en vez de lo que extinguió a los dinosaurios. En tanto en cuanto quedará el National Geographic y el canal de historia así nos entretenernos de vez en cuando. Pero, por favor, no se dejen engañar por la extensa relatividad de los hechos contrastados por vayan a saber qué finalidad e intenciones. Puede que una de las mayores condenas del hombre sea no saber nunca la plena certeza de algo.

viernes, 18 de enero de 2013

En días como hoy

Estaba solo. Se sentía solo. La soledad puede ser un gran contratiempo cuando no es buscada. Por las calles soplaba un viento enfatizante de la sensación térmica que erizaba el vello de la piel...; mejor estar refugiado, a buen resguardo. Al fin y al cabo era eso o estar semioculto sin más compañía que sus libros mohosos y sus bolígrafos inservibles por no emplearse. ¿A quién escribir? ¿Qué hacer si ya había ordenado todo su hogar?
Demasiadas preguntas comenzaban a trepar por la epiglotis de su alma para ser formuladas en su interior, dentro de su pensamiento, en el origen profundo de todos sus problemas.
Qué día tan gris. Los esquimales podían distinguir hasta treinta tonos de blanco o eso dicen. Hoy el cielo parece de ese tono, pero no entendía porque para él le resultaba plomizo un firmamento tan encapotado e industrial. Demasiados días nublados estaba demostrado psicológicamente que no eran sanos.
Se asomó por las ventanas para ver cómo actuaban los transeúntes. La mayoría iban adheridos cubriéndose entre sus bufandas, gorros y guantes. Si supieran que, en realidad, estaban a doce grados de temperatura quizá no tendrían tanto frío. No importa. Pensó que todavía no habían sido estudiadas a fondo las repercusiones de un cielo apagado.
Y fue entonces cuando un recuerdo comenzó a asomarle, a acumularsele, como las pelusas en los rincones, tras sus ojos; el lugar imaginario para él donde se agolpaban las ideas. Su bello y grandioso mundo de las ideas.
Recordó cómo aprendió a disntigur los colores; fue gracias a los vehículos que iban pasando por la carretera y se veían tras la ventana de un noveno piso.
Ahora ya no le quedaba mucha paciencia para aprender. Atrás quedaron los tiempos universitarios, que tanto esfuerzo requirieron.
Otro recuerdo le sobrevino. Este no era tan lejano. Recordó la historia de esa vecina que para entretenerse en su soledad cogía cáscaras de huevo, patata o fruta, las introducía en un paquete y más tarde, con todo el esmero y cuidado, la envolvía  como si fuera un regalo con lacito y todo; a ser posible rojo o rosa. A continuación, la bajaba a la acera y la depositaba allí manteniendo la cautela de que nadie la viera colocarlo. Al rato subía nerviosa por las escaleras y su única misión era observar cómo los transeúntes actuaban con el regalo. Los había que se giraban desconfiados para golpear con levedad el objeto deseado. A todos nos gustaría toparnos con un regalo extraviado, ¿Quién no ha soñado alguna vez que se encuentra monedas o billetes?
Pero los sueños, solo son eso. Cuando alguno destapaba el don con prisa de no ser visto, como movido por una curiosidad inhumana, y veía lo que aguardaba en su interior, lo arrojaban con furia al suelo, al percatarse de la cruel chanza.
Y tal vez la soledad sea eso. Una amalgama inconexa de recuerdos que vienen a la memoría desde atrás, desde el fondo de las cuencas para dotar a los malos momentos con divertidos fragmentos de toda una vida... en el mejor de los casos.
Luego el espía volvió a los libros y apuntes. Intentando hallar la solución a su incertidumbre.

sábado, 12 de enero de 2013

Por cambiar de ruta

El joven Rafael, Rafita de diecinueve años, conocía aquel vasto paisaje tan bien como el dibujo lineal de sus manos. Pocas tareas distintas había por hacer en la aldea a la hora señalada para ir a correr o a "rodar" como solía decir.
A pesar de disponer de una silueta más enjuta que atlética parecía hacerle falta la autoimposición de esa carrera continua, la disciplina era algo normal y bien visto en la familia. Así que todos animaban al joven enclenque a que practicara un ejercicio físico que duraba unos cincuenta minutos aproximadamente.
El aire soplaba lo justo para dejar el cortavientos en la percha del armario. La malla le seguía quedando demasiado holgada. Sus canillas apenas se protegían del frío en estos días, pero hoy la tarde estaba tranquila al llegar su ocaso.
Se sabía el recorrido tan bien que un día que podía haberlo recorrido a ciegas, por eso había tomado la decisión de variar hoy el tramo por donde correr. Pasaría junto a la finca Urdaco, de los Urdaco de toda la vida y ahí, como es una ladera seguiría subiendo hasta la cima para después bajar por el otro lado por el camino de las vacas.
Muchas veces pensaba en lo que representaba un hombre corriendo. Podía ser un simple deportista o también alguien que huye de algo, del campo buscando la ciudad o alguien, que sin más, tenía demasiado tiempo libre.
Y así fue. Varió su ruta sin saber el peligro que le aguardaba. Al principio todo fue bien. El cambio de itinerario le otorgó una ficticia vitalidad y siguió moviendo las piernas y todo el cuerpo animoso, así el sol fue ocultándose tras la montaña atrayendo un viento inesperado. Se avecinaba tormenta. De hecho las nubes densas que estaban al principio tras el punto de salida, su casa, ahora parecían estar a punto de verter una alborotada cortina de agua.
Rafita, sin darse cuenta, ya había recorrido la mitad del camino que se había propuesto, pero eso no impidió que el aguacero le cogiera de improvisto. De repente el aire agitó todo el maizal ocultando la vereda que seguía el corredor y enseñándole de imprevisto una señal extraviada en medio del terreno que decía: "perros peligrosos". Ante esto solo le quedó correr a campo traviesa sin detenerse lo más mínimo. Eso hubiera sido lo más inteligente, pero Rafita se quedó ahí disfrutando de la tormenta, de cómo lo mojaba y esparcía todo difuninándolo y convirtiendo lo inhóspito en acogedor. Estaba allí de pie viendo todas las vistas grises y opacas de una manera cómoda hasta que un ládrido no muy lejano lo estremeció. Fue entonces cuando comenzó a correr de verdad como si hubiera una cinta para el ganador en la cima de la gran montaña. ¿Llegaría?
El ládrido sonaba cada vez más cerca y por la resonancia parecía provenir de un can de gran embergadura. "Cuatro patas corren más que dos canillas". Esto era lo único en lo que pensaba Rafael. Cuando llegó a la cima y se volvió esperando el mordisco del horrible animal el temporal había amainado un poco. Ya no había ladridos ni amenazas al acecho. Aún así se adueñó de un piedra lo suficientemente grande como para defenderse de unas feroces fauces. Allí arriba lo único que quedaba vivo era él.
Había ganado por el momento echando por tierra el insustancial lema cosmopolita de "o mueres fumando o te mata el deporte".

domingo, 30 de diciembre de 2012

Otro tributo más

Y de nuevo tú... querido libro. Te sostengo complacido entre mis manos e imagino lo que te costó escribir todo esto. Locura, amor, tragedia, caridad, honor, valentía, así hasta que el diccionario francés se te quedara estrecho. Creéme he leido las sesenta primeras páginas de tu maestro Gustave Flaubert con su Madame Bovary y no solo me parece fascinante la capacidad de descripción que tuvo tu mentor, sino también da la sensación de que su mensaje se difumina entre tanto revuelo literario.
Es decir, que con bastante menos se puede generar más de lo que a mi simple vista le parece. Pero tú, qué decirte que no hayan ya dicho los unos y los otros, los del sí y los de no.
Los escritos tuyos son tan reales que ni la realidad misma parece haber sido la materia prima de la que hayan brotado tus textos. Tratas con finura, pero firmeza al lector y le dejas que vaya asimilando la trama lentamente en el nudo, donde se ha de cocer el meollo de lo necesario; para que al final la verdad caiga como un puño o una caricia a la inteligencia del que lee y te piensa.
¿Cuánto hay de ti en este ejemplar? De sobra son conocidas tus excentricidades en cuanto al sexo y al culto del hedonismo, aunque verás, eso importará mucho o poco, ya que los libros que dejaste pesan más que tu trágica leyenda.
Digamos que en cuanto a hedonista no te superó ninguno de los miembros del círculo literario que te auspiciaba por aquellos entonces, siglo XIX. Aunque no sé qué tipo de protección se puede conceder a un hombre de carácter tan fuerte, que descubrió la vena prosaica quizá demasiado tarde y a destiempo, mientras habría terrenos más apetecibles antes de que se descubriera tu enfermedad.
Sin saberlo, te ibas convirtiendo en un personaje más de tus obras. Un ácrata mental y un crápula desde el nacimiento del cabello hasta la planta de los pies. Todo ocurriria poco a poco mientras tu horla personal te iba devorando vivo, mientras tú, tal vez, no te dabas cuenta creyéndote protegido por las cuatro esquinitas de tu sano pupitre.
Y luego, ¿qué queda cuando el racionicino se va y solo hay locura y desvario? Te imagino en una cama postrado deseando aferrarte a una hoja límpida y un lápiz a estrenar. Como si con eso volviera el gran escritor que una vez fuiste. Como si con eso volvieran todos los autores que se trastornaron y que obtuvieron su gloría cuando ya no estaban. Porque la fama literaria es tan cruel como lo que te sucedió. Rara es la vida que trata bien a quien escribe y los que han sobrevivido a su éxito se merecen una estatua y su nombre impreso en una placa de cualquier plaza importante.
Al final es el tiempo y quien lo acaba sepultando todo. Siempre recodaré que existió un gran escritor, que acabó solapándose demasiado con las letras e ideas que describía. Ninguno estamos exentos de algo así. Es el cobro que deja la vida, en algunos casos, cuando lo único que se intenta crear es un mero reflejo. Una imagen que distorsiona al distorsionador.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Veinte años sí son algo

Si no hacía más de veinte años que no pasaba por allí, veinte sí, dos décadas justas, ni mes arriba ni abajo. Por alguna extraña razón se había visto envuelta en una profunda melancolía que le había empujado a estar, de nuevo, quizá por última vez, frente a ese telefonillo. Su corazón, ya casi afrenelado y cubierto de una capa densa imaginaria que le alejaba de cualquier sentimiento de amor, se resistía a rejuvenecer en la búsqueda de una compañía masculina. Según su pensar ya no le quedaban ganas de volver a conocer a nadie. Y en esas se quedó mirando fíjamente el botón y el número de bloque de su última pareja, ya rota hace nada menos que cuatro lustros, porque estamos frente a una persona de las que creen en el amor una sola vez; y si falla, adiós con todo, no hay sitio ni anhelo para nada más. Según ella solo se puede amar una vez en esta vida, porque hay heridas que no se curan jamás... pase lo que pase, suceda lo que suceda.
Y no está demás recodar que Matilda llevaba muy lejos lo que para otros podía parecer ridículo el sentir tan profundamente. Era como un principio tan arraigado, tan profundo y suyo, de ella y nada más, que nadie podía desacreditarla con cualquier comentario nimio o fuera de lugar... ante ello se resignaba y más tarde resarcía a quien la importunase o la contrariase.
Matilda, sin saber muy bien cómo, había acabado allí, en aquella calle siempre repleta de vehiculos y de transeuntes que iban de un lado a otro por doquier. La calle Toledo desde que rompio con Roberto se había convertido en una especie de cementerio urbano para ella, un sitio donde el que pasa se siente incómodo y taciturno, fijándose solo en el  sitio que le conviene, en este caso un portal, que bien podía haber sido una lápida, pero él no estaba muerto, por eso quería volver imperiosamente a llamar por el telefonillo que desde entonces había sido modernizado en, al menos, dos ocasiones.
"En el amor siempre pierde el mejor" decía alguien al que evidentemente no le había ido bien en ese campo. Y ella no solo arrastraba un poso imborrable de recuerdos en la memoria, sino una cajita de plata repleta de regalos y otros dones que él le hizo tiempo ha.
La caja seguía quemando como una yesca encendida en un pajar. Notaba entre sus manos como le pesaban los objetos, los años sin él, la soledad no buscada motu propio que es engañosa porque no daña al principio, pero luego, mirando la vista atrás, se siente el terrible punzazo del tiempo, que dice "la vida se pasa, ¿qué te queda dentro?". A ciencia cierta no sabía si devolvérsela o arrojársela. De momento no se creía que hubiera tenido el coraje de estar frente a su vivienda. ¿Para qué tanto dolor? Seguro que él estaría echado tan tranquilo o pintando algún cuadro de paisajes como solía... como si nada; intentando abarcar todos sus problemas en un inútil trazo de pincel. Si todos los percances de la humanidad se resolvieran de ese modo, que fácil parecería; qué sencilla era la vida junto a él. Hasta en los peores momentos sabía sacarla una sonrisa, un leve gesto de "podía ser peor".
Así que, sin más rodeos, apretó el 5ºB mientras las mejillas se le encendían, a la vez que el corazón pareció bombear más sangre, casi desempolvando la oquedad de venas y arterías, como si lo único que tenía que hacer durante la espera de estos veinte años fuera a presionar un mísero botón.
Esperó un instante, a la vez que hacía grandes esfuerzos por recordar el olor de su piel, de su pelo, su aroma corporal y personal, pero no obtuvo respuesta. Al cabo de unos segundos una voz de mujer descolgó el telefonillo. Era ella, tal vez, su sustituta, o la sustituta de la previamente sustituida quién sabe. Matilda aguardó en silencio cabizbaja pensando en su acción tan inmadura. Como no contestó, la otra mujer, la exmujer de su mujer o quien quisiera ser, colgó y solo volvió a haber silencio. Un silencio elegido por ella misma durante tanto tiempo, que no le iba a acarrear nada positivo en cuanto al amor... al menos al que no era propio, el de uno mismo. Y se fue por la calle, mientras se difuminaba vista desde el portal del piso de Roberto como en un cuadro de sombras invernales, de abrigos de desconocidos que abrigan ideas de supervivencia. Donde el querer y el pretender ser querido es y no es todo. Matilda poco a poco se fue alejando de la muchedumbre. A lo lejos, en realidad, parecía una más. Un borrón más.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El desconocido

Y entramos a la tienda una vez más motivados por el gusanillo del hambre sin saciar o qué se yo. Aquel lugar era tremendamente atractivo. Para empezar disponía de numerosas cajas repletas de colores vistosos para atraer a los más pequeños y a los que ya no lo somos tantos. Se podría llegar a afirmar que estábamos ante comida, pero no me atrevería a decir que era vianda, sino más bien patatas, gusanitos y demás congratulaciones entre grasas tansgénicas.
A decir verdad, era un lugar único y exclusivo para el consumo de alimentos hipercalóricos tal y como podía ser una pizzería o un Burguer King, pero este sitio tenía una cualidad tremenda. Por todo el local se apreciaba un olor delicioso, que como el espacio era reducido se distribuía mejor el aroma a pan recien horneado. Bueno, para ser sincero no sé si denominar pan a esas barras precocidas que descarga un camión empaquetadas por el cartón que las conserva.  Digamos que de no serlo también está bueno. Y no sabría decir el motivo de por qué al oler este producto en el horno me invade una sensación de bienestar como la del café recién hecho y eso que yo no lo bebo.
Además, me percaté de que las cajas estaban fuera de su posición normal en la  estanteria. Estaban como sacadas hacia fuera respetando una especie de orden minucioso y enfocado a la venta. Este hecho resultaba enigmático ya que sugería que todo: color, aroma y productos te envolvían por doquier. También predominaba en el ambiente cierto toque a dulce proveniente de la bollería que había en lo que se conoce en el negocio como corner o pequeña estanteria.
Mientras tanto nosotros allí, esperando que saliera alguien a antendernos. No esperamos mucho cuando un hombre de nacionalidad española (digo esto porque es raro encontrar supervivientes en estas tiendas) se levanta de un pequeño taburete como sin ganas de trabajar aquella tarde-noche de junio. Él iba sin afeitar con una barba negra de pirata que sufre una profunda pérdida de higiene, moreno de ojos y de piel. Mientras nos habla observo que arrastra de una forma desigual su brazo derecho. Tiene una deformidad, pero esta no le impide manejarla a su antojo y coger lo que se le pida sin problemas, "se ha adaptado correctamente" pienso. Pero la verdad es que lo más extraño estaba por llegar. De nuevo nos regala una barra de pan y un refresco. Da la sensación de que el dependiente está tirando la casa por la ventana y poco o casi nada le importa ya el negocio. Meses más tarde mis predicciones se cumplieron y en el sitio donde estaba esa tienda ya habían levantado otra completamente distinta y sin ninguna relación con la alimentación. Así que el hombre lo que estaba haciendo era regalar lo poco que le quedaba sin importarle apenas. Como ven las similitudes con la política actual son inexistentes en cuanto a caridad. El dependiente que parecia incluso siniestro resultó ser todo lo contrario. De ahí el que hable de política donde nada es lo que parece. A veces en los lugares más insospechados uno encuentra algo de lo que merezca la pena escribir. Desde entonces siempre que paseo por esa calle no puedo evitar recordar a aquel hombre, el aroma, su mano, la distribución minuciosa de lo que vendía y pienso que puede haber encontrado otro trabajo y que soporte la competitividad de lo que significa estar unos frente a otros, en vez de en una única dirección.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Iris

Paracerá mentira pero creo que he encontrado la única parte del cuerpo humano que no envejece, que resiste al paso del tiempo. Esa no es otra que los ojos, para ser más concreto el iris, uno de los cuarenta esfínteres de los que disponemos. La patente no será mía... al menos tengo el gusto de volver a sacar esta idea o reflexión a la luz.
Así: verde, negro, gris, marrón y demás tonalidades son de una materia especial ya que por mucho que pasen los años, las imágenes dolorosas y las más entrañables, incluso la más rutinarias no deterioran algo tan inquisitivo como puede ser un ojo que se posa sobre cualquier movimiento y quiere apreciarlo todo mientras desgasta a la memoria con el volumen de datos que es capaz de captar y posteriormente almacenar.
De este modo el Iris no envejece. Es un músculo que podrá perder contracción pero no le salen arrugas al no ser de piel y su fibra mágica podrá hasta oscurecer o aclararse con el paso de los años.
El esfinter ocular ni se empaña ni languidece con el devenir de los días. En contadas ocasiones le pueden aparecer algunas manchas oscuras e inofensivas. Se podría decir que es el máximo desgaste que puede padecer, aunque en la mayoría de los casos son de nacimiento.
Un Iris puede modificar el color humedecido de más por el agua salina de las lágrimas, pero mientras que el lagrimal las vierte por el extremo exterior resbalando por la piel, esta podrá humedecerse, frente a la humedad propia que mantiene siempre el órgano de la visión. Aquí se ve el milagro de la creación: una materia sometida al humedecimiento y al vaho debería desgastarse más rápido que la piel, por ejemplo, que es el mayor órgano del que disponemos. Y sin embargo es la que antes desvela el desgaste mudándose, secándose, arrugándose, degenerándose...
Es el músculo que al principio de nuestros días suele ser gris o azulado y que según vamos creciendo cambia de color. En algunos casos puede darse el caso de una leve mutación que degenere en disponer de un ojo de cada color, pero no es algo muy normal, lo que convierte al color en algo misterioso y un tanto desconocido. Por otra parte, la córnea refleja los problemas de sueño y el estrés al mostrar la cantidad de venas alrrededor del músculo al que me refiero. Extrañamente estas venas parece que se detienen al llegar al iris, y el iris también debería de tener pequeños vasos sanguíneos puesto que es un músculo más. Es como si los problemas humanos no llegaran hasta el centro y se quedaran solo en su superficie. Es casi una metáfora de la vida...

lunes, 10 de diciembre de 2012

Libertad

Yo que he visto arar la tierra en campo abierto al atardecer y ver cómo emanaba del interior de ella un vapor cálido e inusitado. Que he cultivado terrenos de sol a sol sembrando con mis propias manos sin esperar mucho más que lo que vale el esfuerzo aunque el cobro siempre se antoje inferior, pero hay que estar ahí para ganarlo. Que he ido a cazar topos con la Rufa al amanecer para que no se coman las patatas y otros alimentos convirtiendo mi esfuerzo en inútil. Que me he asombrado con el canto del cortejo de las cigüeñas, allí a lo alto, sobre cualquier torre de iglesia. Que he comido ancas de rana y me han parecido un placer enorme y exquisito, como de otro mundo y otra vida. Que me he zambullido en ríos salvajes y he dejado que los pececillos me mordisqueasen los dedos de los pies, estando ya uno seco sobre una piedra fumando y disfrutando de la claridad que produce el sol escabulléndose entre los pinos.
Pero vinieron por mí. Los familiares me rescataron de mi soledad para introducirme en su modo alocado de vida. Me trasladaron a la urbe donde el ruido nunca cesa. También quisieron que les acompañara a sus fiestas donde todo el mundo tiene algo que contar. Todos menos yo, así que aguardo, espero en una silla ingeriendo comida que bien podría estar liofilizada y si alguien tiene mis mismas predilecciones silenciosas lo contemplo durante un rato y es entonces cuando me percato de cuánto hecho de menos el campo y los bosques, la caida de la hoja y la siembra. Porque si algo dejé atrás fue ese silencio que guarda la naturaleza. Algo tan ancestral como intangible. Para mí decir campo era decir paz y sosiego. Ahora ya nada me salvaguarda. La calefacción es demasiado cálida. Preferiría estar a menos grados... como antes... como siempre.
Como no me adapté ni al dinero, ni al consumo, ni al decoro de la familia, me devolvieron al lugar de procedencia. Y con la Rufa ya muerta por fin puedo decir que vivo íntegramente libre y sin ataduras. Donde escogí pertenecer. Descansando tumbado en una ladera repleta de helechos, al canto de las perdices y a la recolecta de piñones, a la caza de liebres y a realizar cualquier labor natural en la que pocos hombres aguantan. Debe ser complicado deshacerse de sus portátiles, sus manifestaciones, sus rentas per capitas, pero hasta que no decidan trasladarse culturalmente no se darán cuenta de lo afortunados que son si se pierden en la traslación. Son como los peces de la pecera abierta. Si supieran que con un impulso pasarían a escapar y ser libres durante unos minutos tal vez lo harían. La máyoría, por no decir todos moriría, pero es el riesgo del estar dentro o fuera. Y aquí ya no sé si la ciudad es dentro y el campo fuera o a la inversa. Solo puedo regocijarme en que estoy del lado que pretendo porque es lo único que sé hacer. No quiero ser como el protagonista de Greystoke o El Libro de la selva, al que unos monos le adoptan y luego tiene que insertarse en la sociedad; opino que a cada cual lo que sepa hacer y yo estas historias que echan por televisión no las comparto. Mi libertad no se puede comprar con un final feliz. Pretendo la soledad porque es la que menos me pide a cambio y con la que más agusto estoy. Además, qué más compañía puedo pedir que la del aire meciendo suavemente las copas de los árboles, las nubes claras de la primavera, los alimentos, mis animales. No pido más... aunque mis familiares sostengan fehacientemente que con elegir no pedir es como si ya fuera demasiado avaricioso. Esto es lo que soy y lo que quedará. Una osamenta desenterrada y visible que intentó sobrevivir a la globalización. El enemigo de la raza humana a mi simple parecer. Porque lo que te salva también te encadena. Que sé yo... si solo soy un pobre hombre de campo.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Negra Navidad

Paint it black, nanananananaaaaa. Así, demasiado por encima en el tararareo, decía la canción de los Rolling Stone. La verdad es que la letra es muy pesimista, pero merece la pena escucharla por su sentido del ritmo y lo humorístico que queda todo al ponerle música a una visión de la vida que no la merece en absoluto.
He de reconocer que ahora que nos van invadiendo (vaya con el gerundio) los motivos navideños, hay cierta parte de mí que se acuerda del tema británico... del melódico me refiero.
Y es que no quiero imaginarme lo que significaría cobrar a fin de mes (a finales digo, ni antes ni después) y llegar a London Street, por ejemplo, y fundirte medio sueldo en regalos. Mi disconformidad estriba en por qué se nos ha impuesto esta insana costumbre. Podría ser en agosto donde la cabalgata de los Reyes Magos iría igualmente al aire libre solo que sin pasar frío. Esto es igual a reconocer que nos vamos a ir de este mundo sin saber, a ciencia cierta, el porque de los cambios horarios. ¿Estará alguna multinacional implicada? Qué más da, dormiremos igual... ese es el problema.
Regalar está muy bien, pero que la televisión nos sature a anuncios de ofrendas desde finales de octubre, qué digo, agosto; si al final voy a llevar razón y todo, no es algo productivo emocionalmente. La publicidad en tu correo electrónico o en tu buzón de casa. Te acecha. Compra. Compra. Gasta. Gasta. Hablaba de emociones porque es lo que prima en estas fechas, aunque seamos reacios a expresarlo en algunas ocasiones.
Y con qué cara te quedas si al final no tragas con el mensaje. Imaginaos uno con dos o tres regalos recibidos y él, por rancio, por antiglobi, por Grinch, sin dar nada a nadie.
Pronto saldrán las noticias en los informativos sobre lo que gasta cada familia de media en estas fechas tan desesperadas, aunque esto va tan rápido que lo mismo me estoy retrasando en la pronosticación. Nos dirán que gastamos mucho para estar en crisis o esa será la conclusión que se pueda sacar entre otras muchas tan libres como democráticas.
La verdad es que lejos de los sentimientos verdaderos y personales, considero que todo ello es una especie de negocio en el que uno gana y pierde a la vez. Vence si consigue tener a alguien al lado a quien darle un don, por pequeño que sea y regalarle su cariño no en Navidad, sino durante el resto del año. Y cae derrotado si no sabe sacar algo productivo a este tinglado casposo y periodo antisocial.
Digo lo de antisocial porque nos han inculcado, y con razón, que esas noches del año son las peores para salir con el coche. Así que al final acaba uno en su propia casa, acordándose de los primos, de los tíos, dónde están, qué hacen, estarán tan aburridos como el que los rememora. A saber. Yo creo que ni los ebrios salen esa noche por respeto a los otros bebedores, para mantener la leyenda viva. A saber.
Las florituras ornamentales pueden parecer fatuas, pero os aseguro que no le sucede nada a la familia que decide no poner arbolito o Belén. Cada uno lo lleva como puede. De todos modos, menos mal que tan solo es una vez al año... podría ser peor.
Concluyo afirmando que si nos modifican el horario durante el 28 de octubre (el notorio) para ahorrar energía, ¿Por qué luego en Navidad las calles no dejan de iluminar letreros con mensajes propicios para la ocasión? Es cierto que cada vez hay menos, pero suena contradictorio.
En fin. No encuentro más chicha donde rascar. Perdonen las divagaciones y dilaciones. Solo quería experesar mi rechazo y también mi aceptación porque soy uno más. Comparto lo dicho a partes iguales.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Malecón

En clase había que hacer un escrito con nuestra palabra preferida. Sé que las hay mejores, pero esta en concreto me gusta bastante porque abarca la palabra "mal" y no tiene nada que ver en su significado. Así un malecón es un rompeolas y en Cuba o Ecuador es un paseo por la orilla del mar. ¿Tal vez me esté saliendo la vena "oye tú sabe"? Qué se yo. Aquí les dejo lo que me dio tiempo a escribir en quince minutos.
 
 
A lo lejos, en lontananza, hasta allí se extraviaba la vista y la mente. La línea que unía el cielo con el mar era extensa y cómoda de contemplar para cualquier veraneante. Había otra que se adentraba, poco a poco, en el mar y era la que hacia a su vez de rompeolas en los días revueltos del oceano, el malecón. Sobre él multitud de parejas habían paseado felizmente, casi como quien camina por encima del agua y otras discutían, muy de vez en cuando, porque los parajes naturales no invitan a ello, como si quisieran ser llevados por la marea. También era el tramo de algunos deportistas en plena Operación Verano para concluir con su fatiga autoimpuesta.
Entre sus rocas, cómo no, había basura, desechos que aprovechaban las ratas al caer la noche y los felinos más tarde, pero antes de que saliera el sol y crease un espejo con el agua para proyectar, más si cabe, la energía solar de la estrella que más calienta.
El malecón había pasado ya a formar parte del paisaje; edificado con la idea de aguantar todo el paso de los años. Sobreviviendo más al desgaste humano que al natural.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Ilusos

El iluso está dentro del margen óptimo de una persona cuerda, en sus cabales; solo que a veces se columpia al borde de su propio precipicio. Ocasionalemente, aunque consta que suele ser casi siempre, genera una realidad ficticía o inalcanzable. Un oasis de irrealidad que no conduce a ningún sitio para los que observan desde fuera, pero que para ellos es tremendamente útil y valorable. Sin esa utopía no podrían vivir ni seguir adelante... fíjense lo que se afirma. Sí, que a través de una invención ellos se sienten lo suficientemente libres y felices como para pensar lo que quieran. Y a ver quién les discute que ello sea malo ya que imaginar es gratis como se suele decir. El problema se sobreentiende y no es otro que el de pretender imponer sus principios por encima de los demás. Entonces la gracia se transforma petulante. El soñador se rebaja a la escala del iluso.
El mal va a mayores al ver ellos mismos que el hilo se va acabando, es decir, que la madeja ficticia tiene un fin y un fin visible no obstante.
Algunos sueñan con irse a una sinagoga en pleno Marruecos e intentar cambiar a los allí presentes al catolicismo. Otros, al menos, son conscientes de que lo deseado es inalcanzable, pero ya te han intentado colar que sus ilusiones eran mejores por superiores y ambiciosas.
También hay un segundo grupo... los que han conseguido sus aspiraciones (siempre por encima de la de los demás) y por eso creen que su vida es más especial. De ahí que miren por encima del hombro y crean que pueden estar en sitación de mirar a alguien de arriba abajo, como si ese otro no fuera nada porque él es todo.
El iluso puede mostrar un humor de perros cuando él mismo sale de su burbuja y se da cuenta de lo que hay. Entonces baraja dos opciones o seguir mal con lo poco que tiene o fijarse más "retos" por los que luchar.
Siempre hacia adelante, siempre desde su ombligo, siempre imponiendo su ego con su puño de cartón piedra. Nada más lejos de lo complicado de los tiempos que corren. Quizá obliguen a más de uno a reiventarse mientras se arroja por la borda los sueños incumplidos en una deriva de promesas a familiares que ya nunca verán la luz. Y rápidamente se habrá tapado la pérdida con una buena nueva, con un parche exiguo para todos menos para él, porque el iluso puede pasar por alto el pequeño detalle de que los demás no se crean un ápice de lo que prometen o se prometen.
De todos modos nadie dijo que alcanzar un propósito fuera sencillo, pero al menos lo esperable es que todos juguemos limpio y equilibrando las posibles oportunidades de los otros o por lo menos no hacer de menos a nadie; con eso ya deberia bastar. Lo demás, como se suele decir en algunos casos, estará por venir. Virginia Wolf en La señora Dalloway hablaba de la mesura de las cosas... pues no estaría de más en algunos casos que se aplicara en el día a día.

sábado, 24 de noviembre de 2012

De pequeño...magia

Cuando era joven, qué digo un ñajo, me dio por observar las labores de los trabajadores; en tiempos donde se podía acceder de un modo fácil a casi cualquier puesto de trabajo. Solo hacia falta estar en el lugar adecuado y si ya traías bajo el brazo referencias próximas... aquello podía convertirse en el trabajo de tu vida.
Pues cuando montaba en autobús me preguntaba cómo hacía el conductor para no chocarse con otros coches en los giros de las calles estrechas. Más tarde, cuando ya crecí, me di cuenta que no solo giraba en la curva bien, sino que además iban manteniendo conversaciones con otros pasajeros. Lo cual significaba hacer dos acciones a la vez.
El carnicero también fue muy admirado. Con esos cuchillos enormes, siempre afilados, para cortar el espinazo de un morlaco en un golpe seco. A mi edad... y todavía ahora, no entendía cómo no se cortaban los dedos mientras sajaban o deshuesaban. Al ser más mayor advertí que también controlaban la caja para devolver el cambio y cobrar a los clientes, por lo que descubrí la multifuncionalidad empresarial.
Aún hoy me sigue alucinando cualquier labor que se escape de mi control. Por ejemplo. El paracaidista que se sube a una avión con una persona al cargo y esta es la primera vez que decide lanzarse por los aires. Ahí interviene la adrenalina, la profesionalidad, no sé qué puede darse más para una profesión tan arriesgada. Algo inaudito hay desde el barrendero hasta los paracaidistas. El afán de supervivencia. El "no quedaba otra".
Y luego un leve vistazo a los políticos. Se encierran en un edificio con agujeros de bala, los que descerrojó Tejero y se sientan unos frente a otros con un sueldo desorbitado. Y piensas que está sucediendo algo muy extraño. Que se les paga muy poco a los verdaderos héroes y a los que solo dialogan y decretan leyes a su conveniencia se les está otorgando el cielo pero en la tierra, a pie de calle, concretamente en Fernanflor, 1. Por héroes me refería a los trabajadores como el repartidor de alimentos, el comercial, auxiliar administrativo, psicólogos... hasta podólogos, fíjense. Y en cuanto al nombre de la calle; curioso que tenga una flor integrada... imagino que tendrá su historia también como el 23-F, que ya ha llovido. De pequeño me llevaron también a ver el Congreso y vi las oquedades del miedo y no entendía por qué no se habían sellado ya... favoreciendo el olvido. Recuerdo también que, por un momento, entendí que el ser político era una profesión arriesgada.
A veces, hoy, ahora, intento verlo todo como cuando era pequeño y aunque todavía veo la magia del conductor... del carnicero... me sobreviene una especie de nostalgía absurda como si se hubiera inhabilitado al pueblo para desarrollar su mandada supervivencia. Las empresas han generado cribas tan crueles, que conseguir empleo ya no está al alcance de cualquiera. Los culpables... tal vez seamos nosotros mismos, la sociedad, el hombre del tiempo cuando falla su pronóstico, el conductor del autobús arrancando un retrovisor, el carnicero vendiendo carne pasada... daños colaterales que han ido colando pero no calando. Se pensaba que estábamos en una primera potencia mundial y el vaso de líquido sigue sin llenarse. Parezca lo que quiera parecer.    

lunes, 19 de noviembre de 2012

Peces de plata

Marco tenía una migraña terrible aquella noche cuando entró a su casa desde hacía cinco días. Parecía mentira, pero aunque todo estuviera igual que lo había dejado fantaseaba con que algo estuviera presente solo que cambiado de lado, como si alguien hubiera estado allí y hubiera luego desaparecido de inmediato, ocultándose debajo de la cama o en un armario. A él no le daba miedo encontrarse con algún ladrón dentro hurtando algún valor o alhaja porque el bate de besibol seguía en pie tras la puerta del recibidor con letras en negro que decían: "Nueva Jersey". Comprado en un viaje de ocio hacía ya algunos años.
Como siempre fue a su cuarto y se quitó el abrigo. El tendedero seguía en su sitio... la terraza y los libros en las tres estanterias Billy que compró por ciento veinte euros en un centro comercial sueco.
Estaba todo en orden hasta que su ojo divisó algo que se desplazaba por la pared. Rapidamente se giró para enfocarlo mejor. Era algo inofensivo para él pero treméndamente dañino para las hojas de papel polvorientas y en esa habitación había un banquete listo para el incómodo inquilino, además, donde hay uno seguro que había más. Ahora parecía mentira pero para un ser tan diminuto el bate no servía como arma. No quería que dejara manchas en la pintura plástica y blanca.
Fue a por papel y cuando lo encerró en la mano apretó con todas sus fuerzas para deshacerse de él. Cuando por fin estaba en el baño y abrío la palma de la mano para ver los restos de color oscuro del insecto tisaruno o Lepisma sacharrina se dio cuenta de que todavía estaba vivo y al ver su inmunidad y resistencia decidió liberarlo... arrojándolo al agua del inodoro. Una vez allí dentro, abajo, donde va lo que no quiere el cuerpo humano, el pez de plata se sintió más libre, buceando con su espalda repleta de destellos grises, casi cristalinos. Se diría que estaba como en casa, pero ¿qué tipo de ser era aquel que era silencioso y se desenvolvía bien en cualquier materia? Las moscas hacían ruido y estaban mal vistas, las cucarachas más de lo mismo, pero este con esa tonalidad y elegancia... uno no sabía muy bien si pisarlo o dejar que campara a sus anchas por doquier.
Al regresar Marco de su ensimismamiento la distracción había huido ya por la cañería buscando la fosa séptica, tal vez.
Y allí estaba. Con un bate de beisbol y un fragmento de papel higiénico arrugado en la mano izquierda sin nada. Los libros, algunos, ya empezaban a perder su forma porque estos bichos vivían de ellos y de la ropa. Todo su afán era desnudar al hombre y desabastecerle en lo que a cultura se refiere. Eran seres especiales... por muy insignificantes que a priori puedan parecer.  

sábado, 17 de noviembre de 2012

Confesiones de una niña tontuna

Un viernes más en la asociación y decidimos llevar a cabo el ejercicio donde cada uno dice una palabra y los demás intentan hacer algo con todas las que ha dicho cada uno antes. Las elegidas fueron: Desigual/Amor/Distinto/Bandera/Flequillo/Sostén/Bragas/Política/Coño/Copa/Encaje... y esto fue en lo que quedó.
 
Llevaba un corte desigual en el flequillo o eso era lo que le parecía. Antes iba con una curva delicada cuyo extremo más lejano le rozaba la ceja y el ojo casi. Cuando se quiere cambiar de vida tal vez haya que comenzar al revés, por la superficie, lo superfluo. Si te falla el amor... hay que tomar un rumbo distinto; sin resquebrajar los cimientos, conservando las buenas bases.
Llevar como bandera tus principios sin importar lo que digan. Ir con las deudas justas; que lo único que te apriete sea el sostén y no los bancos... ¡Qué coño! Que se coman su política asfixiante los que se dejen si es que hay alguno.
Amor, bancos, sexo y cifras bursátiles. Una nueva vida se abre paso, día a día, cigarro a cigarro, copa a copa. Ser una misma desde la coronilla hasta el encaje de las bragas.
La peluquera dió el visto bueno, había hecho un buen trabajo. Lo demás estará por llegar.